Melchor

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– El de la barba blanca es Melchor, ¿no? Pues ese voy a ser yo –apuntó José.

– O Melchor o Gaspar, no sé, pero el negro es Baltasar, eso seguro y yo no me pringo la cara de Conguito ni de coña –añadió Emilio de inmediato.

– Joder tíos, ¡qué plastas sois!, ¿qué más da quien seamos cada uno?, si lo sé digo de vestirnos de muñecos Michelín y a tomar por culo. Que es solo una carrera, ¡pijo! –se lamentó, sobreactuando en su comentario Santi y dejando escapar una carcajada al final.

– No, no, ahora nos vestimos de Reyes Magos, que a mí me mola. Aunque no sea muy original, seguro que damos la nota; además los trajes los puedo pedir a mi tío Rafa, el sastre, que el año pasado los hizo para la función de Teatro de Navidad de los del Club de la Tercera Edad y los tiene arrumbados por algún armario –dijo Emilio.

– Vale, pues si tenemos los trajes, este año no nos calentamos la cabeza… pero una cosa no me cuadra, no estáis contando conmigo, cabrones. Que yo también corro o ¿es que creéis que os vais a librar de mí? –protestó Gabi, que hasta ese momento había estado todo el rato enviando mensajes desde su móvil.

– Tío, está todo controlado –contestó de inmediato Santi, haciéndole una pregunta– A ver dime, los Reyes Magos, ¿cómo llegaron hasta Belén?

– ¡Coño!, pues en camello… has puesto un huevo, Santi. Anda, pídete otro cubo de quintos, corre –dijo Gabi.

– ¡Joder, qué simple eres!, ya sé que en camello, pero ¿qué iban siguiendo para llegar hasta el Niño Jesús? –preguntó Santi a sus tres amigos.

– Claro, cojones, la Estrella… iban siguiendo la Estrella. Ya está, Gabi eres la Estrella, además como eres el más rápido, los tres vamos detrás de ti ¡Qué buena idea! Voy yo a por el cubo, que me estoy meando, ¿pido otras bravas? – comentó José, dando un último trago a su botellín de cerveza y poniéndose de pie.

– Hala, me ha tocado; yo la Estrella, manda huevos –se quejó Gabi.

Gabi, la Estrella es la protagonista principal, sin ella los tres Magos se habrían perdido en el desierto y nunca habrían llegado hasta el Niño y no existiría la Noche de Reyes… y me voy, que si no me meo encima –argumentó José con un tono que mezclaba ironía y seriedad.

José lleva razón, Gabi, sin Estrella no tendrían sentido los Reyes Magos y ¿qué sería de nosotros sin ti? – preguntó con cara compasiva Santi.

– Jajajajaja, iros a tomar por culo. Sois unos canallas, pero una cosa está clara, ¿dónde leches iríais sin mí? –volvió a protestar Gabi, esta vez riendo.

– Jajajajaja, ¡ay!, Estrella mía, Estrella nuestra… pues a ningún lado, igual como los tres Viejos –concluyó Santi.

– Venga, recopilando: Melchor es José, Gaspar eres tú, Emilio, la Estrella eres tú, Gabi y Baltasar soy yo, que no me importa pintarme la cara. Si a última hora se apuntase alguno más que quisiese correr con nosotros, que se disfracen de pastores… –resumió Santi.

– De pastores, de buey o de mula, ¡qué hostias!, jajajaja. Venga, una ronda para los cuatro –concluyó José, que acaba de llegar con nuevas provisiones cerveceras.

Tras ese cubo de quintos siguieron algunos más y a las bravas, que aún estaban por llegar cuando dejaron hecho el reparto de los personajes para la carrera, le siguieron una ensalada, un par de docenas de mini bocadillos y un buen puñado de risas, constantes en todo momento.

José, Emilio, Santi y Gabi eran amigos desde la infancia y desde sus años en el colegio habían seguido los mismos pasos: el instituto, la carrera de Empresariales, el equipo de fútbol del barrio, el primer trabajo, los noviazgos, las despedidas de soltero y los niños, siempre sin dejar de lado una amistad que cultivaban celosamente, aunque ya no se vieran tanto como antaño.

Como muchos treintañeros estaban empezando a sucumbir a la moda del running y el final de año, que estaba a la vuelta de la esquina, iba a servir para correr su primera San Silvestre. Una carrera que congregaba cada año a más y más corredores, la mayoría de los cuales tomaban la salida en ella ataviados con los disfraces más variopintos y donde la excusa de ponerse unas zapatillas era perfecta para dejar volar la imaginación y despedir con alegría, y ejercicio, un año más.

Los veinte días que restaban hasta el final de año pasaron en un abrir y cerrar de ojos, y durante ese efímero período de tiempo los tres Reyes Magos y la fugaz Estrella se hicieron con todo lo necesario para la carrera. Así, Santi consiguió, tal y como dijo, los tres trajes de Reyes Magos y la mujer de Gabi se encargó de vestir a su estrella particular como la Estrella tras la que debían seguir sus tres reales compañeros la última tarde del año.

Los cuatro amigos quedaron en las inmediaciones de la salida, donde una hora más tarde comenzaría la carrera. El gentío empezaba a dejarse notar y el frío de la última tarde del año también parecía que se iba a dejar notar una vez que bajase el sol. Cuando se vieron no pudieron dejar de reír, sobre todo los tres Reyes

Gabi, me parece que no solo te vamos a seguir nosotros tres, veremos si no te perdemos por el camino, ¡vaya tipín que tiene nuestra Estrella, guaaauuu! – dijo, Emilio nada más verse los cuatro.

– Madredelamorhermoso, pero ¿de dónde has sacado esa preciosidad de traje? – preguntó con cierto estupor, José.

– Como te eche la capa por encima no te escapas, macizón… ¿Cuándo terminemos nos cantas la de Waterloo? – se guaseó Santi, haciendo aspavientos con sus brazos, como si estuviese bailando.

– Pero cuánto cabrón suelto hay, aunque vaya vestido de Rey Mago, jajajaja… esto ha sido mi Sonia, que se fue al chino que hay debajo de casa y miradme el regalo que me ha hecho – dijo Gabi, sin importarle un pimiento las sornas de sus tres amigos.

Un mono plateado, dos tallas más pequeño, dejaba a la vista todos los encantos del amigo Estrella, que junto a una prominente barriga y un gorro con lentejuelas blancas y una pequeña estrella con luz LED en lo alto de su cabeza, ponían la guinda a un traje que podía pasar por todo, menos desapercibido.

Melchor, Gaspar, Baltasar y la Estrella se fundieron en un gran abrazo, entre risas y bromas, algunas de ellas cargadas de ironía y por qué no, también de mala leche, pero ¿qué había mejor que una amistad y una sinceridad que permitía decirse las cosas a la cara y sin miedo a enfadarse? Eran cuatro viejos amigos y entre ellos no había resquicio alguno que pudiera separarlo y así, unidos también por el deporte de la zapatilla, se perdieron entre la deportiva muchedumbre y juntos, con alegría y poco sudor, corrieron en la última carrera del año.

Terminada la prueba se despidieron, prometiéndose volver a correrla juntos al año siguiente y cada uno se marchó por donde había llegado, camino de sus casas, donde le esperaban sus familias, para cenar y celebrar la despedida y llegada de un nuevo año. El único que había llegado a pie había sido José y a pesar de la invitación de sus amigos de acercarlo en coche hasta su domicilio, prefirió volverse de la misma manera, no en vano le gustaba contemplar la iluminación navideña que alumbraba la ciudad, ya que caminar a solas era uno de sus pequeños placeres.

La algarabía de la gente y el nerviosismo que siempre acompaña a las horas previas a la llegada de un nuevo año, contrastaban con la religiosidad y el sentimiento de los belenes que encontró a su paso, en escaparates y alguna que otra iglesia, cuyas puertas invitaban a entrar. De niño había pasado por la infancia casi de puntillas y tal vez por eso le gustaba empaparse de un ambiente que le hacía recordar unos años que jamás volverían, pero que a su manera nunca olvidaría.

Melchor, Melchor –oyó decir al pasar junto a una casa en bajo. La voz parecía venir de dentro de ella.

José detuvo sus pasos un instante y giró su cabeza. Un niño de no más de ocho años lo miraba tras la reja de la ventana junto a la que acababa de pasar.

Melchor, toma –el niño volvió a llamarlo y sacando su pequeño brazo entre los barrotes de la reja que protegía la ventana le ofreció un papel.

José se quedó inmóvil, a medio camino entre la sorpresa, la perplejidad y la incredulidad de lo que imaginaba que ese niño quería entregarle.

– ¿Qué es eso? –preguntó José, con cierta torpeza.

Melchor, es mi carta. Mi mami no me deja salir a llevárosla y quiere dejarla ella en vuestro buzón, pero yo no quiero. Así que te estaba esperando y al verte pasar me he asomado corriendo a dártela –contestó el niño con los ojos abiertos como platos.

– Pero, yo creo que es mejor que tu mamá la deje en el Buzón Real, así irá junto al resto de cartas de todos los niños y no se perderá –argumentó José, con una voz grave, severa y cariñosa al mismo tiempo.

– No, Melchor, todos los años pasa igual y luego olvidáis alguna de las cosas que os pido… yo creo que es porque con tantas cartas siempre se os olvidan algunos regalos. Así que si te la doy a ti seguro que esta vez no me pasará eso, ¿verdad, Melchor? –preguntó con ternura el pequeño.

– Seguro que este año no se nos pierde, quédate tranquilo y que tu mamá nos la deje en el buzón –volvió a insistir José, que se encontraba en un callejón sin salida.

Quique, ¿qué haces con la ventana abierta, hombre? Cierra ahora mismo, que vas a coger una pulmonía… ¡será posible! –se oyó decir a lo lejos, desde el interior de casa.

Melchor, cógela por favor, toma, llévatela –pidió casi suplicando el niño, que dejando caer la carta al suelo metió su brazo y cerró la ventana.

José se quedó helado, petrificado, con el trozo de papel a sus pies, mirándolo y sin saber qué hacer. Miró por la ventana, pero la tupida cortina apenas dejaba vislumbrar unas luces de colores en su interior, provenientes de lo que debía ser un Árbol de Navidad, brillando en la oscuridad de una habitación que parecía una pequeña salita de estar.

Pasados unos segundos, que le parecieron eternos, se agachó y cogió la carta del suelo, y con ella entre sus manos, aún inmóvil, se debatió en la duda de echar esa carta al pequeño buzón que había en la puerta de la casa junto a la que se encontraba o llevársela con él, haciendo caso a las palabras del niño que el destino había cruzado en su camino.

– ¿Pero qué demonios hago yo con esta carta? –se preguntó en voz alta. A pesar de todo y sin saber el porqué la guardó en su bolsillo derecho y siguió su camino a casa. La voz del niño, su pequeña mano asomando fuera de la ventana, la luz en sus ojos y la manera como se esfumó en la oscuridad de aquella estancia no dejaban de repetirse una y otra vez, una y otra vez y siempre, al final de la secuencia se preguntaba por qué había tenido que coger aquella carta.

– La dejo en el Buzón Real mañana y listo… ¡¿Pero qué tontería estás diciendo, José?!, ¡vaya una estupidez! –se decía a sí mismo mientras continuaba camino a casa. Veinte minutos más tarde llegó a la portería de su edificio y la curiosidad, derrotada aún en la continua batalla librada contra el razonamiento, solo pudo seguir agazapada tras esa razón a la espera del momento oportuno en el que saltar sobre ella.

Una copiosa y familiar cena llevó de la mano al viejo año hasta su ocaso y con brindis, palmas y abrazos dieron la bienvenida al nuevo año, mientras en la mente de José seguía fija la imagen de aquella carta que el Rey Melchor había recibido, que él había recibido… la Nochevieja dio paso al día de Año Nuevo y tras él al día dos… y por fin, la noche del día tres, la curiosidad se impuso a la mesura. José, antes de dormir, sacó de su mesilla de noche la carta que había guardado días atrás y empezó a leer. La carta, con una letra cuidada y esmerada en grado máximo, decía así:

[

Querido Melchor:

Gaspar, Baltasar, no os enfadéis conmigo porque solo escriba esta carta a Melchor, pero nada más que quiero un regalo y si os lo pido a los tres lo mismo os liais entre vosotros y no os ponéis de acuerdo, ¿vale? Además, mamá siempre me dice: “Ya verás, vida mía, como el Rey Melchor te va a conseguir tu regalo”, y yo, pues por eso se lo pido a él. Allá voy…

Melchor, este año no quiero un coche de carreras, ni un juego para la consola, ni unas botas de fútbol; tampoco quiero una bicicleta, ni unos patines, ni por supuesto una cámara de fotos, no, no quiero nada de eso. Este año solo quiero que ayudes a los médicos a encontrar al ángel que va a darme un poquito de su sangre para que la mía se ponga buena. Mamá dice que como vosotros conocéis al Niño Jesús seguro que él te puede ayudar para mandar a ese ángel que están buscando para mí.

Yo, mientras, me paso mucho tiempo mirando por la ventana, esperando ver a algún ángel volando cerca de casa y aunque todavía no he visto ninguno, no importa, porque sé que tú lo vas a encontrar para mí una vez que leas mi carta. Además, ¿sabes?, sé que este año vas a pasar por mi ventana para recogerla y así no se te olvidará mi regalo.

No hace falta que me mandes el ángel el mismo día de Reyes, porque sé que no te va a dar tiempo a hablarlo con el Niño Jesús, además tenéis que repartir todos los regalos y eso lleva mucho trabajo, así que no te preocupes por eso. Yo, con que lo habléis después me basta.

Bueno, no te pido nada más, el año que viene prometo pedirle los regalos a Gaspar o a Baltasar, para que no se pongan celosos. ¡Ah!, os dejaré un poco de paja para vuestros camellos en mi ventana, como todos los años.

Besos, Quique.

]

La mañana de Reyes, como cada año, fue inolvidable para miles de niños y para otros tantos reyes, que en el silencio de la noche anterior habían dejado sus regalos, convirtiendo en realidad muchos de esos sueños que cada día duermen sobre almohadas preñadas de inocencia. Y fue también esa noche, cuando un rey Melchor sin disfraz pero con zapatillas pasó corriendo delante de la reja junto a la que había estado parado hacía tan solo una semana y sin que nadie lo viese dejó su regalo.

Al levantar la persiana de la salita, Quique encontró los cuencos vacíos como si los camellos de los tres Reyes Magos los hubiesen relamido, sin duda para reponer fuerzas en la dura y larga noche, y junto a ellos vio un sobre blanco, cerrado, en cuya esquina delantera inferior se podía leer:

Tú eres el ángel.

Fdo.: Melchor

Quique no comprendió nada, su madre no comprendió nada, ni los médicos fueron capaces de comprender nada, pero en el interior de aquel sobre se encontraban los resultados de un análisis de sangre que resultó compatible cien por cien con la de Quique; tras meses y meses de espera, la mañana del 6 de enero trajo de manera milagrosa al donante que permitiría al pequeño curar su leucemia y convertir una tarea casi imposible en el mejor regalo de Reyes.

Sí, José tan solo dejó el resultado de su analítica con la esperanza de ser él ese ángel que Melchor debía encontrar para Quique, y el rey mago de la barba blanca fue el artífice de hacer realidad un milagro iniciado la noche de San Silvestre… una noche en la que cientos, miles de almas, corrieron como cada 31 de diciembre para decir adiós a un año, mientras entre ellos hubo una que sin saberlo permitiría a un pequeño soñador seguir diciéndole hola a la vida… un pequeño soñador cuyo mayor valor fue precisamente el de no dejar de soñar y creer en los Reyes Magos.

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El ángel de Melchor

Tal vez fuera la mágica carrera de San Silvestre, la magia de un deporte como correr o sencillamente la magia que siempre rodea la Noche de Reyes, ¿qué más da?, lo importante es que nunca dejemos de creer en nuestro Melchor, Gaspar o Baltasar. Si te ha gustado este relato, donde el running vuelve a ser protagonista, compártelo. Muchas gracias.

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