Lo que pienso mientras corro (XXI): Entre la niebla

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Al salir a la calle pude contemplar la espesa niebla que lo envolvía todo… casi acaba de estrenarse una nueva mañana de sábado, del primer sábado de un mes de diciembre, que como siempre terminará cediendo el protagonismo a una docena de uvas con las que diremos adiós a este año y recibiremos con la habitual alegría, no exenta de incertidumbre, a un nuevo año, en el que pondremos ilusiones y deseos que todos esperaremos ver cumplidos.

Fue precisamente esa niebla la que me hizo pensar en los sentimientos que se entremezclan en esos venideros días festivos, junto con el comentario de una amable vecina que al pasar a mi lado, mientras calentaba mis articulaciones para afrontar los siguientes sesenta minutos de carrera intensa, me dijo con una naturalidad cercana a la convicción:

“Parece que ya estamos en Navidad y con esta niebla es como si fuese a empezar a nevar de un momento a otro”

La temperatura era fresca, casi fría, pero de ahí a que pudiera albergar la posibilidad de recibir alguna precipitación en forma de nieve era algo que quedaba bastante lejano, aún así, no pude evitar esbozar una amplia sonrisa y de manera autómata me preparé para comenzar mi entrenamiento. En mi mano llevaba apuntado los intervalos con los tiempos y los ritmos que debía ir llevando en cada momento y al apretar mi cronómetro comencé a dar zancadas y mi cabeza, de manera autómata, inició su particular rutina.

Los primeros minutos fueron como siempre, siempre, de adaptación física y antes de poder alcanzar el equilibrio entre mi respiración y mis pulsaciones, me perdí entre esa niebla que me había dado los “buenos días” nada más salir a la calle. Era densa y la visibilidad apenas llegaba más allá de unas decenas de metros, por lo que correr entre ella era lo más parecido a estar haciéndolo perdido en el tiempo, como si detrás de su vaporosa cortina de incertidumbre se pudiese encontrar la realidad más insospechada.

Los tejados, tan acostumbrados a ver mi despertar cada mañana, se sentían extraños al notar sobre sí la lluvia en una forma como la presentaba aquella mañana, en la que se mostraban cubiertos por una capa de nieve que salpicada de blanco el habitual tono marrón de sus viejas tejas, oxidadas por el paso de los años. En la calle, todos los coches parecían vestidos con una gruesa túnica blanca y el frío de la mañana se coló de golpe a través de la ventana… “muchacho, cierra la ventana, que hace mucho frío, ¿has visto la nieve?”… era febrero y en mi callada realidad imaginé que desde el cielo un desaparecido rey mago me concedía un deseo.

Pero no nevaba, claro que no, ni lo iba a hacer, pensé, sintiendo como se iba humedeciendo mi pelo, por el efecto de una niebla a ras de suelo que me había obligado a poner mis gafas de sol sobre mi cabeza, al mojar sus cristales por el efecto de las pequeñas gotas del vapor de agua que calaba todo a su alrededor. Un alrededor que parecía más callado y silencioso que de costumbre, confiriendo al ambiente un halo de misterio y una extraña sensación de cálido recogimiento, que contrastaba con la baja temperatura de la mañana.

Piel contra piel, el olor a vida casi recién nacida y el frío intentando encontrar cobijo en un pequeño gorro de lana color rosa, bajo el que se veía la inmensidad de unos ojos que parecían comerse el objetivo de una cámara que dejó recogidas dos miradas, mientras un continuo manto de nieve adornaba todo el paisaje. La humedad se subía por los pies y en mi corazón latía una única ilusión, bautizada con el agua de un mar en el que nunca dejaré de bañarme… era enero y en mi callada realidad recordé la nieve sobre aquellos tejados, frente a la ventana de mi habitación.

Se acaba de cumplir el primer cuarto de hora de entrenamiento y desde hacía unos cinco minutos había subido el ritmo de mis zancadas, así como las pulsaciones de un corazón que parecía distraído, contagiado por la espesura de una niebla que no tenía intención de querer marcharse y al que le costaba acelerar sus latidos. Mis piernas seguían su camino, sin importar la falta de visibilidad, y mis pensamientos iban y venían, tan caprichosos como siempre, contagiados sin duda por el ambiente de una mañana con olor a invierno.

Mis recuerdos, lejos de ordenarse, saltaron por los aires al encontrarme de súbito con otro corredor, que con sus brazos en alto y en clara señal de júbilo me saludaba. Su abrigada indumentaria, cubriendo incluso parte de su rostro y mi habitual ensimismamiento no fue inconveniente para reconocer casi de inmediato a un amigo, al que tuve la suerte de conocer meses atrás gracias a este santo deporte y con el que sientes que tienes muchas más cosas en común que las que giran en torno a unas zapatillas. Su nombre: Sito.

Su compañía, durante algo más de dos kilómetros, fue todo un lujo y pese a lo breve, entrecortada y fatigada de la conversación, pude empaparme de unos sentimientos que reconocí tan familiares, como propios. Unas rápidas palabras de despedida y el agradecimiento por haber compartido unos minutos de carrera… de carrera y de recuerdos que se asomaron para hacerme compañía, de nuevo en solitario.

El silencio, inevitable, giraba en torno a la mesa y paciente esperó su momento, dejando mudas las gargantas de quienes estábamos sentados, echando de menos la presencia de una silla que había quedado vacía, para siempre, meses atrás… ese mismo silencio que muchos años después volvió a sentarse a la mesa, en esta ocasión para recibir con gozo la noticia de un puñado de palabras, que escritas en un papel hablaban de un ángel que estaba en camino… era diciembre, era Nochebuena, y en mi callada realidad comparé cuán distinto puede llegar a ser el sabor del silencio.

La niebla parecía decidida a quedarse toda la mañana, pero mi tiempo de entrenamiento llegaba a su fin y mis quehaceres sabatinos me esperaban. Mis zancadas me llevaban a la calma y mis pensamientos parecían ir desapareciendo, como esa niebla que al final se vence a la mañana y callada, tal y como llegó, se retira poco a poco para ir dejando paso al azul de un cielo que lleva horas esperando mostrarse como es. A pesar de la hora transcurrida, la temperatura seguía siendo fresca y la niebla, lejos de haber retrocedido, continuaba aún con sus pies en el suelo.

Respiré hondo y antes de escaparme de los brazos de aquella niebla me pregunté cuántos recuerdos habrían quedado escondidos en ella, cuántas imágenes seguirían ocultas, esperando su momento para dejarse ver… pero eso ya será en otra ocasión, pensé, será otro día en el que la niebla volverá a ser la protagonista de una nueva mañana… al llegar me esperaba un mensaje con una imagen de fondo, esa que sirve para acompañar a estas líneas (gracias, Sito). Una imagen tomada… entre la niebla.

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Entre la niebla

Muchas son las veces en las que nos vemos sumergidos en medio de la niebla, tantas como en las que quedamos sorprendidos por su presencia, sin darnos cuenta que ocultos en ella podemos encontrarnos con muchos pensamientos, muchos recuerdos, que aprovechan la falta de visibilidad para acercarse hasta nosotros con la certeza de no ser descubiertos… o sí, tal y como a mí me sucedió, cómo no, mientras corría. Si te ha gustado este escrito, compártelo. Muchas gracias.

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