Lo que pienso mientras corro (XIII): La vida al viento

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Soplaba el viento, con fuerza, ávido por hacerse sentir, como queriendo dejar claro que era él quién mandaba y que era él, únicamente él, quien tendría a su merced a todo aquel que se pusiese en su camino, a todo cuanto se encontrara a su paso. Qué diferente se puede sentir ese viento, cuán distinto puede llegar a serlo según sea desde dónde sople y según sea cómo lo haga.

No se percibirá igual ese viento que venga del sur, cálido y sofocante, frente a ese otro viento del norte, frío e intensamente penetrante. Como de igual manera no sentiremos igual su abrazo mientras nuestra vista se pierde en el horizonte de un mar embravecido o si clavamos la mirada escuchando el crepitar de unas brasas que languidecen ante la voracidad de un fuego, que fatigado, ve como se apaga su ímpetu. En cualquier caso, viento… molesto e incansable viento, por más que nos rodeemos de un entorno más o menos idílico, más o menos relajante.

Su efecto se había dejado sentir durante toda la semana y esa mañana, una nueva mañana más, no iba a ser la excepción. El agitado movimiento de las copas de los árboles era la señal inequívoca de la presencia de él, del viento. Mis ojos intentaban buscar alguna evidencia que me hiciese creer que su compañía iba a ser efímera, pero las ramas de las palmeras, los toldos de los balcones y hasta el continuo golpeteo de las persianas evidenciaban aquello que no quería ver.

Parecía escondido, como queriendo jugar conmigo a un escondite de tan sólo dos jugadores y del que más pronto que tarde terminas por aburrirte. Mis zancadas avanzaban en esas últimas horas de la noche que preceden a la mañana, sin sentir su efecto sobre mí, sin ser un juguete más al que tocar con su invisibles manos… confiado, que no ignorante, sentía que caminaba tras de mí, ayudándome en mi monótono correr, y esperaba ese momento en el que me mirase cara a cara, ese momento en el que ya no hiciera falta buscar su presencia.

Y cómo no, llegó, pacientemente esperó a que mis pasos me pusieran en su dirección y sopló con todas sus fuerzas. Mis intentos por avanzar resultaban en balde y la calma se volvió tempestad

“¿Qué es el viento?, las orejas del Candelas en movimiento… jajajaja – Pues yo me cago en tu padre, gilipollas – Jajajaja, vaaaa David, mueve tus pamplinas – Venga pesaos, que ya ha sonado el timbre y como lleguemos tarde la Pellejos nos va a castigar, vamos – Eso, eso, vamos, Candelas mueve, mueve y llévanos volando – eres un gilipollas, te voy a meter… – jolines, correr, que nos cierran”.

Con la cabeza agachada, como queriendo adoptar una posición más aerodinámica, intentaba avanzar en mi marcha, haciendo frente al fuerte viento que me golpeaba de pleno, dejando estéril el sonido de mi reproductor de música y convirtiendo una leve subida en un escollo duro de sortear. Los ojos entornados, de manera instintiva, intentando proteger una mirada que apenas se despegaba de mis zapatillas, y esa sensación de estar a punto de salir volando por los aires…

El color violáceo de los labios y el rechinar de dientes no dejaban lugar a duda, tenía frío, mucho frío. El viento soplaba con avaricia y la piel, erizada, reaccionaba intentando conservar un equilibrio térmico que se había desajustado por completo – “muchacho, ponte la toalla, que te va a dar algo – mamá, la sombrilla se mueve mucho – ya, ayúdame a cerrarla, que nos vamos para arriba pitando; es que no podías haber salido antes, no, tú siempre el último y mira qué horas se han hecho y el arroz sin echar – he visto una medusa así de grande, haaalaaaa, si me llega a picar – ella no, pero yo sí te voy a picar, venga corre, lávate los pies que hoy comemos a las mil y quinientas – de verdad, era así de grande, mira, mira…”

Otra vez la calma y de nuevo comenzaba ese infantil juego de esconderse, pero sin necesidad de contar y donde únicamente tocaba volver a esperar que un nuevo cambio de dirección nos enfrentara en la soledad de la madrugada. Podía sentir su presencia en mi espalda, incluso habría jurado que parecía murmurar palabras sin sentido junto a mi oído. Un nuevo cambio de dirección y otra vez él

Su pequeño soplido fue como un vendaval para la única vela de la tarta, que sucumbió a su fuerza y se apagó. El hilo de humo negro, que precedió a la desaparición de la llama, acaparó la atención de su mirada, haciéndola acompañar por el gesto de su mano, cuyo dedo índice lo señalaba como queriendo cogerlo. Me miró, puso sus pies en el suelo y echo a andar por primera vez, sin más.

Ya no importaba en qué dirección viniera el viento, como no importaba que éste dificultase mi correr en mayor o menor medida. El temor y la pereza que siempre da enfrentarse a él estaban llegando a su fin y había vuelto a comprobar que, a pesar de la diferencia que existe de tenerlo a favor o en contra, no hay nada como plantarle cara y prepararse a él: si sopla a favor te ayudará en tu propósito, y si sopla en contra, te dificultará para alcanzar tu objetivo, pero te fortalecerá al ser capaz de vencerlo.

En esta ocasión, había sido él, el viento, un molesto compañero para el entrenamiento, sí, pero que ayudó para acercar hasta mí recuerdos de una vida, pequeños pasajes que gracias a su fuerza volvieron a mi conciencia, como hojas que levanta del suelo y maneja de manera caprichosa. Fue tan sólo una hora corriendo en la que la vida, simplemente, quedó al viento.

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La vida al viento

Puede ser el viento, con su incómoda presencia, una metáfora que nos ayude a ver la lección que se esconde tras él o puede, simplemente, producir un torbellino en nuestros pensamientos y poner cabeza abajo aquellos recuerdos que creíamos olvidados. Si te ha gustado este escrito, compártelo. Muchas gracias.

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2 comentarios a Lo que pienso mientras corro (XIII): La vida al viento

  • Fernando Murcia  dice:

    Mágnifica entrada, un gusto leerte, como de costumbre. Saludos.

    • Paco Molina  dice:

      ¡Hola, Fernando! Muchas gracias por “leerme” y por dejar tu comentario, eso sí que es todo un gustazo.

      Un abrazo.

      Paco.-

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