Lo que pienso mientras corro (XVII): Nuestra Señora del Carmen

Nuestra Señora del Carmen

“Madrecita María del Carmen, hoy te canto esta bella canción…”

Eran poco más de las siete de la mañana, el sol comenzaba a dejarse ver tímidamente reflejado sobre la superficie del mar y ésta, totalmente en calma, parecía contagiada por esa pereza o tranquilidad que caracteriza a un domingo cualquiera. Me quedé mirando al horizonte, contemplando ese amanecer y por un momento dudé entre comenzar a hacer lo que me había sacado de la cama o zambullirme en ese mar que parecía como esa tímida novia que espera, vergonzosa, el beso de su amado.

Por delante me esperaban ciento veinte minutos de carrera en solitario, un nuevo entrenamiento en el que seguir sumando kilómetros a las piernas, que poco a poco van aceptando sin rechistar el volumen de trabajo que le corresponden para el objetivo marcado de finales de septiembre. La luz del día cambió de tonalidad al pasar por el filtro de mis gafas de sol, la música de mi reproductor de MP3 comenzó a sonar y el cronómetro se puso en marcha: comenzaba.

Siempre, siempre, por muchos años que lleve corriendo, por muchos kilómetros que lleven mis piernas, siempre se hacen duros los primeros instantes en los que comienzo la carrera de un nuevo entrenamiento, es algo que nunca deja de suceder. Algunas veces comienzo con un pensamiento, con una idea rondando mi cabeza y otras, como sucedió este domingo pasado, comencé a correr con aquella imagen del sol y ese mar en calma, grabada en mi retina. Llegaron ellos…

La gente se agolpaba a los pies de la escalinata que permitía el acceso hasta una escueta pasarela, por la cual se llegaba hasta el interior del barco. Papelillos de colores adornaban el pesquero desde su mástil central hasta proa y popa, y dos modestas hileras de bombillas desnudas hacían inútil su luz, intentando ganar la batalla a unos rayos de sol que no permitirían ceder ni un ápice de su terreno, pero que terminarían sucumbiendo irremediablemente al inevitable ocaso. El fuerte olor a pescado, la mugre sobre unas tablas, que a pesar de haber sido fregadas no podían esconder sus días enteros en medio del mar, las voces de la muchedumbre y las primeras notas del himno nacional sonando desde tierra firme, justo al borde del mismo mar, se mezclaban a partes iguales. Sobre el pequeño camarote donde estaba los mandos de la vieja embarcación, un nombre pintado en letras granates, con trazos esmerados:

“Mi Mari Carmen y mis tres hijos”

El calor comenzaba a dejarse notar, a pesar de ser aún una hora temprana y la humedad del ambiente parecía pegarse a mi piel como un papel que impide transpirar al cuerpo. Puestos de churros esperando a sus primeros clientes, camiones de limpieza terminando su jornada de trabajo dominical, algún amo madrugador junto a su fiel can olisqueando una esquina y otra también, una pareja con muestras inequívocas en su rostro de una noche que se había alargado más de la cuenta en el tiempo y yo, invisible a todos esos ojos, continuaba con mi carrera.

Delante, asomándose sobra las cabezas del gentío que ocupaba la primera embarcación y abriendo la romería marítima, se le veía a ella, la pequeña figura de la patrona de las gentes del mar, que erguida por encima de todos, les indicaba el camino. El acompasado vaivén del barco, producido por unas olas que parecían seguir un ritmo constante, hacían balancearse a la pequeña Virgen de un lado y a otro, como si estuviese bailando, animada por el calor de todos cuantos la acompañaban. Detrás de “La Carmen de mi Vida”, seguían “Nuestra Señora del Carmen”, “Mi pequeña Carmen” y por último, cerrando la procesión, el pesquero desde donde observaba toda aquella escena, en la que vista, olfato y oído me tenían hipnotizado.

Correr en sentido contrario al tráfico, aparte de ser una medida de seguridad para todos los que lo hacemos, me permite observar a los conductores de los vehículos con los que me cruzo e imaginar, inventar historias, que giran en torno a unas caras que casi con toda seguridad jamás volveré a ver en mi vida. De uno de esos coches pude escuchar a la perfección la música que sonaba en su interior, justo al pasar a mi lado…

“… con ella te brindo mi cariño, y lo mismo que cuando era un niño…”

Giré mi cabeza hacia la parte de popa, desde donde venía el olor a gasoil del viejo motor que parecía borbotear como una cafetera. La espuma del mar se perdía dibujando caprichosas figuras y a los lejos podía contemplar las figuras de cientos de personas que saludaban, brazo en alto, sentadas sobre el murete del paseo. Las luces de farolas, terrazas y bares se habían encendido y el azul del cielo hacía rato que había perdido toda su viveza; era como si todo formase parte de la escena del cuadro más realista y yo, callado, saludaba sin saber porqué.

El fuerte olor a putrefacción proveniente de un gato o un perro, atropellado y perdido en algún lado de la cuneta, me hizo volver de mi estado de ensimismamiento y miré el reloj. Llevaba cerca de noventa minutos, por lo que aún quedaba media hora de “paseo”no os vayáis, ¿por dónde íbamos? – les dije.

– ¿Y tú solo?, ¿qué hacías tú solo subido en el barco?, para que te hubiera pasado algo. ¿En qué estabas pensando? – me regañó mi madre, en tono cariñoso.

– No sé, la gente se estaba subiendo y yo… – intenté buscar una explicación a un impulso que ciertamente carecía de ella y quedé callado – Muchas felicidades, mamá. ¿Nos vamos a dar una vuelta al paseo? – le pregunté dándole un fuerte abrazo y un beso.

– Pero si ya me has felicitado esta mañana, zalamerome apretó con fuerza – Vale, y si quieres podemos ir hasta la pescadería – dejó incompleta la frase.

– ¡¿Y comprar patatas fritas?! – me apresuré a decir, entusiasmado.

– Síiii, claro que sí – me dijo sonriendo.

Biennnnn, abuela, ¿te vienes? – pregunté al instante.

– No, no, yo me quedo aquí, pero luego tráeme patatas, que a mí también me gustan, granuja – me dijo, guiñándome un ojo.

Los últimos treinta minutos se hicieron pesados, por el cansancio, pero sobre todo por el calor de una mañana, cuyo día se notaba empeñado en regalarnos una auténtica jornada veraniega. Poco a poco fui parando mi ritmo de carrera y mis zancadas, que durante los últimos minutos se habían vuelto más rápidas, fueron bajando de intensidad… paré mi cronómetro, el entrenamiento había terminado. Sin embargo no me detuve, seguí caminando y me acerqué hasta el paseo, para volver a ver ese mar que dos horas antes me había dado los “buenos días”.

El sol ya estaba bastante arriba y los únicos barcos que se veían sobre el mar no formaban parte de ninguna procesión. La gente caminaba, corría, montaba en bicicleta, todos iban a los suyo y las sombrillas ya ocupaban casi toda la primera fila de la playa. Volví a verme subido en aquel viejo barco y de nuevo me vino a la cabeza aquella canción…

“Madrecita María del Carmen, hoy te canto esta bella canción. Con ella te brindo mi cariño, y lo mismo que cuando era un niño…”

Y en silencio volví a recordar el abrazo de aquella tarde de mediados de julio, como tantos y tantos abrazos cada día de la Virgen del Carmen siendo niño, y ahora no siendo ya tan niño, pero siempre sintiendo la misma ilusión y el mismo cariño que sus ojos nunca han dejado de regalarme y me regalan cada vez que me rodea con sus brazos:

Gracias, mamá y feliz día de Nuestra Señora del Carmen, felicidades.

Nuestra Señora del Carmen

Nuestra Señora del Carmen

Siempre aparecen ellos, los recuerdos, caprichosos compañeros en la soledad de kilómetros y kilómetros. Esta vez se colaron de la mano de la protectora de los pescadores, que mientras corría quiso acompañarme y regalarme las imágenes de años atrás… y una vez más volvieron a hacerme vivir momentos que siempre estarán dentro de mí. Si te ha gustado este post, compártelo. Muchas gracias.

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