Lo que pienso mientras corro (XX): Magia

Magia

El despertador sonó, no por arte de magia, sino porque mi voluntad así lo había querido la noche anterior, cuando le programé la noctámbula hora a la que debía sacarme de mi estado de ensoñación. Una nueva mañana, una nueva salida y unos nuevos sesenta minutos para perderme en la noche, corriendo, buscando en la madrugada esa magia que encierra su silencio.

Una magia que descubres con el tiempo, al conseguir de la noche una confianza que jamás has imaginado. Sí, sacar un conejo de una chistera sólo puede ser una cuestión de magia, al igual que eso de escoger a una persona de las que asisten como público a un mágico espectáculo y partirla en tres pedazos, hacer aparecer una paloma de un pañuelo o convertir una varita en un precioso ramo de flores, todo eso son números de un amplio repertorio de magia que un mago, más o menos diestro, desplegará ante las atentas e incrédulas miradas de sus espectadores.

Cierto, todo eso forma parte del mundo de la magia, un mundo irreal que a pesar de ello coquetea y se mezcla con la realidad, haciendo creer que no existe frontera entre ambos y donde el paso de uno a otro, como si formaran parte del mismo, se produce con la misma naturalidad con la que cruzamos de un lado a otro de la calle.

Sin embargo es ella, la noche, la que en su confianza me ha ido hablando de esa otra magia que existe mucho más allá de la que podemos presenciar como parte de un repertorio de ilusionistas, hechiceros, brujos o como queramos denominar a esos profesionales de la magia. Es esa otra magia que nos rodea cada día, esa que se mezcla y vive entre nosotros, aderezando y poniendo el sabor a nuestra vida, pero que celosa de sí misma no se deja ver o simplemente seamos nosotros, tan torpes, los que somos incapaces de poderla ver.

Tocaban cambios de ritmo y de manera alterna subía y bajaba las revoluciones de mi corazón, la velocidad de mis piernas y la intensidad de mi respiración, pasando casi del reposo a un estado de fatiga o de asfixia. Tres minutos suaves, tres minutos fuertes, con la regularidad y la cadencia que marcaban los dígitos de mi cronómetro, que activaban el interruptor de “on/off”, haciendo que mi cuerpo se pusiese automáticamente en el modo correspondiente… aguanta los tres minutos, ahora toca recuperar aliento… ¿en qué magia pensaba?

Tal vez en esa magia que se esconde tras una montaña, guardiana del amanecer, la magia que siempre tiene el horizonte, insolente y presumido coleccionista de ocasos, la magia de las gotas de lluvia, desafiantes pasajeras en nubes que se burlan de la gravedad y nos miran desde lo alto, la magia de unos rayos de sol, que imparables ponen luz y calor en todo aquello sobre lo que se posan. Magias muy bucólicas, propias de un nostálico caduco y trasnochado.

O tal vez pensaba en esa magia que hay en la sonrisa de quien te da unos “buenos días” sólo con su mirada, la magia de un beso que no entiende de motivos y espontáneo sale de unos labios tímidos y celosos de palabras, la magia del olor de una piel que a tu lado hueles cada mañana al despertar y que darías todo cuanto fuera por conservar en un frasco de cristal, la magia de una caricia que llega mucho más allá de la piel que toca y de la mano que ase. Magias reales, propias de corazones románticos que alimentan su alma a base de sentimientos.

Sí, quizá pensaba en alguna de esas magias o tal vez lo hacía en todas, no lo recuerdo, hasta es probable que no lo hiciese en ninguna, pero no importó en ese momento en el que de nuevo habían pasado los siguientes tres minutos y otra vez me tocaba comenzar a correr tanto cuanto pudiera, casi todo cuanto pudiera. Y de nuevo, vuelta a la calma, y como esas hojas caídas del suelo con las que deja de jugar el viento cuando se cansa, mis pensamientos volvieron a posarse como parte de la magia de la noche.

Y me vino de su mano, me la trajo a ella, la magia de una vida que nos pone aquí sin saber por qué, que nos hace respirar, sentir, reír y llorar, que nos da de comer, nos hace crecer, aprender y errar, que nos ve abrazarnos, pelearnos, juntarnos y separarnos, y tan pronto entramos, como salimos, aunque algunos ni tan siquiera lleguemos a pasar y otros simplemente nunca piensen hasta dónde se puede llegar.

Aquí no hay trucos escondidos detrás de cortinas aterciopeladas, ni ases guardados en la manga de un traje que disimula un puñado de lamparones, las luces no necesitan disfrazar el ambiente y la función no tiene cartel, ni horario que valga. No, no hay nada de eso, porque la magia que aquí se esconde no forma parte de un mundo de fantasía, esta magia es la que nos permite abrir nuestros ojos cada día y nos arrulla cuando el cansancio nos vence, y entre tanto nos deja disfrutar de ella, de la vida.

Mis pulsaciones seguían subiendo y bajando como si estuviesen montadas en el cochecito de una montaña rusa y mis pensamientos iban y venían, iban y venían, mientras los minutos pasaban y los kilómetros aumentaban. La madrugada seguía fértil de magia y aquella confianza ganada a la noche con el paso del tiempo me hacía disfrutar de ella, sin saber muy bien por qué. Me sentía atrevido, tal vez por la seguridad que concede el sentirse cómodo en soledad, mientras corres, o tal vez por la euforia que me concedían las endorfinas de un entrenamiento que llegaba a su fin. En cualquier caso me dejé llevar por el momento y pensando en ella, le susurré…

Magia, no permitas que mis ojos dejen de mirar con el filtro que tú les concedes y sigue enseñándome que todo cuanto rodea esta vida está llena de ti, tocada por ti, porque sólo así será mágico lo cotidiano, lo desconocido y nunca estará falto de magia lo vivido.

Mi cuerpo se paró, el entrenamiento había concluido, pero la magia seguía a mi lado, rodeando todo a mi alrededor; giré en redondo y en silencio me dije:

Es magia, simplemente magia… tu magia, es mi magia…

Buenos días, vida.

Magia

Magia

¿Crees que hay magia capaz de vestir el día a día, magia que simplemente nos rodea y nos acompaña o nada de eso va más allá de unos pensamientos que se dejan asomar aprovechando la soledad y los kilómetros que recorremos como parte de un camino que no conduce a ninguna parte… o sí? Si te ha gustado este escrito, compártelo. Muchas gracias.

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