Lo que pienso mientras corro (XXXV): Sombras (de madrugada)

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El sol estaba en su parte baja, cercano al ocaso, justo a esa hora del día en la que su posición le permitía transformar las sombras en alargadas figuras. Era el momento preferido para pisarnos las sombras, sobre todo por lo fácil que resultaba y cuánto teníamos que correr para no ser “aplastados” … jugábamos.

Ajusté el frontal sobre mi cabeza, me aseguré de que mi cronómetro hubiese cogido la señal del GPS y encendí mi reproductor del MP3: U2 puso sonido al silencio de la madrugada. La temperatura apenas alcanzaba los veinte grados centígrados y una excesiva humedad me hizo pensar que tal vez iba a resultar innecesaria la braga que había puesto para proteger mi irritada garganta.

– ¡Bah!, no importa –pulsé mi reloj y empecé a correr.

Las sombras de cada noche, al amparo de las farolas de la acera, pasaban bajo mis pies. Las mismas sombras, las mismas farolas, la misma luz… figuras inmóviles, detenidas en el tiempo, como estúpidas estatuas que solo cobran vida con cada nuevo amanecer y vuelven a perecer, con la caída de la noche sobre una tarde resignada.

Tocaba subir al monte, hacer kilómetros combinados por asfalto y tierra, subidas y bajadas, tramos iluminados y zonas abiertas a la madrugada. El cielo, prácticamente despejado, y en lo alto una luna imponente, completamente llena, cargada de luz. Era la primera luna de otoño, de un otoño con memoria de verano, con deseos de mirar hacia atrás y olvidarse de sombras vestidas con tonos grises y marrones.

Amanecía, nuestras cabezas, unidas, se dibujaban sobre la arena y poco a poco fueron arrastrándose sobre ella. Dos sombras unidas, casi transparentes, dormidas, volátiles, furtivas de las miradas, mientras el agua acariciaba nuestros pies. El sol se asomaba y tú te “escondías” … hablábamos.

Crucé la línea que separaba la noche de la madrugada y encendí el haz de luz blanca que nacía sobre mi cabeza. Casas por pinos, calles por caminos, artificial por natural… corría. La pendiente del terreno continuaba con su ascenso, suave y lento ascenso. La luna se abrió paso, los pinos dejaron libre el camino… apagué mi luz.

La madrugada respiró, aliviada, la sentí rodeando sus brazos sobre mí. Las sombras de los pinos marcaban hacia dónde dirigir las zancadas y mi sombra, delante de mí, avanzaba. No puede evitar contemplarla, miré a mi alrededor, detuve la música que me acompañaba y me escuché, como un polizón de la madrugada, corriendo sobre un asfalto cuarteado, arrugado, igual que el rostro del viejo que apoya su silencio sobre un bastón de madera retorcida, con sus ojos entreabiertos, hipnotizado, observando un horizonte que ya no espera alcanzar.

Ese otro horizonte, el mío, se mostraba sembrado por cientos, miles de luces, responsables de otros cientos, miles de sombras dormidas, en medio de una madrugada lunada; sí, la primera de un otoño recién llegado, de un otoño esperado.

Hacía calor, demasiado calor y sobre ambos caían de plano los rayos de un sol incontenible, descarado, avaricioso. Las dos figuras frente a frente, con las sombras escondidas bajo las plantas de nuestros pies, inseguras, mudas, asustadas. Piel sintiendo piel, piel oliendo piel; desde lo alto contemplados, dos cuerpos “callados” … suspirábamos.

Los pinos volvieron a estrechar el camino, las sombras se hicieron una y mi figura acabó engullida por la madrugada. De nuevo el haz de luz brotó sobre mí, volviendo a bañar la oscuridad, mientras mis piernas no habían dejado de correr. Correr, como tantas veces, correr… ese era mi premio: correr. Y entre las sombras de la madrugada comprendí el verdadero sabor de mi satisfacción, esa que se viste de kilómetros cada mañana, sin pretensiones, pero sin limitaciones.

Seguí mi camino, dejando atrás la oscuridad de la madrugada, volvió a brillar la luz sobre las aceras y las sombras se tornaron frías, inertes, mientras la luna miraba resignada desde lo alto, cansada desde hace tanto a compartir su hegemonía de la noche con esos otros resplandores artificiales.

Enmudecí el canto de la banda irlandesa y detuve mis piernas, tras algo más de sesenta minutos perdido entre sombras. Me quedé abstraído contemplando mi figura, sobre el adoquín de la acera, mientras hacía mis ejercicios de estiramientos y recordé, por un instante, mi sombra de hacía poco más de media hora. Sombras ambas, pero tan distintas…

Qué difícil parece, en ocasiones, despojarte de cuanto te rodea y sentirte solo, físicamente hablando; y qué fácil resulta, vivir adaptado de tanto como hemos creado a nuestro alrededor, sin darnos cuenta de cuánto dejamos en el camino, de cuánto perdemos.

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Sombras (de madrugada)

Sí, esos pensamientos fueron mi premio, mi satisfacción a unos nuevos kilómetros. Un pobre balance, que no me llena bolsillos, pero rico en sensaciones, que alimentan emociones y, en esta ocasión, les dio vida a las sombras de la madrugada. Anímate y deja tu punto de vista, y si te ha parecido interesante este post, compártelo. Muchas gracias.

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