Me da la vida… correr, me da la vida

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Qué bonita la vida,

que te mece con arte…

Esta semana he elegido el título y un par de estrofas de la canción del madrileño Dani Martín, para escribir sobre la importancia de buscar y encontrar elementos que nos ayuden a amar y/o hacer más hermosa, más atractiva, esta vida en la que nos hallamos. Una verdad de Perogrullo, tan necesaria como evidente, pero que en ocasiones parece que olvidamos o nos cuesta ver.

Vaya por delante, antes de nada y aunque carezca de importancia, que el mencionado cantante no es santo de mi devoción, pero ello no es óbice para que aplauda esa frase que nos hace reflexionar sobre lo bonita que es esta vida que vivimos o al menos, lo bonita que debería ser, aunque a veces parezca empeñada en ponernos la cosas un pelín complicadas o, digamos, menos fáciles de lo que nos gustaría. Para ello, nada como rodearnos, en nuestro día a día de esas pequeñas o grandes cosas que nos alimenten, nos den vida, nos llenen.

Hace unos días, escribí la siguiente frase:

Me da la VIDA… CORRER

De la misma manera podía haber escrito: Me da la VIDA… pasear, nadar, pintar, esquiar, escribir, cocinar o cualquier otra cosa que haga latir nuestro corazón de manera acelerada, que nos emocione, en resumen, que nos haga sentir vivos. Es precisamente esa sensación, la de sentirme vivo, la que he perdido, la que llego casi cinco meses echando en falta, la que me hace sentir huérfano.

Sí, hoy voy a tomarme la licencia de ponerme un poco llorón y compartir con vosotros la incertidumbre en la que me encuentro sumido. Cuando caí lesionado, allá por el mes de octubre, creía enfrentarme a una lesión más de las muchas sufridas a lo largo de los más de tres lustros que llevo corriendo, sin embargo, no fue así y no ha sido hasta ahora, tras el paso estos meses, cuando he comprendido el alcance de la lesión en toda su magnitud.

¿Y qué lesión es esa, exactamente?, os estaréis preguntando. Os explico: una osteocondritis de tobillo, con edema óseo, dicho de manera médica o dicho de manera mundana, para hacerme entender por los profanos como yo, un desprendimiento de cartílago en el tobillo, concretamente en el hueso astrágalo, con derrame incluido. Para hacer frente a ella, reposo, ningún ejercicio de impacto y sesiones repetidas de fisioterapia a base de magneto para ayudar a drenar ese edema y mejorar el cartílago, acompañado de un tratamiento a base de ingesta de colágeno y grandes dotes de paciencia.

Y así procedí: sustitución de mis salidas a correr por salidas a caminar, visita diaria al fisioterapeuta, colágeno como acompañamiento en el desayuno, todo eso alternado con sesiones de nado, un poco de elíptica y aplicación de hielo local y gel, cada noche. El paso del tiempo me empujaba a dar zancadas mientras salía a caminar, pero la prudencia me lo impedía. Fue entonces cuando decidí convertir mi salida dominical en una tempranera caminata por el monte, para evitar la menor pérdida de tono muscular y encontrarme cara a cara con la naturaleza, cambiando el asfalto, el lesivo asfalto, por la tierra y las piedras del camino.

Siguieron pasando las semanas, la magnetoterapia dejó paso a sesiones de diatermia, para ayudar a la vascularización de la articulación, buscando así una mejora de la zona. Las caminatas comenzaron a combinarse con intervalos de trote suave, la sensación de volver a correr, ahogada, controlada y con una pérdida de forma más que evidente, comenzaron a ilusionarme hasta que la evidencia clínica del diagnóstico real salió al paso y me puso en mi sitio: el cartílago dañado no se regenera y todo el tratamiento únicamente mejora esas molestias, pero no las cura por completo.

“Puedes seguir corriendo, pero poco, con sesiones leves, pero lo mejor es pensar en otro deporte… la bici es muy buena, como sustitutivo”.

Palabras que cayeron como una losa en mi conciencia. Se habría un camino con dos direcciones: olvidarme de correr o bucear en qué otras opciones podrían existir, capaces de devolverme la posibilidad de volver a hacer lo que me da la vida, de volver a correr.

Han transcurrido tres semanas, salgo a caminar y corro de manera alterna, las molestias están ahí, pero no me imposibilitan, sin embargo…

no puedo vaciarme, no consigo entregarme al deporte que siento y necesito. Sudo, pero no me empapo, me canso, pero no quedo exhausto, corro, pero no me siento corredor. Mi mente y mi cuerpo echan de menos aquello que llevan tanto tiempo sintiendo.

La paciencia sigue presente, pero también ha hecho presencia el inconformismo y he buscado alternativas que me hagan albergar un futuro que siga cargado de kilómetros

infiltración de ácido hialurónico, infiltración de plasma, intervención quirúrgica.

El camino continúa y mi próxima parada es la infiltración de ácido, sin embargo, los resultados de esos tratamientos en una articulación de espacio tan reducido, como la que tengo dañada, no garantizan el éxito de ninguno de ellos. Sé que va a ser un parche a medio plazo, una posibilidad de mejora transitoria, que mucho me temo desembocará en la subida de un peldaño más en esa escalera cuyo rellano parece inalcanzable.

Para todo eso estoy en las mejores manos, en las del Dr. Fulgencio Molina, traumatólogo deportivo con larga experiencia y al que admiro, miembro del equipo médico de Ripoll y De Prado y cuya relación con su apellido no es fruto de la casualidad, sino del resultado de la misma sangre de la que venimos.

Y mientras, durante todo este tiempo, a lo largo de estos largos meses y casi a diario, os veo correr, veo vuestras caras de felicidad, presencio vuestros logros, leo vuestros triunfos y disfruto de ellos, imaginando, pensando, que un día de nuevo vuelva a estar corriendo a vuestro lado. Os echo de menos, como también echo de menos las tempraneras salidas sabatinas, charlando de la vida, de lo humano y de lo divino, mientras mis piernas hacían lo que saben, lo que las alimenta, y mi mente se despejaba, se iba y venía, venía y se iba.

Quizá esté dramatizando en exceso, seguro que la vida no acabaría ahí, pero confieso que esa vida dejaría de tener el dulce sabor que de ella he probado. Y, ¿sabéis por qué?, porque…

correr me da la vida, sí, moldea mi estado de ánimo, me fortalece, llena de sueños mis ratos de soledad, mientras mis piernas se mueven e imagino que pasan los años y con ellos mi vida, plena, donde correr sigue siendo mi brújula, mi norte, mi faro… mi meta.

Sí… qué bonita la vida,

para sentirla,

para amarla,

para correrla…

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Correr es… VIDA

Todos tenemos, todos buscamos, todos queremos, algo que nos dé la vida cada día. En mi caso, es correr y su carencia deja un vacío que resulta imposible de ocupar. Y tú, ¿qué es aquello que te da la vida? Para ti, ¿correr llega a ocupar una parte tan importante de tu vida o es solo un deporte más? Anímate, deja tu punto de vista y si te ha gustado este post, compártelo. Muchas gracias.

2 comentarios a Me da la vida… correr, me da la vida

  • Jesús  dice:

    Joder, mucho ánimo, espero que el nuevo tratamiento funcione y podamos coincidir de nuevo con un dorsal en el pecho.

    • Paco Molina  dice:

      ¡Hola, Jesús! Muchas gracias, por tus ánimos… a ver, lo cierto es que según todos los indicios, el tema del cartílago es algo irrecuperable y además, al tenerlo en una articulación tan reducida como es mi caso, aún resulta más complicado. En fin, creo que la carrera va a ser corta ya.

      Muchas gracias, por tu visita, Jesús. Un fuerte abrazo y sigue hecho un tiro 😉

      Paco.-

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