Lo que pienso mientras corro (XXXIV): Camí de Cavalls

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Quienes me conocen saben de mi debilidad por los refranes. Creo que son como pequeños brillantes, cargados de sabiduría, que concentran en apenas unas palabras una lección de cordura y experiencia. Todos conocemos alguno y si nos lo propusiéramos seríamos capaces de enumerar alguna decena de ellos sin apenas esfuerzo. Entre tantos como existen, en esta ocasión hay uno que sirve de fundamento para las líneas que escribo y que no es otro que este:

Donde fueres, haz lo que vieres

Poca o ninguna explicación merece esa sentencia, la cual quiero transformar concediéndole el sentido que gobierna este blog. Así, ese refrán quedaría como sigue:

Donde fueres, corre lo que vieres

Para un corredor, esta frase tiene poca o ninguna explicación y tan solo refleja su afición, pasión o costumbre por correr en aquellos lugares o parajes a los que viaja, fiel al hábito de atarse las zapatillas y salir a trotar para conocer desde otro punto de vista, el de corredor, allá donde se encuentra.

El amor por ese paraíso llamado Baleares y el destino, capaz de ofrecer una oferta irrechazable por unos días en la desconocida Menorca, hizo que mis huesos fueran a parar a ese trocito de paraíso situado sobre la tierra. Una isla que está a punto de celebrar el veinticinco aniversario del nombramiento realizado por la UNESCO, como Reserva de la Biosfera, donde la naturaleza es un don heredado por la Creación, conservado de manera exquisita y donde el mar, como en el resto de sus islas hermanas, la baña, dotándola de las mejores playas que se pueda imaginar.

Durante mi primera tarde de estancia en la isla, de nuevo el destino, provocó un encuentro casual con un corredor de la zona, mientras me encontraba visitando el punto más alto del archipiélago, donde se levanta, como si de un vigía se tratase, la ermita del Santuario de la Virgen de Toro. Mis palabras de ánimo por el esfuerzo del ascenso que acaba de hacer, a lo largo de una subida de unos dos o tres kilómetros, hicieron que se acercara a mí y entablásemos una breve conversación de corredores.

Su amabilidad y hospitalidad fueron modélicas y en su afán por atender mi pregunta de por dónde podría salir a correr al día siguiente fue directo y rotundo:

Por el Camí de Cavalls, sin duda –me dijo.

Sus breves indicaciones y la ayuda inestimable de mi sufridora particular, que buceó en la red para completar mi información, valieron para que al día siguiente me aventurara en explorar parte de una de las 20 etapas que componen este camino, que circunda la isla recorriéndola por todo su perímetro a lo largo de 185 kilómetros. Por mi ubicación, el trayecto que iba a correr correspondía con el tramo décimo tercero, comprendido entre Cala Galdana y Cala Turqueta.

Y es en este punto, tras esta introducción, donde empieza en realidad este Pienso mientras corro, donde comienza mi pequeño recorrido por el Camí de Cavalls

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Desperté de idéntica manera a como me había dormido, con su imagen en mi cabeza: el Camí de Cavalls me esperaba y yo tan solo debía ir en su búsqueda…

Al silencio de la mañana se le añadió la quietud que concede la estación estival y, cómo no, la tranquilidad que caracteriza a la mañana de cualquier domingo, en la que todo parece ir sin prisa y hasta el tiempo se toma su tiempo. Eran cerca de las siete y media de un nuevo día, concretamente el cuarto de un mes de agosto que parecía haberse propuesto empezar a pleno rendimiento, dejando claro que si algo estaba dispuesto a conceder era sol y calor. La humedad se sentía alta y el sonido de pájaros en sus nidos ponían la música al instante.

Comencé a correr, con mayor cantidad de luz de la que estaba acostumbrado a hacer a esa hora de la mañana y en apenas unos minutos cambié el asfalto de la calle por la tierra de un camino rural completamente desconocido, zambulléndome casi de golpe entre pinos, matorral bajo y una frondosa y salvaje vegetación puramente mediterránea. El olor me embriagaba y la incertidumbre de no saber dónde me hallaba concedían al momento dosis de ilusión y ganas por seguir ese sendero que en algunos momentos se hacía costoso de continuar, a pesar de estar salpicado de hitos que garantizaban la validez de mis pasos y donde se leía su nombre:

Camí de Cavalls

El camino serpenteaba, combinando el firme consolidado de tierra oscura con zonas de piedras, sueltas unas veces, fijas otras; por momentos las raíces de árboles parecían querer abrazar mis zancadas, dejándose ver sobre el suelo, convertida su piel en desnudos troncos de madera retorcida, que me obligaban a ir cambiando casi de manera continua la pisada de unas piernas inexpertas sobre ese terreno.

El sol, sobre mi espalda, proyectaba la sombra de mi figura sobre el camino y como si de una persecución se tratase intentaba atraparme a mí mismo. Silencio, olor a tierra y a las plantas aromáticas que se asomaban a ambos lados del camino, entre pinos y pinos que nunca dejaban de acompañar. El chirriar de las madrugadoras cigarras, la brisa del mar, el coqueteo del azul de un cielo que parecía empeñado en quitar protagonismo de ese otro azul, el del mar, que me afanaba en buscar en cada giro, en cada cambio de rasante, en cada vuelta.

Corría sin pretensiones, con la curiosidad de un niño que espera su regalo y busca, ansioso, ese nosequé que haga brillar su mirada. La pendiente de terreno se volvió escarpada y casi caminando bajé en pocos minutos toda la altura que parecía haber ido ganando durante los kilómetros corridos. Se oía el murmullo del mar, ese mar que seguía sin ver esa mañana. La umbría de la densa vegetación cubría el sendero y la tierra del piso se convirtió en arena. Uno metros más de descenso y ahí estaba, el azul… ese azul que grabé en mi retina y jamás llegaré a olvidar.

El arrullo de un mar tantas veces pintado, tantas veces descrito, tantas veces cantado. El azul de ese mar que solo existe allí… justo donde me encontraba, a medio de ese camino, en un punto de aquel Camí de Cavalls. Me detuve, miré a mi alrededor, perdí la vista en el mar y respiré con fuerza, como si fuese capaz de robar parte de aquel instante, guardar en mi recuerdo un trocito de aquella realidad. Sudaba, la humedad era casi asfixiante y mi mente me seguía pidiendo un poquito más. Volví a correr.

No me asaltaron recuerdos, no se asomaron escenas guardadas, mi mente era lo más parecido a un tremendo ventanal que se abría queriendo guardar tras sus hojas todo cuanto le rodeaba. Mi silencio era aún más callado y tan solo era capaz de agradecer la oportunidad por encontrarme donde estaba, consciente de correr por uno de los lugares más bonitos que jamás hubiese pisado. Habría detenido el tiempo, por supuesto que sí, habría fijado cualquiera de las escenas proyectadas ante mis ojos, pero supe que nunca volverían a tener el sabor de ese instante, porque ninguna imagen es capaz de mantener la belleza y el sentimiento perenne de un recuerdo grabado en nuestra memoria.

Era hora de volver, de descorrer el camino recorrido y convertir las subidas en bajadas, de volver a saltar entre piedras, de sortear raíces de árboles, de levantar la tierra oscura del sendero; tocaba ir de frente al sol, de ir en su búsqueda y volver a perfumarme entre fragancias de monte, tierra y piedra, porque sí, hasta las piedras huelen, hablan y escuchan, como silenciosas espectadoras de un camino tantas veces transitado. El camino me emborrachaba, su belleza me desbordaba y mi consciencia se perdió, no sé cómo, pero se perdió…

Desperté tendido sobre el polvoriento camino. Mi verticalidad había pedido su sentido y un fuerte dolor golpeaba el lado derecho de mi cabeza… me incorporé, sacudí mi ropa, comprobé que nada más se había perdido en aquel instante y sin mirar atrás volví a correr

No sé si fue un segundo o quizá toda una eternidad, pero ¿acaso importa aquello?… ¿todo había sido fruto del destino o tal vez todo había sido parte de mi imaginación?

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El Camí de Cavalls

Desperté de idéntica manera a como me había dormido, con su imagen en mi cabeza: el Camí de Cavalls me esperaba y yo tan solo debía ir en su búsqueda… (e iré)

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En esta ocasión mi correr no valió para hacerme pensar, sino para cargar mi mente de pensamientos, de sensaciones, de recuerdos que volverán a mí, cuando la distancia en el tiempo quede anulada por su regreso a mí. El Camí de Cavalls estará para siempre en mis piernas y en mi memoria. Y tú, ¿conocías la existencia de este camino? Anímate y deja tu punto de vista y si te ha parecido interesante este post, compártelo. Muchas gracias.

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