Lo que pienso mientras corro (XXXIII): Cambios

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Los cambios… alteraciones que provocan el abandono de cosas o situaciones determinadas, para tomar otras distintas. Estos surgen de forma voluntaria o de manera fortuita y como es lógico imaginar, algunos de ellos son totalmente planificados, marcados, acotados en el tiempo, capaces de verlos e identificarlos antes, durante y, cómo no, después. Más allá de ellos, están estos otros, que surgen de manera espontánea, inesperada o bien de manera velada, silenciosa, y se van instalando en nuestras vidas de la forma más invisible, hasta que de repente un día, zas, cambias sin darte ni cuenta y cuando tomas conciencia ya no eres capaz de reconocerte.

Quizá fuese por el cambio de la ropa de armario, de invierno a verano, llevado a cabo la mañana del día anterior, quizá fuese por ese cambio de estación que siempre nos marca la primavera, como paso previo a la época del año en la que todo parece tener una importancia más frágil o fuese por el motivo que fuese, vaya uno a saber porqué, lo cierto es que con ese pensamiento me debatía cuando salí a la calle para correr, pasados cinco minutos de las nueve de la mañana de un domingo mayero, de temperatura agradable y colmado de aire (un hecho, todo sea dicho de paso, que parece haberse hecho costumbre… lo del aire, me refiero).

No voy a hacer mención al tiempo que llevaba sin salir un domingo a correr, como tampoco voy a hacer referencia al rosario de motivos que han intervenido en ello, claro que no, me quedo con el hecho importante, con lo destacable y que no es sino esa acción que me encontraba haciendo: correr… y ese correr se llenó de repente de cambios en mi cabeza. De cambios que mi cuerpo, pero sobre todo mi mente, han ido experimentando desde que un día decidiese atarme unas zapatillas por primera vez.

Desde aquel día he ido viviendo tantas etapas como cambios, unidos de manera evidente a mi evolución como corredor. Como cualquier novato o curioso, comencé por aquella etapa en la que tan solo salir a correr era lo más valioso. Una época en la que el cuerpo se fue acostumbrando a eso de correr, consiguiendo cada vez un mayor tiempo y una mayor distancia. Los cambios físicos se hacían evidentes, fruto de esa práctica continua que representa la carrera de fondo. Unos cambios que, sin ser buscados, puesto que lo deseado era correr un poquito más cada vez, eran esperados.

Una vez alcanzada esa etapa, se gestó otra en la que tomé conciencia del nivel físico que había adquirido y de manera voluntaria el subconsciente me pidió un mayor esfuerzo, un mayor sacrificio, digamos que una mayor dedicación o una mayor calidad deportiva, con el único afán de mejorar, de superarme y de demostrarme a mí mismo que podría llegar un poquito más allá. Esa es la época que yo denomino de los cambios psíquicos, de esos que no se perciben a simple vista, pero te ayudan en el plano emocional, haciéndote más fuerte no solo físicamente.

A esas alturas, el físico y el psíquico se alinearon, comenzando la parte de este deporte que traspasa el plano deportivo, es la época que yo denomino como la más dulce para un corredor, puesto que la fortaleza de esos dos planos se vuelve solo una. Fue como estar corriendo sobre un camino de tierra perfectamente compactada, a lo largo y ancho de una inmensa llanura. El horizonte no llegaba nunca, pero no lo necesitaba, corría hacia él con la seguridad y la fuerza inagotable de quien confía en sí mismo. No me importaba lo lejos que tuviese la meta, porque sabía que la iba a conseguir.

Pero los cambios no son sedentarios, no entienden aquello del para siempre y en contra de lo que podía imaginar llegó un día en el que la noria comenzó a ir marcha a atrás y esa bella llanura se tornó un terreno agreste, árido, no exenta de trampas. La idílica relación del físico y el psíquico saltó por los aires, originado por lesiones que no solo castigaban a ese motor que era capaz de correr tanto cuanto le pidiese, sino que también hizo tambalear mi mentalidad de corredor, que jamás se había sentido más lejos de ser precisamente eso, un corredor.

Comencé entonces una nueva etapa, desconocida e inesperada, de esas que era incapaz de asimilar, no por la rotunda negativa a la que aferraba, sino porque se convirtió en uno de esos cambios que suceden sin esperar y se cuelan hasta dentro de ti sin tan siquiera llamar a la puerta. Mi físico comenzó una trayectoria descendente, alejándose de manera paulatina de un estado de forma que tan solo figuraba ya en el recuerdo y mi fortaleza psíquica se vino abajo, de la misma manera como un castillo de naipes se desmorona al perder una carta de su base.

Jamás me había sentido tan alejado de mi yo corredor e intentaba preguntarme, sin hallar respuesta, en qué lugar del camino me encontraba. No, no conseguí saciar mi curiosidad y por el contrario comencé a tomar conciencia de haber entrado de lleno en unos cambios que, gustasen o no, debía comenzar a asimilar y a aceptar. Tal vez mi cuerpo me había pedido a gritos un descanso que no supe oír y por lo tanto se alejó por completo de un nivel físico que era ya incapaz de continuar.

Y mi mente daba vueltas, preguntándose hasta dónde se hacían evidentes esos cambios y mientras tanto mis piernas corrían, intentando mantenerse ajenas de unas elucubraciones cuyas conclusiones no le importaban lo más mínimo. Ellas corrían, sin más y así deseaban seguir haciéndolo. Ellas lo necesitan, mi mente lo necesita, mi cuerpo lo necesita y hasta mi sonrisa lo necesita. No sé si estos últimos cambios me alejarán por completo de etapas anteriores, pero en cualquier caso tan solo pido hacer algo que, por muchos vaivenes, por muchas idas y venidas, en definitiva, por muchos cambios nunca se ha visto alterado:

Mis ganas de correr.

Paré mi cronómetro y me detuve justo al lado del portal de casa, buscándome entre cambios, que esta vez no habían sido de ritmo. Pasaban quince minutos de las diez de la mañana de un domingo mayero, de temperatura agradable y colmado de aire (sí, seguía soplando el viento… un viento, tal vez, de cambios).

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Cambios

Siempre estamos o creemos estar preparados para los cambios a los que nos enfrentamos, pero cuando estos llegan sin avisar te desconciertan, te bloquean, te despistan. En esta ocasión hablamos de correr, como es habitual, pero no importa cuál sea el protagonista, porque detrás siempre estarás . Y tú, ¿has experimentado muchos cambios desde que eres corredor? Anímate y deja tu punto de vista y si te ha parecido interesante este post, compártelo. Muchas gracias.

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2 comentarios a Lo que pienso mientras corro (XXXIII): Cambios

  • M Teresa  dice:

    Cuando era niña habia una carrera popular en el pueblo y como fan del deporte me apunte y llegue la ultima. Despues en el instituto nos empezamos a entrenar para el examen de gimnasia: correr 12 min seguidos. A raiz de esa preparación empecé a correr. Mi wualman con pilas nuevas y con el tiempo pille una riñonera para guardarlos. Y mi mente y mi cuerpo se aunaron en una fuerza positiva. Hasta que llegó mi primera San Silvestre 2011, y la segunda en 2012 y a partir de ahi mis primeras carreras populares. Mi primera media maraton que corri en 1h50min y en la carrera de las antorchas de Alquerias mi primer (y hasta ahora unico podium). Y me preguntaban como entrenas para correr tan rapida de repente y una amiga le respondió “porque la Tere lleva toda su vida saliendo a correr por su pueblo”. En 2013 llegaron Fortalezas (7h30mim) y despues mi primera (y unica hasta la fecha) maratón (4h32min). Mi cuerpo y mi mente siempre han ido de la mano, se han unido para salir a correr, tan buena y reconfortante terapia. Despues de un periodo de descando demasiado prolongado (algun par de años) para evitar lesiones he vuelto a empezar a salir a correr y mi mente y mi cuerpo hacen palmas, el buen cambio vuelve a producirse.

    • Paco Molina  dice:

      ¡Hola, Teresa! Enorme alegría verte por este rincón, el tuyo, por supuesto. Muchas gracias por tu comentario y acercarnos a todos a esos cambios que, desde niña, han ido de tu mano y de la de este deporte que tanto amamos. Como acertadamente dices, es una terapia, una manera de sentir, de vivir, que una vez la descubres no deseas perder, por eso me encanta saber que de nuevo te has atado las zapatillas y comienzas a retomar este bendito vicio. Espero que más pronto que tarde, coincidamos con un dorsal y nos hagamos una foto juntos, como muestra de la pasión que nos une.

      Un honor tu presencia, Teresa. Abrazos y besos, a porrillo.

      Paco.-

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