Lo que pienso mientras corro (VII): Las antenas del tiempo

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Este domingo, después de mucho tiempo, volvía a ponerme las zapatillas para enfrentarme a un entrenamiento donde el cronómetro iba a alcanzar los tres dígitos, esto es, a llegar a la barrera de los 100’. Habían pasado muchas, muchas semanas y mi mente volvía a prepararse para una tirada donde el tiempo dando zancadas ya iba a ser respetable.

Junto al hecho de aumento del tiempo se daban dos circunstancias que hacía que la salida fuera diferente: la primera, el hecho de correr acompañado por dos colegas de este mundo de kilómetros y más kilómetros y a los que de no ser por esta afición creo que no habría llegado a conocer en la vida, como son Pepe Caracena y Alejandro Sánchez; y la segunda, volver a poner la brújula de mis piernas rumbo a las cotas más altas de ese monte que escolta a mi querida Murcia.

Pocos minutos después de las ocho de la mañana comenzamos nuestro entrenamiento, sabedores que nos esperaban alrededor de treinta minutos de continua ascensión y donde nuestras piernas apenas iban a tener el descanso de algún pequeño repecho de menor inclinación que les permitirían coger algo de aire, tan necesario para seguir la marcha.

El tiempo, esa variable medible e imparable, resulta tan relativo que puede llegar a convertirse eterno o fugaz dependiendo de aquello que estemos haciendo. Los segundos que preceden a una respuesta que esperas con impaciencia pueden parecer horas, mientras que las horas de entretenimiento en buena compañía parecen ser minutos… el tiempo, siempre el tiempo, cayendo gota a gota como un grifo a medio abrir, segundo a segundo, llenado el barreño de nuestra vida, marcando de forma lenta pero continua la rutina de nuestro día a día.

Comenzamos los primeros metros mientras manteníamos una distendida conversación, pero a medida que pasaban los minutos ésta iba haciéndose más breve, siempre de manera proporcional a la dureza del camino. Los intervalos de tiempo en los que ninguno articulábamos palabra alguna se fueron haciendo más largos, interrumpidos por algún comentario del tipo: “Cuántas pulsaciones llevas… yo 159… esta es buena… joder, ésta se pega”. El tiempo iba cayendo y nuestras piernas se acercaban a un ritmo lento, pero sin descanso, a esa pequeña cima que nos permitiera mirarlo cara a cara y decirle: “Te paro, he llegado, deja de contar”.

Al final del pasillo y de pie delante del altar, esperaba su entrada. Ante mis ojos unos bancos repletos de gente y al fondo una puerta abierta de par en par, dejando ver el azul de un cielo que parecía sacado de un lienzo, limpio, fresco e intenso. Un silencio roto por leves murmullos y el frescor de una mañana de febrero colándose a través de la bocana dejada por dos grandes hojas de madera que daban acceso al templo. Su figura, radiante, apareció bajo el amplio umbral de medio punto y su caminar hasta mi lado pareció un interminable esperar.

Las piernas comenzaban a “quemar”, los pulmones se hinchaban como queriendo coger todo el aire perfumado a pino y los dientes empezaban a apretarse. Eché un vistazo a mi cronómetro y el tiempo que llevábamos había superado la mitad de lo previsto para la subida. El sonido de nuestros pasos y las respiraciones acompasadas eran una especie de sinfonía en aquella continua ascensión, sonando de manera magistral, agrupados y dejando tras de sí nuestras huellas, que buscaban una meta: alcanzar el Pico del Relojero, a unos 600 m de altitud.

Y crecen, cada día lo hacen, a una velocidad vertiginosa, ávidos por cumplir años y él, el tiempo, cómplice canalla de sus anhelos me hace vivir los días casi por encima del límite permitido, pasando fugaz, sin apenas dejar saborear tantos y tantos momentos de unos años que jamás volverán, pero que siempre, siempre quedarán. Él, que hizo que nueve meses fueran toda una eternidad, hasta aquella tarde agosto en la que se puso sus zapatillas, como si de un runner se tratase, para no dejar de correr y correr, correr y correr

Un giro a la derecha indicaba el último tramo de ascenso hasta nuestro objetivo; era el tramo más duro, no sólo por el desgaste acumulado en las piernas, sino por el aumento de la pendiente. Por primera vez pasaba por ese camino y pude sentir el por qué de la dureza que todos cuantos lo han subido comentan. Pepe puso la directa y con su ritmo cadencioso, pero continuo y machacante, como el de un martillo repetidor, tomo ventaja y detrás quedamos Alejandro y yo. El cuerpo acusaba el esfuerzo y la mente ordenaba de manera autoritaria un continuo “Vamos” insuflando energía a unas piernas que parecían morir.

Quedó parado, el tiempo dejó de correr con nosotros y allí estaban, las antenas que se levantan esbeltas sobre la cumbre de ese famoso pico. A sus pies, Murcia, en una panorámica tan hermosa como imprescindible, obligatoria de ver por todos cuantos amamos esta tierra. Me sentí como un afortunado “relojero”, capaz de jugar con el tiempo y detenerlo unos instantes, apenas unos segundos y contemplar, mientras mis pulsaciones se normalizaban, aquella preciosa imagen.

Apenas dos o tres minutos y de nuevo emprendimos la marcha, esta vez tocaba disfrutar y correr por todo ese precioso monte, camino de la Cresta del Gallo y La Fuensanta, recuperando nuevamente la conversación y haciendo de un entrenamiento un agradable momento entre amigos. Atrás, en lo alto, habíamos dejado aquellas antenas que parecían querer tocar el cielo con la punta de sus mástiles y convertir el tiempo en su compañero silencioso.

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Las antenas el tiempo

Qué diferente parece transcurrir el tiempo según los momentos, ¿verdad? Pueden bastar dos segundos para tener un recuerdo imborrable o perder días, semanas, años, sin dejar la huella de su paso en el tiempo. Si te ha gustado este escrito, compártelo. Muchas gracias.

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2 comentarios a Lo que pienso mientras corro (VII): Las antenas del tiempo

  • Cristina  dice:

    Hola Paco:
    Bonito día en compañía , uno por lo normal disfruta de sus carreras, de sus km y de sus entrenamientos, pero como tu bien sabes el ir a correr a esas horas de la mañana y encima acompañado por buena gente y seguro agradables es aún mejor el día y la sensacion de practicar este deporte , me alegro que tu también disfrutaras .
    Saludos y hasta pronto .

    • Paco Molina  dice:

      ¡Hola, Cris! Correr siempre es un disfrute y si lo haces en buena compañía, entonces mucho más aún. Por lo general suelo salir en solitario, por lo que las veces que lo hago acompañado lo disfruto el doble.

      Muchas gracias por dejar tu comentario. Abrazos.

      Paco.-

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