Lo que pienso mientra corro (XIV): Rodeado de estrellas

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Como cada jueves, salvo raras excepciones, mi despertador sonó a una hora más temprana, a esa en la que las estrellas aún siguen brillando sobre nuestras cabezas, aunque la mayoría de nosotros seamos ajenos a su mirada, si es que ellas son capaces de vernos desde allá donde se encuentren, a millones de años luz.

Con sigilo me puse la ropa y mis zapatillas y salí a la calle, donde la luz artificial del alumbrado público iluminaba la noche. Levanté mi vista y, a pesar de esa luz anaranjada, pude ver las nubes que salpicaban de blanco el tono negro del cielo. Comencé una vez más a correr, de nuevo se puso en marcha la rutina de un entrenamiento más y otra vez mis piernas comenzaron a moverse.

Salí de la zona iluminada y la oscuridad de la noche me permitió poder observar, sin esa contaminación lumínica a la que estamos tan malacostumbrados, esas estrellas que cada noche se asoman cuando el sol deja de proyectar sus rayos sobre nuestro lado del planeta, ese lado en el que cada día nos despertamos quienes en él compartimos y entrelazamos nuestras vidas.

“Mira, mira, ¿has visto moverse aquella estrella? Corre, pide un deseo, pero no lo digas, que sino no se cumple, ¡eh!…” desde pequeños todos aprendemos a pedirle a esos pequeños puntos luminosos aquellos sueños o anhelos, a los que colocamos la etiqueta de “deseo”. Deseos que podrán ser tan grandes como nuestra imaginación y que sólo se verán limitados por nuestra prudencia, a la hora de “pedir”.

Dotamos a las estrellas de ese poder o ese magnetismo sobrenatural capaz de otorgarnos aquello que deseamos, pero siempre que sea algo que se pida de verdad y con todas las ganas del mundo… o así al menos nos enseñaron a hacerlo. Sin embargo, con el paso de los años, dejamos de ver estrellas fugaces, tal vez porque ya no miramos al cielo o tal vez porque ya no les otorgamos esa capacidad para hacer realidad sueños o incluso milagros, según el dimensionamiento de algunos de esos deseos.

“Papi, ¿sabes que los deseos que se piden a las estrellas se cumplen?… Claro que sí, hermosa, pero tú ¿cómo lo sabes?… Porque un día le pedí que quería ir a cine y fuimos… ¿De veras?, jo, eso es porque era una buena estrella y porque, claro, tú lo pediste con muchas ganas y además supiste guardar el secreto, ¿verdad?… Claro, claro, no se lo dije a nadie y tú, papi, ¿tienes algún deseo pedido a una estrella?… No, cariño, porque un día una estrella ya me dio los dos mejores regalos que jamás podía haber imaginado, así que no creo que deba pedir nada más, sino pensaría que soy un pidón, jajaja… Pero hay muchas estrellas, puedes pedírselo a otra, con todas las que hay… Anda, anda, sí, llevas razón, pero vamos a dejarnos de cháchara que ya es muy tarde y mañana madrugas, además tu hermana está durmiendo y la vamos a despertar…”

Cambié el rumbo de mi carrera y al entrar en la nueva carretera salí de golpe del estado de ensimismamiento en el que me encontraba, fruto del encuentro que tuve con un perro que, parado en medio de la calzada, me miraba atentamente. Era un perro de buen tamaño, parecido a un pastor alemán y por unos instantes dudé en alterar mi marcha o continuar como si no me hubiera percatado de su presencia. Y así lo hice, continué mi marcha, no sin notar cómo mi corazón se había acelerado fruto del susto y no del ritmo de mis piernas. Me sentí observado por el animal, que con toda probabilidad se debía encontrar perdido y desorientado, pero que de manera involuntaria me acababa de dar un buen pasmo.

Tras el sobresalto volví a mirar al cielo, como queriendo continuar con ese silencioso monólogo que ocupaba mi atención, de igual manera que nos agarramos a nuestra almohada, intentando volver a meternos en ese sueño placentero del que sin saber por qué nos hemos despertado… seguía corriendo, estaba por una zona con una iluminación muy tenue y las diminutas estrellas parecían mostrarse aún más brillantes.

Estrellas fugaces y deseos o dicho al revés, estrellas y deseos fugaces, que aunque pueda sonar casi igual, no lo es, ni mucho menos, puesto que no es lo mismo pedir un deseo a una estrella fugaz, que pedir deseos fugaces a las estrellas. En cualquier caso, me estaba perdiendo entre ambas cosas a sabiendas de que los deseos no caen del cielo y que las verdaderas estrellas están mucho más cerca de nosotros de lo que imaginamos, sin ser necesario levantar la vista hacia el firmamento. Aún así, nunca debemos dejar de soñar, de desear, como tampoco debemos perder parte de esa ilusión con la que mirábamos a las estrellas cuando éramos niños.

Niños que crecimos, unos más y otros menos, y que durante el viaje de los años hemos aprendido que para conseguir aquello que deseamos sólo nos vale nuestro esfuerzo, nuestro tesón y nuestras ganas de luchar por ello; sólo así podremos llegar a alcanzar nuestros sueños y sólo así saborearemos nuestro logro, aunque muchas veces podamos emplear todo nuestro tiempo y nuestro empeño en deseos que no lleguen a cumplirse nunca, pero no por ello habrá dejado de merecer la pena, porque nos habrá ayudado simplemente a estar “vivos” y eso, eso es mucho.

¿Y las estrellas?, si ya no precisamos mirarlas para conseguir nuestros deseos, ¿qué será de ellas?, esas estrellas, las que se asoman al abismal balcón del espacio seguirán ahí, unas más lejos, otras más cerca, unas se extinguirán y otras vivirán millones de años, pero las verdaderas estrellas, esas que nos hacen soñar, son las de las personas que tenemos a nuestro lado, esas a las que queremos y a las que hacemos, inevitablemente, compañeras de nuestro viaje en conseguir aquello que deseamos. A veces no nos damos cuenta, pero estamos rodeados de pequeñas-grandes estrellas, cuya luz nos alumbran, nos abrigan y nos ayudan a seguir por ese camino que emprendemos cada día

Eché un vistazo a mi reloj, las pulsaciones no eran elevadas, al contrario, parecían contagiadas de mis pensamientos y el cronómetro me indicaba que apenas quedaban un par de minutos para completar mi entrenamiento. A lo lejos se oyó el canto de un gallo, madrugador más allá del amanecer y el trinar de un pájaro era una señal más que me decía que el día estaba a punto de empezar. Me detuve, estiré mis articulaciones y mientras lo hacía intenté calcular por encima los kilómetros que llevan ya mis zapatillas: “Creo que va tocando cambiarlas”, me dije y antes de entrar al zaguán del edificio miré de reojo a las estrellas y pensé: “vosotras me habéis dado los buenos días y ahora soy yo el que va dárselos a esas estrellas que me esperan dormidas”.

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Rodeado de estrellas

¿Dónde se esconden las estrellas?, lo pueden hacer en medio de la bóveda celeste que nos hace de paraguas o simplemente tras esa sonrisa que cada día te alumbra el despertar… y la tuya, ¿dónde está? Si te ha gustado este escrito, compártelo. Muchas gracias.

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4 comentarios a Lo que pienso mientra corro (XIV): Rodeado de estrellas

  • Fernando Murcia  dice:

    Precioso relato, muchas gracias por compartirlo. Un afectuoso saludo.

    • Paco Molina  dice:

      ¡Hola, Fernando! Muchas gracias, como siempre, por tus amables palabras y cómo no, por visitar este rincón y dejar tu comentario. Para mí es todo un placer compartir con todo el que quiera leer, lo que pasa por mi cabeza y lo que me inspira este bendito deporte.

      Un fuerte abrazo.

      Paco.-

  • José Carlos Ojeda  dice:

    Deseos, estrellas, anhelos… niñez y la inocencia infantil… Qué buen sabor de boca después de leerte. Gracias, Paco.

    • Paco Molina  dice:

      ¡Hola, Pepe! Muchas gracias por asomarte por este rincón y por dejarme tus amables palabras… muchas son las cosas que nos pueden evocar a esos recuerdos de nuestra niñez y mirar a las estrellas es, sin duda, una de ellas.

      Un abrazo y aquí tienes tu “casa”.

      Paco.-

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