Lo que pienso mientras corro (XV): De la huerta a la ciudad

Huerta (xv)

Murcia, llamada antaño Huerta de Europa, sigue teniendo muy presente ese pasado, a pesar de haber sido desbancada de ese título que durante tanto tiempo ostentó. No en vano, Murcia sigue teniendo su huerta y sigue dando parte de las mejores verduras y frutas que se pueden llevar a una mesa, aunque es cierto que la extensión de esa huerta se ha visto muy mermada.

Sin embargo y por mucho que haya podido cambiar con el paso del tiempo, Murcia sigue siendo y lo será siempre la mejor huerta del mundo y quienes nacimos y vivimos en ella nos sentimos huertanos, a pesar de no tener la mayoría de nosotros ni la más remota idea de lo que es trabajar, cuidar y amar la tierra y lo únicos aperos de labranza que hayamos visto sean los que podemos contemplar en las barracas, las construcciones típicas huertanas que durante la Semana de Fiestas de Primavera se convierten en pequeños museos, donde podemos contemplar las costumbres de nuestros antepasados más recientes, además de degustar toda la gastronomía típica.

¿Y por qué de todo esto?, podréis preguntaros. Muy sencillo, porque este martes se celebró, un año más, el Bando de la Huerta: sin duda el día por antonomasia donde los murcianos más orgullosos nos sentimos de ser precisamente eso, murcianos, y donde sacamos a la calle toda nuestras tradiciones, nuestra gastronomía y nuestro folclore… en definitiva, un día con sabor a huerta, que invade la ciudad, traspasando los muros invisibles que los separan de ella y hace que todo se llene de color, tal y como sucediera por primera vez hace más de 160 años.

Parte de estos pensamientos me estaban esperando la mañana del martes, nada más atar los cordones de mis zapatillas y salir a la calle, dispuesto a hacer un rodaje suave cercano a la hora de duración. Aún no había amanecido, pero la claridad del día permitía ver perfectamente que el cielo iba a estar predominado por nubes durante toda la jornada.

Comencé a correr, por la misma calle en la que vivo desde hace quince años y me dirigí, como algunas veces suelo hacer, por zona de huerta, para perderme por parte de sus caminos, atraído por esos pensamientos que acaban de colarse en mi interior, sin previo aviso y atraídos por el día que era.

“Cuando salgamos de clase vamos a por hojas, ¿vale?… coge de esas, que son buenas… pero no rompas la rama, qué animal eres… no, no, esas las he visto yo antes, y una porra… como me manches de moras vas a tu madre… se van a poner las botas los gusanos… sabes, ya han empezado dos a hacer el capillo… no se dice capullo, eso es una palabrota… venga, baja ya, que tenemos bastantes”…

Olí a morera, a ese olor que ofrecen los primeros brotes y que parecen contener en sus pocos días el perfume de un nuevo ciclo de vida que llega con la primavera, en la que todo vuelve a renacer, tras el letargo de un invierno más o menos acusado. Las ramas aún tardarán semanas en cuajarse de sus hojas y el árbol se mostraba semidesnudo, frágil, tímido, como ese niño que no sabe dónde esconderse cuando es sorprendido por la mirada de un adulto, temeroso de recibir la reprimenda de algo que no ha hecho.

El primer tramo de asfalto dejó paso a un camino de tierra, pegado a bancales labrados, unos, y abandonados, otros. En uno de ellos un señor regaba a manta su palmo de tierra y pensé que tal vez no se pusiera los zaragüelles, ni la faja, ni el chaleco para ir más tarde a Murcia, es más, incluso puede que pasara todo el día trabajando su trozo de huerta, sin entender de días festivos, ni reconocimientos a una forma de vida que quizá para él fuera tan habitual como para quien acude a una oficina cada mañana, de lunes a viernes.

El sol comenzaba a asomarse tras el monte y sin apenas dejarse ver fue agasajado por un par de nubes, que caprichosas decidieron quedarse con todo su brillo y calor. Fueron unos instantes, efímeros, pero suficientes para poder ver que él también llevaba puestas sus esparteñas y una montera cubría su cabeza: iba preparado para iluminar el gran día.

El zarangollo, recién hecho, aún humeaba y el olor inundaba toda la casa… “merienda algo y ponte a hacer los deberes, que se te ha hecho tarde y lávate las manos antes… para qué has cogido tantas hojas, se te van a poner malas, muchacho… ¿puedo probarlo?… un poco sólo, que recién hecho no está igual de bueno; luego, para cenar, venga, merienda, vamos”… Mientras analizaba sintácticamente las oraciones, sentado en la mesa de la cocina, no apartaba mis ojos del plato de cristal transparente, sobre el que reposaba aquel manjar cocinado a fuego lento y que no paraba de hacerme la boca agua… “termina de hacer los deberes que te ponga la cena… ¿les has puesto hojas a los gusanos?”…

A pesar de lo nublado del cielo, del frescor del día y de lo calmado del ambiente, podía percibir la algarabía que horas más tarde comenzaría a vivirse en la ciudad, donde de nuevo la huerta iba a poblar todas sus calles, plazas, parques y rincones. Comenzaría con la misa en honor a la Patrona y su Procesión por las calles del casco antiguo, y continuaría con su tradicional Desfile del Bando de la Huerta, que no es otra cosa que un escaparate de Murcia al exterior, sobre su huerta y sus gentes.

Y en ello pensaba, erizando los poros de mi piel que en esos momentos transpiraban el sudor que la carrera me estaba provocando, a pesar de estar haciendo un entrenamiento de pocos kilómetros y donde el correr había dejado de ser algo perceptible, para dar paso a recuerdos, sentimientos y deseos, que se mezclaban a partes iguales.

Un limonero cuajado de azahar acaparó toda mi atención, al ver el contraste del blanco sobre el verde intenso de sus hojas; paré mi reproductor de MP3 y sentí el tacto de la gravilla bajo mis pies, un par de patos graznaron a mi paso y por más que lo intenté no pude evitar que, asustados por mi presencia, levantaran su vuelo al pasar junto a ellos. Los observé, elevarse en el aire y agitar sus alas, uno junto al otro, mientras yo dejaba la tierra y volvía a pisar el monótono y anodino asfalto.

De nuevo llegué a “mi” calle y mis piernas se pararon; había concluido un nuevo entrenamiento y en casa me esperaba un año más el traje que desde hace treinta años me pongo en ese día, el traje con el que me siento orgulloso de ser murciano, a pesar de no haber nacido en la huerta y ser medio analfabeto de ella. Sí, como tantos, soy un huertano de ciudad”, de los que me pongo las esparteñas una sóla vez al año, cierto, pero quiero y siento a mi tierra con toda mi alma y sé que no pude recibir mejor regalo que el haber nacido en ella.

Creo que nuestras tradiciones deben ser respetadas, entendidas, amadas y transmitidas, porque en ellas está el recuerdo y el homenaje a quienes un día vivieron donde hoy vivimos nosotros, a pesar de los cambios sufridos, y su legado es un tesoro que debemos cultivar y continuar… y todo esto simplemente por correr. Es lo que tiene este deporte, que te conduce allá donde los sentimientos se transforman en pensamientos.

Huerta (xv)

De la huerta a la ciudad

Todos tenemos nuestras raíces y amarlas es parte de nuestra vida, como este deporte, que tantas veces me ayuda a recorrer parte de mi vida y hace, un día tras otro, que disfrute de todo cuanto él me ofrece, de todo cuanto él nos ofrece. Y tú, ¿crees que correr es un vehículo perfecto para “llegar” hasta donde nos propongamos o todo esto es fruto de una imaginación excesiva? Anímate y comparte tu punto de vista. Muchas gracias.

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4 comentarios a Lo que pienso mientras corro (XV): De la huerta a la ciudad

  • Manuel  dice:

    Felicidades, Paco, por haber sabido expresar maravillosamente las raices de las que debes sentirte orgulloso. Según me voy haciendo mayor, más echo de menos el terruño, el estar arraigado en un lugar, con sus gentes y costumbres. Y dejo volar la imaginación, muchas veces, cuando salgo a trotar. Felicidades. Con tu permiso, me quedo por este blog. Un abrazo

    • Paco Molina  dice:

      ¡Hola, Manuel! Muchas gracias, antes de nada, por leerme y por dejar tu comentario. A mí me pasa algo parecido a lo que dices, al ir haciéndome mayor voy sintiendo cómo me “engancho” más a la tierra que me vio nacer y cada vez es mayor el reconocimiento y el orgullo de ser de donde soy. En mi caso no he vivido nunca fuera de aquí, por lo que ese sentimiento de arraigo que comentas no lo he experimentado, sin embargo, a pesar de ello, suelo dejar volar a menudo la imaginación (como habrás podido comprobar) e ir a esos años, pasados, en los que mi tierra era algo diferente a la de ahora, pero que sigue conservando su misma en esencia. Por cierto, no necesitas ningún permiso para “quedarte” en este rincón, es más, para mí es todo una satisfacción y una inmensa alegría contar con un amigo más con el que poder compartir mi pensamientos y mis historias.

      Muchas gracias, nuevamente y encantado de “tenerte” por aquí.
      Un abrazo y felices kilómetros.

      Paco.-

  • Fernando Murcia  dice:

    Gracias, Paco, por compartir de nuevo tus pensamientos y sentimientos con quienes seguimos tus andanzas “blogueras” y no solo deportivas.

    Para ser fiel también a mi cita como comentarista de tus post, ya que nos invitas a ello en tu nota de despedida del mismo, voy a contarte un poco mis experiencias con las fiestas típicas de nuestra ciudad y en particular con el Bando de la Huerta. Yo sí que he nacido y crecido en lo que puede considerarse la huerta de Murcia, al menos lo que queda de ella, que era poco más que ahora cuando yo nací. Más contacto pude tener con ella y sus tradiciones auténticas gracias a criarme con uno de mis abuelos, quien realmente había vivido de ella y, si bien mucho menos de lo que ahora querría, de quien pude obtener una mínima parte de “experiencias” auténticamente huertanas. Fue una vida dura y sacrificada la de mi abuelo, como la de tanta otra gente de esta zona (y otras) en aquella época y, sea por esto, o por cualquier otra circunstancia no le gustaba en absoluto la fiesta del Bando de la Huerta. Sea real o “inventada” con el paso del tiempola historia de que el Bando de la Huerta se creó por “cuatro churubitos” de la capital para reirse de los huertanos fue básicamente la que a mí me inculcaron (base también del popular nombre de “tontódromo”).
    Estoy hablando de la fiesta, sin embargo, de otro lado, sí que pude disfrutar, en gran medida, de una vida más apegada a la huerta (se criaban pequeños animales de corral en casa, visitabamos familiares que sí tenían huerto propio para recoger frutas y verduras, etc.) por lo cual me siento profundamente orgulloso.

    Indudablemente crecí con esta sensación sobre ese día, llegando incluso a odiarlo en la época juvenil cuando lo único que veías de esta fiesta era la suciedad de los borrachos y los comas etílicos, si bien, con la llegada a mi vida de la compañía de mi mujer (ella sí criada en la capital, jeje) y ahora también la de mi hijo, he aprendido a vivir este día y a disfrutarlo de una forma especial, pues ellos sí que lo disfrutan y a lo grande de una forma sana y natural. Así que, en parte a través de ellos, pero ahora los disfruto al fin y al cabo.

    • Paco Molina  dice:

      ¡Hola, Fernando! Muchas gracias, como siempre, por dejarme tu comentario a mi entrada, pero ¿eres consciente de estar acostumbrándome (acostumbrando a todos) a ellas? 😉 Todas las semanas espero tu comentario en cada nuevo post y con él no sólo recibo el punto de vista y las impresiones que te produce, os produce, como lector, sino que además siempre aportas tu experiencia y eso enriquece en sobremanera este modesto rincón.

      En lo que esta vez nos “ocupa”… no sabía de tu arraigado origen huertano, aunque a decir verdad la riqueza de tus expresiones y el amplio vocabulario “nuestro” que utilizas, son señales inequívocas de ello. La versión que atribuyes al origen de este día de fiesta la había escuchado yo de manera diferente, en concreto que ello se debió a la probreza y la falta de alimento que se vivía en la ciudad en aquellos años de miseria y hambruna, siendo la visita de la gente de la huerta a la capital para dar comida y ayudar a tanta gente como estaba pasando “falta”. Como verás es un origen muy diferente al tuyo y el sentimiento que puede originar es muy diferente… en cualquier caso, es otra leyenda urbana que sirve para dar luz a esta tradición que en nuestros días cuenta con el cariño y el amor de tantos y tantos murcianos. Al margen de eso, me alegra mucho saber que gracias al paso de la vida en pareja y formar una familia, te hayas “convertido” en un huertano más este día y celebres y disfrutes de él, como tantos los hacemos, y es que el Bando de la Huerta se estaba perdiendo a alguien como un amor y un sentimiento por esta tierra, por nuestra tierra, que no debía quedarse fuera de esta fiesta.

      Por cierto, ha sido todo un regalo poder leer esa breve pincelada de la vida de un huertano como tu abuelo y tener la generosidad de compartirlo con todos los que os asomáis a este rincón.

      Muchas gracias, Fernando, una vez más y te espero en la próxima entrada.
      Un abrazo muy fuerte.

      Paco.-

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