Lo que pienso mientras corro (XVIII): Rendido a los pies

pies_(xviii)

Mis pies y todo mi cuerpo seguían durmiendo, mientras mi mente se ha despertado de súbito, ayudada por el sonido digital del despertador… “noventa minutos para empezar el día”… aún no había amanecido y por la humedad de mi piel era fácil presagiar que la mañana iba a ser calurosa. Después de una semana de desconexión de la rutina y de cambio de aires, volver a ponerse en marcha es algo que siempre cuesta. Mis pensamientos se centraban en el entrenamiento que iba a comenzar en breve, pero mis pies parecían encontrarse en otra parte, aletargados, ausentes, como sumidos en un profundo sueño

El horizonte, repetido a lo largo de trescientos sesenta grados, era una delgada línea con dos tonos de azul muy bien definidos; unidos pero no mezclados. Mis pies repetían alegremente sus zancadas, a un buen ritmo, a pesar de hacerlo sin moverme del sitio; me sentía como un roedor en su jaula, entretenido en hacer girar su pequeña rueda de manera incesante, como queriendo llegar lejos de allí, pero siendo en vano todo intento. El mar, inmenso, me rodeaba por todos lados, mientras intentaba robar al instante la unión de esos azules, tan puros, tan infinitos, tan lejanos y cercanos, al mismo tiempo.

Un dulce estado de ensoñación me ha hecho robarle treinta minutos a la consciencia y sin darme cuenta he permitido que las agujas del reloj se hayan alejado de la hora marcada para que mis pies comenzaran a moverse. Mi mente no se apartaba de los deberes que debía estar haciendo desde hacía un rato, pero mi pies seguían desconectados de mi cuerpo, como queriendo hacer caso omiso a las órdenes de una mente que empezaba a ver con preocupación cómo iban pasando los minutos…. “vamos, que se va hacer tarde”… la mañana, aunque temprana, comenzaba a despertar y mis pies, ajenos a ello, seguían soñando

El perfil irregular junto al puerto, se encontraba salpicado por cientos, por miles de viviendas, cuyas fachadas presentaban una paleta de colores desgastados, que no podían ocultar el paso del tiempo. Desde esa atalaya, apoyado sobre la barandilla, dirigía mi mirada de izquierda a derecha; de la parte apenas salpicada de edificios, pasando por el centro más abarrotado y vetusto, hasta la zona más moderna, con majestuosos edificios altos que no podían disimular su juventud. Sobre el suelo, mis pies miraban ese enjambre urbano, queriendo imaginar cómo sería correr por esas calles que cada año esperan ansiosas los repetidos milagros de San Jenaro.

Las ocho de la mañana se han asomado al quicio de la puerta, calladas, esperando que mi cuerpo por fin se pusiera en movimiento, pero lo único que se ha llevado ha sido una nueva vuelta sobre la cama y la preocupante duda de si al final la mente sería capaz de vencer al cuerpo o si mis pies conseguirían retener todo la maquinaria, gracias a ese sueño que seguía reproduciéndose en mis recuerdos

Bloques de piedra de grandes dimensiones para formar las calzadas de una ciudad próspera y moderna, con restos de decenas de tiendas dedicadas a los más diferentes comercios, casas decoradas con frescos policromados, esbeltas columnas soportando la cubrición de soportales que daban acceso a la plaza más concurrida de una urbe, donde no podía faltar su teatro, sus jardines y cómo no, los múltiples locales destinados a la diversión carnal, gracias al gran número de lupanares salpicados por toda la ciudad. Y tras ella, a escasos ocho kilómetros, él, majestuoso, aparentemente dormido, pero latente en su silencio, el mismo que la sepultó por completo bajo metros de lava, cenizas y barro, hace ya casi dos mil años. Y sí, mis pies se preguntaban cómo habría sido correr entre tanta belleza.

Por fin, mi mente ha vencido a mi cuerpo y mis pies, con legañas aún entre sus dedos, se han metido dentro de las zapatillas, sumisos y entregados a la obligación de un entrenamiento que debía estar casi más próximo a terminar y que sin embargo aún no había comenzado. El cielo había dejado olvidado ese azul que siempre da gusto mirar y el sol se mostraba tras un velo de calor que ya empezaba a hacer justicia, a pesar de lo temprano de la hora. Ahora sí, ya tocaba comenzar a correr y mis pies, sin ganas, se han empezado a mover, a pesar de seguir sumidos en su sueño

Era una mañana calurosa, también calurosa, una hora temprana (esa vez sí) y las calles, las gentes, todo a mi alrededor era diferente, nuevo, extraño, pero al mismo tiempo cercano y conocido. Olores familiares, imágenes comunes, el escaso ruido que acompaña el despertar de un nuevo sábado y el mar, a mi lado. Un mar que al mirar reconocí al instante, porque es en él, donde me he bañado desde que el día que nací y donde tantos sueños y recuerdos he sumergido en él. Ni mis pies, ni mi mente, sabían dónde iba, pero no importaba, corría, mirando todo a mi alrededor, o ¿es que acaso importaba mi ruta?, no claro que no importaba, para nada, porque en cada paso sentía la atracción de una ciudad siempre Eterna y que pese a quedarme a sus pies, no llegué a mirar a sus ojos.

Las nueve de la mañana han sido unas rápidas compañeras, a las que he adelantado cuando detrás ya había dejado casi siete kilómetros de distancia recorrida. El piloto automático ya estaba activado y el cansancio, la pereza y el esfuerzo de los primeros minutos ya habían sido pisoteados por unos pies que, a pesar de haber costado despertar, ya respondían a la perfección, manteniendo su vista puesta al frente y, cómo no, sin dejar de soñar

Estar a sus pies, con esa base medio enterrada y erguiéndose inclinada, desafiando las leyes de la física, fue como tocar con la mano uno de los deseos tantos años guardado, desde aquellos días en los que el acné juvenil dejaba símbolos incuestionables de una pubertad incipiente. El verde césped de su alrededor no hacía sino realzar aún más su belleza, su blanca belleza, rompiendo la armonía de todo el conjunto de la Plaza del Duomo, que no se podría entender si su particular campanario, que hace ser aún más bello todo ese complejo arquitectónico. Y cerca de allí, demasiado cerca de allí, la cuna del arte, la ciudad donde se encuentra la máxima expresión de la sensibilidad hecha realidad y que pese a su proximidad tampoco pude mirar a sus ojos.

Notaba el peso de mi camiseta, empapada por el sudor de mi cuerpo y de mi frente caían continuas gotas de sudor, que no han dejado de hacerlo hasta buen rato terminado mi entrenamiento. Sí, ha sido una de esas veces en las que atarse las zapatillas tiene un valor mucho mayor que el de los kilómetros que puedas llegar a hacer y es que hay ocasiones en las que cuesta mucho ponerse en marcha y máxime cuando en tu mente siguen nítidas las imágenes de unos lugares que han quedado en tu recuerdo para siempre y que te hacen aún más cuesta arriba la vuelta a la rutina del día a día, la vuelta a la realidad.

Una realidad que será como quieras que sea y que podrá mezclar recuerdos con sueños, deseos con realidades y ayeres con mañanas, encontrando en el equilibrio de todo ello la manera perfecta de dirigir tu mirada allá donde desees. Una mirada que no debe marchitarse de recuerdos pasados, ni asfixiar sus días en busca de sueños que alcanzar, porque es en nuestro presente donde tenemos todos a nuestros pies.

pies_(xviii)

Rendido a los pies

En esta ocasión la compañía de mis recuerdos ha estado marcada inevitablemente por la reciente visita a nuevos lugares, lugares que han pasado a formar parte de mi memoria, y que permanecerán para siempre unidos a mi pasión de correr y que gracias a ella he percibido de manera diferente… una manera puesta a mis pies. Si te ha gustado este post, compártelo. Muchas gracias.

¡Comparte!

2 comentarios a Lo que pienso mientras corro (XVIII): Rendido a los pies

  • david  dice:

    Gran Relato. Muy bonito.

    • Paco Molina  dice:

      ¡Hola, David! Muchas gracias por visitar este rincón, tu rincón, y por dejarme tu comentario, muy amable.

      Saludos y espero volver a “verte” por aquí cada vez que lo desees.

      Paco.-

Deja una respuesta