Lo que pienso mientras corro (XVI): Una tarde de mayo

Una tarde mayo

Y llegó mayo, con sus días de comunión, como cada año, como cada primavera… mayo y su luz, su calor… mayo y sus flores, su fragancia… como reza el final de ese conocido refrán:

“Sacan a mayo florido y hermoso”

Después de la primera semana de descanso, tras el final de la temporada, volví a ponerme mis zapatillas: era domingo, el penúltimo domingo de mayo. Por delante me esperaban cuarenta y cinco minutos de entrenamiento suave, donde volver a sentir el contacto del asfalto bajo mis pies, donde volver a sentir la libertad que otorga el salir a correr, donde volver a perderme en pensamientos que no sabía qué caprichoso destino elegirían.

El sol se dejaba ver sin rubor, mostrando su hegemonía en un cielo donde una nube habría sido una diminuta pincelada sobre el inmenso lienzo azul que parecía ser el cielo. La presencia de una temprana brisa ahogaba el efecto de los rayos de la cercana estrella y una extraña sensación recorría mis piernas y mi todo mi cuerpo. Tan sólo había pasado una semana en el tiempo, sin embargo en mi mente todo parecía lejano, tan extrañamente lejano…

Placer, el placer de correr, comenzó a dejarse sentir a los pocos minutos de haber empezado a mover mis piernas, haciendo que mis pulsaciones parecieran anormalmente descontroladas, que tan pronto se disparaban, como se desplomaban. Era como si dentro de mí se estuviese librando una batalla, donde unas ganas desatadas, eufóricas, arrollaban a un cuerpo que en tan sólo siete días parecía haber quedado en un letargo inusualmente familiar: corría.

Como otras tantas veces, no importaba el recorrido que siguiese, era lo de menos, puesto que lo que de verdad importaba era poder disfrutar de un camino que parecía puesto sólo para mí. Y llegaron, como otras tantas veces, ellos, haciendo de ese momento su momento, dejando en mi memoria recuerdos de un mes de mayo, como éste, recuerdos que hicieron de mí su camino para volver…

El pasillo se hizo interminable, a pesar de no saber el número de la habitación y el olor a limpio en ese ambiente de asepsia absoluta, caló hasta lo más profundo de mí, como esa fina aguja que se clava atravesando todos los tejidos de la piel sin llegar a ser percibida, sutil, certera, letal. Su mirada, callada, no necesitaba pronunciar palabra alguna y sus ojos se clavaron en los míos, como intentando establecer entre nuestras miradas un diálogo que jamás volveríamos a tener la oportunidad de repetir. Su mano cogía la mía y su único, y último beso dejó resbalar una lágrima en mi mejilla, donde una estudiada sonrisa intentaba dar serenidad a una vida que se apagaba. Los dos nos miramos, sabiendo que tras cruzar el umbral de aquella puerta empezaría una nueva vida para ambos, separados y unidos para siempre. En la calle hacía calor, mi ropa era de domingo… y sí, era una tarde mayo.

Alrededor de quince minutos fueron tiempo más que suficiente para que mi conciencia cogiese las riendas y toda la furia inicial se tornase sosiego y calma. Las pulsaciones dejaron su incomprensible baile, la respiración pasó desapercibida, manteniendo un ritmo anodinamente estable y las sensaciones físicas se hicieron sencillamente habituales. Sí, claro que sí: corría.

La tarde avanzaba y el sol seguía, como cada día, su trayectoria descendente, esa que le llevaría irremediablemente a un nuevo ocaso. Pero antes de volver a morir, antes de captar las miradas de tantos soñadores, antes de dejar el protagonismo a la oscuridad de la noche quiso colarse a través de los cristales, para alumbrar su llegada y no perderse ese primer llanto. El ambiente rezumaba vida y el olor a recién nacido se impregnó en cada poro de mi piel, haciéndome sentir otra vez dichoso de poder asistir a un nuevo milagro. Fue una gota de rocío dejada a media tarde, una flor más parida por la primavera que brotó serena, sin hacer ruido, como queriendo pasar desapercibida y que se coló entre los resquicios de mis sentimientos. En la calle hacía calor, mi ropa no era de domingo… y sí, también era una tarde mayo.

Casi media hora, que apenas se hizo esperar, y los minutos parecían correr más rápido de lo que mis piernas eran capaces. Era como si mi cuerpo estuviese corriendo a un ritmo muy por debajo del habitual, como si quisiese convertir ese suave entrenamiento en un paseo dominical; lo comprendí, estaba claro que mi cuerpo había recibido el final de temporada de muy buen agrado y se encontraba plenamente a gusto de ello. Aún así lo hacía: corría.

Los rayos del sol quedaban atrapados en la tupida cortina blanca, otorgándole al salón una luz que se mezclaba con la ilusión presente desde bastantes días atrás, muchos días atrás. Vestidos, zapatos, pendientes, pulseras, medallas y dos sonrisas que se clavaban en estéreo ante mi orgullosa mirada, mientras el fotógrafo disparaba su objetivo. Una diadema, un recogido, dos melenas despeinadas al aire, dos amores, dos vidas en comunión con la nuestra, con la mía. La mañana esperaba y los nervios habían quedado en la almohada, esa sobre la que tantas noches había soñado con ese momento, y contagiado por su alegría, por su felicidad y por el brillo de sus ojos, disfruté de cada minuto, convirtiéndome en un espectador privilegiado de cómo el paso del tiempo había hecho su trabajo, de cómo va haciendo su trabajo. En la calle hacía calor, mucho calor, mi ropa volvía a ser de domingo… y sí, cómo no, volvía a ser un día y una tarde de mayo.

Dos minutos pasaban de los tres cuartos de hora previstos para el entrenamiento y mi piernas pararon prácticamente en seco, pero no mis pensamientos, que siguieron recreándose en esos recuerdos que acontecieron un día de mayo, tan lejanos y tan cercanos al mismo tiempo, pero con los que sin ellos no podría explicar, comprender, parte de las arrugas que se dibujan junto a mis ojos… después de una semana había vuelto a correr y por delante aún restaba una más de descanso, esperando recuperar físicamente un cuerpo, cuya mente no ha dejado de descansar y de recordar, de pensar, pero que disfruta y se recrea como nunca cada vez que sale a correr.

Una tarde mayo

Una tarde de mayo

 Todos tenemos recuerdos que permanecen con nosotros para siempre, acompañándonos allá donde vayamos; para mí, muchos de esos recuerdos no sólo me acompañan, sino que a menudo forman parte de mi realidad, al encontrar en el correr el vehículo perfecto que me permite canalizar y disfrutar de esos momentos que jamás volverán, pero que tampoco desaparecerán nunca… como esos que tuvieron lugar un día de mayo. Si te ha gustado este post, compártelo. Muchas gracias.

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4 comentarios a Lo que pienso mientras corro (XVI): Una tarde de mayo

  • marisa  dice:

    Muy emotivo, totalmente de acuerdo en la reflexión final.

    Saludos

    • Paco Molina  dice:

      ¡Hola, Marisa! Muchas gracias por tu visita y por tu comentario. Sin duda, creo que dejarnos llevar por nuestros pensamientos, mientras corremos, es un placer para el alma, aunque ello pueda resultar difícil de entender para quien no le guste correr.

      Saludos y aquí tienes tu rincón, para cuando desees asomarte; será un placer contar contigo.

      Paco.-

  • José Luis Iglesias  dice:

    Excelente artículo, amigo. Literatura runner de muchos quilates.
    Entre los múltiples beneficios que nos aporta el running, debemos destacar también ese espacio que nos concede para la reflexión y para el desarrollo de la creatividad.
    Enhorabuena y un saludo cordial.

    • Paco Molina  dice:

      ¡Hola, José Luis! Bienvenido a este rincón, muchas gracias por asomarte a él y por dejar tu comentario. Son muchos los beneficios que nos regala el running, al margen de ser un deporte que puede llegar a resultar agresivo para nuestras piernas, y entre ellos creo que el principal es el concedernos un espacio propio, donde nos encontramos con nosotros mismos, convirtiéndose en una terapia tan beneficiosa como necesaria para quienes lo practicamos.

      Gracias nuevamente y espero volver a “verte” en éste, tu rincón. Saludos.

      Paco.-

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