Lo que pienso mientras corro (XII): Ilusión

ilusión

¿Qué es una ilusión?… fue la pregunta que me vino a la cabeza el pasado domingo, nada más comenzar mi entrenamiento largo de la semana. Por delante tenía más de hora y media de kilómetros, esfuerzo, sudor, cansancio y de soledad buscada, pensamientos y por qué no, también de alguna que otra ilusión.

Tal vez la mezcla de sentimientos que provoca la Navidad, alegre donde las haya, pero con ese halo triste y nostálgico que siempre va inherente a ella, fue lo que me hizo formularme esa pregunta con la que he comenzado este post:

¿Qué es una ilusión?

En esta ocasión no tenía una ruta predeterminada y conforme iba dando zancadas fui improvisando un recorrido que llevó desde una punta a otra de la ciudad, partiendo desde casa y con final de trayecto en el mismo punto. El cielo parecía sacado de lienzo más realista y el sol, aún escondido tras el monte, anunciaba su aparición con su luminosidad, tornando anaranjado el azul de la mañana recién nacida. Corría y me alejaba de mi punto de partida, dejando atrás aquello que recogería nada más terminar el entreno y mirando ese cielo pensé que tras él se podría esconder una nueva ilusión, ¿por qué no?

Conciliar el sueño, con aquellos nervios y una ilusión desbordante, fue una tarea muy difícil, incluso la noche pareció pasar en un estado de duermevela, deseando despertar y ver todo aquello que los Tres Magos dejarían en el comedor, sobre el sofá y los sillones… “Rafa, vamos a ver si han llegado ya… que noooo, todavía no, yo no los he oído… claro, porque no se oyen, vamos”… encender la luz del salón, llevado en brazos, y ver que todo estaba en su orden habitual: los cojines, la mesa de camilla, las sillas, todo, todo igual.

El olor a churros, que perfumaba gran parte de la calle, se dejó sentir antes de poder ver que decenas de metros más adelante estaba el puesto de venta ambulante desde donde provenía. Un padre y su hijo, cogidos de la mano, esperaban pacientemente su turno, con sus abrigos cerrados hasta el cuello. El adulto conversaba con el vendedor y el niño, ajeno a ese diálogo, cruzó su mirada con la mía, que duró el tiempo de llegar hasta su altura y seguir mi camino; apenas fueron cinco segundos y durante ellos pareció como si ambos nos hubiésemos puesto en la piel del otro. El pequeño sonrió, yo también y seguí corriendo.

De nuevo en la cama y otra vez intentando domar un sueño que seguía mostrándose esquivo. Mismos nervios o más y la misma ilusión, intacta, resplandeciente e ingenua de horas antes, de días antes, de años antes… “Rafa, Rafa, Raaaafa, han tenido que llegar ya… eres un pesao, que no, corre tú si quieres… no, yo no, llévame tú, vengaaa… duérmete, anda, que es muy temprano… es que no puedo, vamos, jooo”… la luz de la lámpara del techo volvió a dejar al descubierto un sofá y unos sillones vacíos, fríos y huérfanos de regalos, alumbrando un comedor completa y aburridamente normal.

Ya había llegado a la ciudad y entonces corría junto a edificios que siempre recordaba haber visto ahí y a los que el paso del tiempo no había sido ajeno para ellos. Aquellos cuyas fachadas se han restaurado y se muestran como esas películas de blanco y negro, coloreadas, que dotan de una apariencia artificialmente nueva y bajo cuya capa superficial de color que las cubre esconden su verdadera edad. Y colgados, de algunos de los balcones de esos edificios, pequeños Reyes Magos de tela pareciendo improvisados cacos, con sus sacos repletos de ilusión y a punto de colarse en las casas para dejar sus regalos.

La noche era eterna, o al menos así lo parecía y los breves ratos de inconsciencia se convertían en aparentes horas de un sueño que apenas llegaba a conciliarse en firme… “Rafa, Rafa, ssshhh, Rafa, ¿vamos a ver?… jué, qué tío, eres un peñazo, que te duermas ya… que ya me he dormido y me he despertado, creo que ya han venido… la última vez que te llevo, la próxima te levantas tú solo, plasta”… esta vez la luz dejó a la vista decenas de paquetes envueltos con papel de regalo de todos los colores y mis pupilas fueron ajenas de ese paso de la oscuridad a la claridad artificial, permaneciendo aún dilatadas ante semejante visión.

De nuevo, aunque seguía corriendo sobre asfalto, dejaba los edificios y decía adiós al paisaje urbano, para perderme entre carriles de huerta, de regreso a casa. Olor a ramas secas quemándose, el amarillo que adornaba el verde de los limoneros, como bolas en un Árbol de Navidad, sin guirnaldas, sin adornos, sin luces y un perro, recostado sobre sí mismo, con sus ojos entornados, dejándose calentar por un sol que se agradecía sentir en esa fría mañana.

Los nervios y la impaciencia habían desaparecido y la ilusión, vestida de inocencia, brotaba a borbotones: un regalo por aquí, otro por allá, alguno deseado, otro inesperado y esa imagen grabada en la retina para siempre… con la sonrisa aún dibujada en la cara y emocionado por todo cuanto aquellos Tres Reyes me habían dejado, volví a la cama, cuando la madrugada estaba cercana al amanecer. Entonces sí me venció el cansancio y me sumí en un profundo sueño cuyo despertar ya no quedó registrado en la memoria… eso ya no importaba.

Llegué a casa, el entrenamiento había concluido y mis piernas dejaron de correr. Paré el reloj, hice los estiramientos de rigor y por un momento pensé en parte de esos pensamientos y esas sensaciones que me habían acompañado durante la sesión que acaba de terminar. Los kilómetros me habían vuelto a tener a caballo entre un tiempo pasado y un tiempo presente, haciéndome recordar la ilusión de una noche mágica, esa de la que aquel día quedé huérfano sin darme cuenta y que ahora intento cultivar y abonar cada día.

Me quité mis zapatillas, mis guantes y demás complementos, casi al mismo tiempo que llené un cazo con cuatro tazones de leche, azúcar, cacao en polvo y una pizca de sal. Comencé a remover despacio y el calor eléctrico de la placa hizo su trabajo, al mezclar y hervir aquel líquido marrón, con su olor inconfundible y un sabor que hace deleitar el paladar de los más golosos (como es mi caso). Sobre la mesa esperaba un Roscón de Reyes y en su interior, escondido en cada bocado, pequeñas ilusiones que se mojaron en chocolate caliente y que hicieron su digestión mezclados de bendita inocencia.

Y ¿qué es una ilusión?, volví a preguntarme… no lo sé y pensé que tal vez cualquier cosa puede ser una gran ilusión, sólo dependerá de nuestra manera de mirar aquello que tengamos delante y de mojar en ese tazón de chocolate como si fuera la primera vez que lo hacemos o tal vez, simplemente baste con salir a correr y perseguir alguna de esas ilusiones que esperan, escondidas, entre kilómetros y kilómetros.

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Una ilusión puede estar en una mirada, en una palabra, en una sonrisa o tras una esquina, sólo es cuestión de ir en su búsqueda y no dejarla escapar. Si te ha gustado este escrito, compártelo. Muchas gracias.

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