Lo que pienso mientras corro (XXII): Granada

Granada

Granada, tierra soñada por mí

mi cantar se vuelve gitano cuando es para ti,

mi cantar hecho de fantasía

mi cantar flor de melancolía

Pasaban diez minutos de las siete y media de la mañana, la temperatura era próxima a los cero grados y las calles seguían dormidas, bajo la oscuridad de un cielo que empezaba a desperezarse por la parte más oriental de la ciudad, pasando de un tono azul intenso, casi negro, a ese otro azul con ciertos deseos de tornarse naranja, como si se estuviese enamorando de una luz que lo empezaba a llamar.

Pantalón corto, camiseta térmica, guantes, gorro y una braga para proteger el cuello del frío intenso de la mañana. Por delante una hora y media de entrenamiento a un ritmo alto y mis piernas perdidas, pero no ajenas, a una ciudad frecuentada en varias ocasiones y que a pesar del tiempo transcurrido se mostraba cercana, familiar, como si no hubiese pasado el tiempo por ella, como si no hubiese pasado el tiempo por mí.

Por primera vez me ponía unas zapatillas en esa hermosa ciudad y me disponía a correr por ella, por sus calles, por esas mismas calles en las que, como un turista más, como un enamorado más, había paseado otras veces, contemplando y admirando su belleza, dejándome contagiar por su embrujo, su magia, su misterio, su historia… una historia escrita con sangre de conquista y reconquista, de culturas diversas, con mezcla de razas, religiones y costumbres.

Mis pasos se dirigieron hasta el cauce del Río Genil y por su margen, a un lado y a otro, me fui dejando llevar por el sonido que me regalaba el murmullo de su agua. Las luces artificiales empezaban a dejar de tener sentido y la leve claridad del amanecer les echaba un pulso, sabedora de tener ganada la partida. Granada iba quedando a mi espalda, me alejaba de ella y sin darme cuenta quedé contagiado por la serenidad y la paz que me regalaba un camino de tierra, corriendo entre árboles desnudos de hojas, muchas de ellas posadas sobre el suelo que pisaba, formando un manto espartano de colores marrones casi negros, con algunos tintes verdes de aquellas que se habían negado a morir antes de su caída.

Amanecía, despacio, muy despacio, de manera inversamente proporcional al ritmo que llevaban mis piernas, que en cada kilómetro parecían ir más rápido, como pretendiendo llegar quién sabía dónde o tal vez, pretendiendo escapar quién sabía de qué. Yo desde luego desconocía tanto una cosa como la otra, pero corría, siguiendo ese camino que subía y bajaba, serpenteaba y que parecía querer jugar conmigo a dejarse atrapar, pero que sin embargo me engañaba en cada pequeña curva y me hacía seguir más y más allá.

El camino desembocó de repente ante un campo de fútbol, que apareció de la nada, provocándome la sensación más parecida a recibir un bofetón, haciéndome despertar de ese estado de ensoñación en el que momentáneamente me encontraba, perdido entre sonidos, olores e imágenes que saboreaba como parte de un menú cocinado con esmero. Mis ojos miraron a mi alrededor, pero no supieron ver dónde continuaba dibujado aquel camino que me había llevado hasta allí y tomé la única alternativa que quedaba: volver tras mis pasos, deshaciendo el camino y volver a ver desde una perspectiva opuesta los mismos paisajes que ya formaban parte de mi memoria.

De nuevo quedé atrapado en mis propias zancadas, que de forma marcial seguían haciendo su trabajo y mis pensamientos, contrarios a su habitual comportamiento, permanecían inmóviles, asomados a la realidad del momento, empapándose de todo aquello que veían y que algún día volverán a hacerme revivir esos instantes en un tiempo que aún hoy soy incapaz de presagiar, pero que con total seguridad se producirá mientras vuelva a esa rutina que acompañan a tantos y tantos kilómetros.

Granada volvía a acercarse, de nuevo llegaba a ella y sentí la caricia de una mano, justo antes de soltar la mía, para dejarme a las puertas de la ciudad que aún seguía desperezándose en su lecho, como esa amante cansada, que no satisfecha, de la noche pasada y que con los ojos entreabiertos te da los “buenos días” y te invita a seguir haciéndole el amor una y otra vez, una y otra vez… me perdí por los alrededores de su Catedral, me busqué entre sus callejuelas de la Alcaicería y cómo no, en la misma Carrera del Darro me arrodillé a los piés de la Torre de la Vela, que un amanecer más se erguía orgullosa de mostrar al Mundo una de las maravillas que un día hizo el hombre. Sí, era ella: la Alhambra.

A mi espalda sonaron los acordes flamencos de una guitarra que se escapaban de una taberna, que aún sin abrir sus puertas me regalaba esa música a través de una pequeña ventana. Me detuve un instante, miré hacia esa ventana, intentando ver dibujadas en el aire aquellas notas musicales y a continuación volví a mirar hacia lo alto: “Qué distinta suena una guitarra en Granada… qué magia se esconde en cada uno de sus rincones, pensé. Cerré los ojos y por un momento me vi convertido en piedra, en unas de esas piedras del Mirador de San Nicolás, para poder dormirme cada día al arrullo del sonido de una guitarra española, mientras mis ojos se entornasen guardando en su retina la misma imagen con la que volver a despertar día tras día.

Entonces lo entendí, recordé aquel poema y después de tantos años lo entendí… entendí a la perfección el poema de Francisco de Icaza:

Dale limosna, mujer,

que no hay en la vida nada,

como la pena de ser

ciego en Granada

Y sin saber cómo, desperté, me encontraba de nuevo en la puerta del hotel desde el que había salido a correr una hora y media antes, había llegado al punto de partida y aunque todo parecía haber sido un sueño lo supe. Supe que no lo había soñado y que una parte de mí se había quedado perdida para siempre entre tanta calma y belleza y convencido de ello me prometí algo que nunca dejaré de hacer: Volver a Granada una y otra vez.

El día comenzaba, el sábado comenzaba y en mi corazón quedaba la marca de un entrenamiento o más bien, de un enamoramiento

Granada

Granada

En ocasiones unas zapatillas pueden convertirse en el mejor vehículo para hacerte contemplar los más bonitos paisajes y regalarte instantes que jamás olvidarás, todo por el simple de hecho de correr, sin más… claro que no siempre se tiene la posibilidad de hacerlo como si estuvieras en un rincón del Edén. Granada me brindó esa oportunidad y yo, yo simplemente me agarré a ella. Si has corrido por esta hermosa ciudad coincidirás conmigo y sino los has hecho te lo recomiendo encarecidamente. Si te ha gustado este escrito, compártelo. Muchas gracias.

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2 comentarios a Lo que pienso mientras corro (XXII): Granada

  • Alejandro  dice:

    Muy muy bueno! Si señor!

    • Paco Molina  dice:

      ¡Hola, Alejandro! Muchas gracias por tu comentario y, como siempre digo, gracias por asomarse por este rincón… ¿qué decir de Granada? Nada, porque ya se dice todo al nombrarla.

      Saludos y espero volver a verte por aquí, que es tu casa.

      Paco.-

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