Lo que pienso mientras corro (IX): En recuerdo

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¿Quién puede contener un recuerdo?, ¿quién puede forzar un recuerdo?, ¿quién puede perder un recuerdo?, ¿quién puede comprar un recuerdo?, preguntas… el pasado sábado, como tantos sábados, salí a entrenar. Por delante tenía noventa minutos de carrera suave, noventa minutos, como no, para pensar e intentar poner orden a algunas de esas cosas que nos ocupan el día a día y a las que no siempre puedes prestar la atención que se merecen.

Y así, comencé a correr, bajo un cielo gris y una temperatura ideal, que invitaban aún más a perderse durante los minutos que estaban por venir. En esta ocasión, el calendario había querido regalar la festividad del primer día de noviembre a ése sábado, dotándolo de un ambiente en el que se mezclaban esa agradable rutina de cualquier sábado del año, con la relajación de un día señalado en rojo en el almanaque y el carácter respetuoso que acompaña siempre al 1 de noviembre.

En solitario, como es habitual, me perdí entre caminos predeterminados que me llevaban por zonas de huerta, unos, entre edificios, otros y todos con ese halo de calma y sosiego que acompaña el despertar de un nuevo día. Los calores de días pasados habían hecho madurar a algunas despistadas flores de azahar, que vieron en esas elevadas temperaturas la excusa perfecta para abrir sus encantos y perfumar el ambiente con su inconfundible olor dulzón.

Y ese impetuoso azahar me hizo caer en la cuenta, me recordó que era un día de flores, el día de las flores por antonomasia dentro de nuestras costumbres, dentro de nuestras creencias religiosas. En ese instante me crucé con un turismo en cuyo interior pude ver varios ramos de claveles y de rosas, adornados con lirios y otras variedades florales que no acerté a reconocer. Ramos que representaban, representan, la parte física del recuerdo hacia aquellos seres queridos que un día dejaron de estar presentes entre nosotros en cuerpo, que no en alma.

Zapatos nuevos, cuya horma parecía empeñada en cortar la circulación de unos pies que no paraban de crecer, el apresto de una ropa de domingo y ese olor a colonia que perduraba durante horas. Peregrinar de gente de un lado a otro…

– ¿Es la Zona 32?

– No, la 33, es la que está un poco más para delante.

– ¿Y el número?, ¿por qué calle es?

– La tercera empezando por el final, mira ésa. Luego hasta el número 219.

Granitos de diferentes colores, mármoles blancos y otros amarillentos, crucifijos, fotografías, inscripciones, fechas y en todos ese imprescindible y eterno “No te olvidan”.

El coche que había despertado aquel recuerdo se fue alejando de mí poco a poco, haciéndose cada vez más pequeño a medida que la distancia que nos separaba iba creciendo. Una curva a derecha hizo que lo perdiera de vista por completo y mis zancadas, ajenas a él, iban con su ritmo cadencioso, monótono, perdidas en sí mismas, como siempre.

Tras llegar al giro a derecha de aquella curva me encontré de golpe con ellos, todos frente a mí, uno junto a otro, agrupados en uno sólo, como si quisiesen obstaculizar mi paso, cuando lo que realmente deseaban era mostrarse ante mí, tan sólo eso, sin más, apartándose sin oposición y quedando al descubierto como lo que eran, recuerdos, simples recuerdos

El inconfundible aroma del anís, mezclado con aceite caliente, eran el preludio de una sinfonía de pequeñas eclosiones que comenzaba a sonar cuando el maíz golpeaba con la tapadera de porcelana: “pop, pop, pop…”, uno tras otro, sonando de manera precipitada, como atormentados por escapar de aquel fuego que los hacía explotar, pero que confinados en la olla no tenían opción a salir. El olor del azúcar tostada se intensificaba a medida que cesaba el sonido de aquella pequeña revolución, provocada a fuego lento y abocada a un dulce final. Aún calientes, aún pegados, dejando a la vista dulces pelos de caramelo que se producían al separarlos y que duraban poco tiempo, sólo el que permitiese el apetito reinante… ummmm, deliciosos.

Abrigado por el tapete de lana que cubría la mesa de camilla, intentando no dejar escapar el calor de un brasero que, celoso de su cometido, calentaba el poco aire alojado bajo aquella mesa redonda, en su lucha por combatir un frío que tardaba mucho menos en llegar que ahora. En torno a ella una historia, tantas veces contada, en la que una llave caía, unos pasos se arrastraban dejándose oír y una ventana se cerraba precipitadamente, justo cuando la única luz de la vieja cocina se apagaba. Un ánima perdida o tal vez la travesura de la vieja gata de la vecina, ahí quedaba la duda y en mi garganta se formaba un nudo que tardaba horas en desaparecer.

Animado por cada recuerdo cambié el rumbo de mis pasos y pasé junto al pequeño cementerio, a los pies del monte, sólo para ver la belleza que presentaba el campo santo en ese día, adornado con cientos de flores y donde, por una vez al año, siente el calor de quienes van a honrar a sus seres queridos. Era, es, una jornada de puertas abiertas, donde el recuerdo a los difuntos salpica de vida y altera la quietud de cuantas tumbas, nichos y panteones conviven en silencio durante el resto de año, salvo ese día, en el que su silencio rezuma felicidad, desde allá donde estén.

El cronómetro marcó los noventa minutos de mi entrenamiento y tras los estiramientos llegué de vuelta a casa. Dejé mi reproductor de MP3 sobre la encimera de la cocina y me quité las zapatillas. El desayuno de kilómetros me había dado sed y mientras reponía el líquido perdido me quedé mirando fijamente la luz de tonos rojizos proveniente de esa vela que, como cada primero de noviembre, me ha iluminado la mirada durante toda mi vida.

Es el recuerdo de quienes un día estuvieron aquí, antes que nosotros, con nosotros incluso y que de la luz de su vida nació la vida de quienes nos la dieron a nosotros, como hoy nosotros se la damos a nuestros hijos y un día ellos, tal vez, se la den a los suyos. Es el milagro de la vida, que encuentra su parte trágica en la muerte, pero que nunca morirá en nosotros si somos capaces de mantener vivo ese recuerdo.

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En recuerdo

Por ellos, por todos los que un día fueron parte de nuestra vida y se marcharon, dejando en nosotros su huella y que hoy, con nuestro recuerdo, siguen vivos en nuestro corazón. Si te ha gustado este escrito, compártelo. Muchas gracias.

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Un comentario a Lo que pienso mientras corro (IX): En recuerdo

  • Cristina  dice:

    Hola Paco:
    En fin…. Recuerdos … Estas en lo cierto cuando dices que hay que recordar a nuestros seres queridos que ya no están en nuestras vidas .
    Yo respeto todo eso del día 1, pero doy mas de recordar en mi soledad y no en ir a dejar unas flores a un lugar que para mi no tiene significado, pero repito que respeto a aquel que lo haga.
    Por todos ellos ya descansando un ramo de flores y ….
    Saludos.

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