Lo que pienso mientras corro (XXIII): Un mundo perfecto

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El día amaneció perfecto, climatológicamente perfecto. Por delante había todo un sábado… y como cualquier sábado até mis zapatillas y me eché a la calle. Mi cronómetro, mis gafas de sol, mi reproductor de MP3 y sesenta minutos esperándome para perderme en esa soledad que da correr y que a mí tanto me gusta. Sin duda, la paleta de colores presagiaba que de ahí podía salir un cuadro perfecto, lástima que en ese lienzo imaginario fallase el principal protagonista y correr sencillamente se iba a convertir en andar.

El frío característico de las mañanas de primavera, junto con la fragancia que perfuma y embriaga los carriles de huerta, eran otros dos componentes más para ese idílico momento, para ese momento casi perfecto. Mis piernas y mi mente, huérfanas ya treinta y cinco días de esa comunión que se produce entre ambas cuando corro, se sentían extrañas, distantes entre sí y torpes, parecidas a las de aquel novato que un día fui. Sin embargo, todo estaba preparado: la música comenzó a sonar y mis piernas a andarcaminaba.

No era necesario saber qué pulsaciones llevaba mi corazón, como tampoco importaba el ritmo que podrían mantener mis piernas y por supuesto los kilómetros era una variable totalmente innecesaria en esa mañana. Todo eso quedó guardado en el cajón el día que comprendí que debía parar de correr y escuchar a mi cuerpo, cuyas muestras de cansancio habían quedado materializadas en forma de lesión. Sí, a pesar de la mañana, para mí no era un día perfecto, como tampoco lo vienen siendo todos los que se suceden desde entonces. En mi interior no podía ocultar mi tristeza, mi rabia, mi nostalgia, mi melancolía por correr y fue entonces cuando comenzó a sonar la canción “Perfect world” (Mundo perfecto). Mi mente pareció despertar de ese letargo en el que quedó relegada por la ausencia de zancadas… ella también se movía.

¿Qué necesitamos para tener un mundo perfecto?, ¿acaso no hay motivos más que suficientes para poder creer que vivimos en un mundo perfecto?, pero ¿qué es un mundo perfecto?, ¿existe realmente ese mundo perfecto?… un aluvión de preguntas colapsaron mi mente. Para mí, obligado por una lesión a estar sin correr, ese mundo parece que dejó hace tiempo de ser perfectopobre estúpido, solemne tontería, ¿no os parece? Condicionar con nuestra percepción el concepto de perfecto no sólo a un momento o a un día, sino a nuestra vida es algo que puede resultar inevitable para nuestra mente, pero que sin duda es algo completamente equivocado.

El mundo se creó perfecto, armónicamente perfecto y todo cuanto a él lo rodea sólo puede serlo de esa manera. Y dentro de ese mundo existen miles, millones de mundos, que no son otros que aquellos que habitan dentro de cada uno de nosotros. Mundos entrelazados, algunos más o menos parecidos, otros antagónicamente opuestos, que nos unen y nos separan, pero que al final forman parte de todo ese mundo en el que vivimos. Un mundo para cada uno y que según cómo lo pintemos así será el color y la luz que dará a nuestra vida y a la de todos aquellos que nos rodean.

De repente, un trozo de papel me sacó de esos delirios filosóficos. Era una cuartilla de papel pegada en una señal de tráfico, que mostraba una foto en blanco y negro de un perro perdido. Junto a ella, una descripción del animal, su nombre y un número de teléfono… no pude evitarlo, pensé que para esa persona que buscaba su mascota seguro que el mundo había dejado de ser menos perfecto de lo que lo era antes de esa pérdida. Sí, de nuevo volvió a rondar el concepto, mientras mis piernas seguían caminando y mis ojos no dejaban de mirar a mi alrededor.

Observaba el azul del cielo, el perfil de las montañas en cuya falda se apiñan cientos de viviendas, el verde de limoneros cuajados de azahar, la tierra seca cubierta de flores silvestres, la moreras con sus hojas a medio crecer, alguna palmera solitaria entre arbustos crecidos a sus pies… ¿acaso no era todo eso perfecto? Mis lamentos quedaron olvidados, ese caminar me hacía sentir feliz y el momento parecía volverse sencillamente perfecto. Tenía ganas de empezar a correr, de sentir cómo la brisa que me daba en la cara se podía volver un poco más intensa y de nuevo tener esa sensación de fatiga y sudar, sin embargo, caminaba, sólo caminaba, aunque bien es cierto que lo hacía como si corriera, pero sólo casi…

Un matrimonio cogido de sus manos pasaron junto a mí: ellos venían, yo iba. Debían rondar la decena de los setenta y callados miraban cada uno para un lado… dos mundos cogidos, unidos, pero tal vez con diferentes maneras de ver precisamente ese mundo. Jugué a imaginar que podría rondar por sus cabezas, qué sería lo que habría dentro de ellos y antes de haberlo conseguido comprendí con toda seguridad que lo perfecto de aquella pareja mayor era sencillamente el ir cogidos de sus manos, el estar uno al lado del otro, como probablemente llevaban haciendo desde hacía muchos años… al menos así lo imaginé en otro mundo que se cruzó con ellos: el mío, mi mundo.

Minutos después pasó por mi lado un señor de mediana edad, llevando en su mano una radio con el volumen claramente audible por todo aquel con el que se cruzaba. Me pareció escuchar que daban noticias en una emisora que no llegué a reconocer cuál era y me vi, como cada mañana al despertar, haciendo lo mismo que ese fugaz compañero de caminata: escuchar la radio. Costumbre de un tiempo que ni recuerdo, alimentada por la necesidad de saber qué sucede en el mundo que me rodea, que nos rodea. Un mundo de intereses, de eternos conflictos, de ansias de poder de personajes vergonzosos, de injusticias sociales, de historias increíbles que ni tan siquiera son conocidas, del uso que se hacen de las religiones para engañar y amamantar la ignorancia de pueblos ávidos por creer, de vanidosos adinerados que hacen gala de sus miserias sin pudor ninguno…

¿Acaso todo eso podría considerarse dentro de un mundo perfecto? Desgraciadamente sí, es eso precisamente lo que da sentido y, a pesar de no ser entendido, lo que permite explicar que en su conjunto todo forma parte de un mundo perfecto. Un mundo donde el mal ayuda a diferenciar lo bueno de lo malo y donde lo gris y lo más negro de nuestra condición humana sirve para apreciar todos los colores del arcoíris de la vida. Un mundo de solidaridad por ayudar a los necesitados, de valores como la amistad, de sentimientos que atan mucho más que cualquier cadena, de miradas que se cruzan mientras se habla, de sonrisas que alimentan el alma, de manos tendidas solamente para ser cogidas, de palabras que ayudan a quien las escucha… mundos diferentes, paralelos, mezclados en uno sólo, en un mundo ¿perfecto?

Mi tiempo se acababa, de nuevo llegaba al punto de partida y en mi mente ese mundo perfecto seguía girando, buscando responder la curiosidad despertada esa mañana en la que mis piernas caminaban, sólo caminaban. La mañana se había vuelto un poco menos fresca, el azul del cielo seguía intacto y todo lo que mis ojos habían contemplado seguía estando ahí, en el mismo lugar, para volver a ser contemplado. Me detuve un instante y miré a mi alrededor, como una costumbre, y antes de volver a entrar en casa pensé que ese mundo perfecto tal vez sea sólo un instante, un segundo, una sensación efímera, una emoción duradera o quién sabe si una quimera tantas veces deseada, pero supe que sea lo que fuere está en nuestro interior y sólo nosotros haremos que ese mundo palpite o muera cada día antes de despertar.

(xxiii)

Un mundo perfecto

Esta vez no corrí, tan sólo anduve, pero mis pensamientos acudieron a su cita y fueron la mejor compañía a sesenta minutos de soledad, de buscada y ansiada soledad. Cuántas veces nos perdemos en pensamientos que no llegan a tener respuesta, pero es precisamente en esa respuesta no hallada donde se encuentra la explicación de todos ellos. Esta vez ha sido un mundo perfecto, ¿qué será la próxima vez? Espero que te haya gustado este post, si es así y crees que conoces a alguien que puede gustarle, compártelo. Muchas gracias.

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