Miedo

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Siempre tuvo miedo, de hecho había nacido con él aunque no lo supiera y quizá por eso estaba tan acostumbrada a vivir con ese sentimiento que era algo innato, a pesar de no reconocerlo como tal. Sin embargo, en contra de lo que pudiera parecer, ese miedo producía un efecto de seguridad y confianza en sí misma que le hizo sortear cuantas dificultades se presentaron en su joven vida, sin esfuerzo alguno… nadie habría apostado porque sobreviviera, al ser la más pequeña de una camada de nueve cachorros y cuya madre murió antes de poder parirla, pero fue su instinto animal el que la empujó a buscar los rayos de un sol que apenas se colaban por el mismo conducto que habían salido sus hermanos.

Los tres mayores se ahogaron al caer al brazal de una acequia con más fango que agua, en el que quedaron atrapados para siempre. Los cuatro siguientes murieron desnutridos al permanecer pegados a su madre, nada más nacer, intentando amantarse de la poca leche que apenas había llegado a salir de las descolgadas y viejas ubres de una perra que había parido tantas veces como las que la naturaleza había querido. Y los dos más pequeños se arrastraron a ciegas, hasta salir a un desconchado camino de asfalto, donde a punto estuvieron de ser atropellados por una furgoneta de la Perrera Municipal, que los recogió para darles cobijo y salvar sus vidas.

Un mes fue tiempo suficiente para que su único hermano fuera adoptado por uno de los propios funcionarios municipales, que quedó prendado del brillo de su pelaje negro azabache y de unos ojos tan vivos que contagiaban a quien los miraba. Ella no corrió la misma suerte y el día antes de ser sacrificada fue acogida por una familia dedicada a la cría de ganado y el cultivo de cereales. Una pequeña caseta con la madera podrida por casa y una raída estera por camastro, eran sus dos únicas posesiones.

Sus manjares se resumían en pienso de las gallinas, unas veces, en peladuras de verduras que echaban a los conejos, otras y las más veces sobras de comidas de días atrás, que sus dueños iban a tirar. Ausencia de cariño, alguna pedrada que otra cuando se acercaba en exceso a la casa y soledad, que sobrellevaba corriendo todo el día de una parte a otra de la finca. Los días de sol los pasaba jadeante bajo la sombra de la vieja higuera y los día de frío acurrucada en aquella tela de rallas que apenas daba para tapar la mitad de su cuerpo.

Me pregunto qué demonios vería yo aquel día para traerme esta mierda de perra que no vale para nada – solía decirse a menudo el padre de familia cuando pasaba a su lado – no ladras, no sabes cazar y por no saber, no sabes ni mover el puto rabo ese que tienes; y todo el jodido día corriendo como una liebre de aquí para allá. Y encima es que eres fea de cojones, hija de perra – le gritaba, dándole un puntapié a las cuatro maderas que hacían de refugio del animal, que sumisa apenas se atrevía a levantar su mirada.

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Se acabó, mañana me marcho – le dijo cuando terminó de repelar la segunda gelatina de fresa tú y yo sabemos que esto no funciona y no tengo más ganas de tener que compartir un techo bajo el que no podemos seguir juntos. Esto no es un arrebato de los míos, que lo sepas y ¿sabes por qué?, porque no aguanto más tu estúpida manía de tenerlo todo ordenado, esa pulcritud para lavarte los dientes y hasta tu enfermiza manera de ordenar tus camisetas por colores o los botes de cristal por tamaños… en resumen, porque estoy hasta el moño de ti y porque desde hace seis meses me estoy tirando a un bombero que conocí en la clase de spinning y me hace subir pulsaciones como nadie, ¿lo tienes claro?

Fue una manera directa y sin anestesia de toparse con la realidad, algo así como si de repente te sacan a rastras de la mesa de camilla donde te encuentras sentado, arropado al abrigo de la faldeta que mantiene el calor de un brasero y te echan de golpe a una piscina con el agua a punto de congelarse. Es probable que una vez dentro del agua seas incapaz de salir de ella por el fuerte impacto térmico experimentado, permaneciendo bloqueado en su interior mientras tus extremidades se van entumeciendo; algo así sintió tras la paliza emocional que había recibido en apenas treinta segundos, tan sólo treinta segundos, suficientes para tirar a la basura más de doce años de relación y los cuatrocientos veinte euros que había costado el añillo de compromiso que había dejado bajo la almohada de la que, hasta hace dos minutos, era su pareja.

No sintió miedo de quedarse solo, como tampoco tuvo miedo de empezar una nueva vida que jamás se habría imaginado sin ella, sin la que había sido su verdadero amor… esa que había terminado siendo más zorra que zorra, pensaba mientras pintaba toda la casa con nuevos colores, para conseguir un ambiente totalmente nuevo y olvidar cuando antes ese granate en la pared donde estaba el cabezal de la cama y que contemplaba siempre que mecía sus caderas sobre ella, entrando una y otra vez de su cuerpo, o ese azul del salón al que tantas veces se refirió ella como el “mismo cielo” cuando, aburridos de mirar la televisión, terminaban entregándose al deseo y él hacía temblar sus delgadas piernas gracias a esa maestría por saber besar sus labios más íntimos como nadie lo había hecho jamás.

Durante los últimos años se había refugiado únicamente en aquella relación y había dejado de lado las amistades que había cultivado desde sus años de instituto, pero en parte era algo normal y ahora se sentía fuera de lugar y no veía con claridad en qué podría emplear parte de la gran porción de tiempo libre que el funcionariado le permitía tener cada día. Pero prefirió no sentirse agobiado y esperar que el tiempo fuera abriendo ante él nuevos caminos, que le ofreciera nuevas amistades y quién sabe, tal vez nuevos amores…

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Martín, este sábado vamos a hacer una de nuestras actividades sociales, ¿te apuntas? – le dijo un jueves, una compañera de su departamento, antes de salir a desayunar.

¿Qué es eso de actividades sociales? – preguntó más por desconocimiento, que por interés.

Una vez al mes vamos a hacer visitas a centros de acogida, a asilos, a hospitales, a lugares así, donde prestamos nuestra ayuda durante todo el día. Unas veces hacemos actividades con los internos de los centros a los que vamos, otras llevamos comidas, objetos o enseres que puedan servirles de ayuda, también vamos a ayudar en labores de limpieza a zonas de monte, jugamos con niños enfermos… cosas así. Vente, seguro que te gusta y así sales y haces algo diferente – le animó, conocedora de ese pequeño bache por el que estaba pasando.

¿Y qué os toca esta vez?, ¿qué vais a hacer? – preguntó con cierta curiosidad.

Este sábado vamos a ir a un centro de acogida de animales, donde ayudaremos a atenderlos y colaboraremos para buscarles un hogar que los quiera adoptar; es algo así como un orfanato de animales – explicó, Patricia.

Es un centro donde hay animales que la gente abandona, ¿no? – se interesó.

Bueno, algunos sí que son abandonados y se recogen, otros son entregados porque sus dueños ya no pueden tenerlos o ya no los quieren, también están los que son recogidos gracias a denuncias de ciudadanos que son conocedores de maltratos y otros simplemente son recogidos de la calle, por estar solos, perdidos y vagabundeando de aquí para allá, hay de todo – terminó de decir, la chica.

Vale, el cambio de sábanas puedo hacerlo temprano, que era lo único que tenía planeado y así estoy listo para irme con vosotros – dijo sonriendo, Martín.

Guaaauuuu, planazo tenías previsto el sábado, coleeeeeega, jajajaja. Hecho, bombón, el sábado ya sabes… mañana concretamos. Me bajo a desayunar, ¿vienes? – concluyó la conversación, Patricia.

No, gracias, me he traído unas piezas de fruta y aprovecharé para comérmelas aquí, mientras busco en Internet algo de ese tipo de asociaciones – sonrió, mientras sacó de su bolsa una pera y una mandarina.

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¿Cuántos animales tenéis? – preguntó, a la monitora.

Ahora mismo el censo está por unos ciento veinte, entre perros, gatos, caballos, patos, conejos, cerdos, ovejas, hámster, loros, serpientes y hasta un papagayo – respondió la joven.

Vaya tenéis de todo, ¿no? – peguntó, afirmando, Martín.

Bueno, variado, aunque la mayoría son gatos y sobre todo perros, ellos son los huéspedes mayoritarios. Los tenemos de todas las razas y de todas las edades; algunos de ellos simplemente son abandonados, pero otros son brutalmente maltratados – dijo con tono serio la chica.

Durante el paseo por las instalaciones fueron ayudando a dar de comer a los animales y a limpiar las jaulas y pequeños cobertizos donde se encontraban muchos de estos asustadizos inquilinos, aunque también estaban los que saltaban y brincaban alrededor de los monitores, nada más verlos aparecer. Al llegar casi al final de la zona donde estaban las jaulas metálicas, vieron a un perro como recogido sobre sí mismo, con el hocico metido entre sus patas delanteras y de cara a la pared.

¿Qué le pasa a éste? – se interesó Martín.

Es una perra y apareció en la puerta hace un mes, desnutrida, a punto de deshidratarse, con dos costillas rotas y tras haber sufrido una buena paliza. No me explico cómo fue capaz de llegar hasta aquí, ni tengo idea del tiempo que debió estar deambulando hasta dar con nosotros, pero el caso es que llegó y gracias a Dios y a su fortaleza, hemos podido salvarla. Es muy buena, callada, sumisa, dócil y pese a tener que haberlo pasado muy mal no parece que tenga miedo de nosotros, no se asusta, más bien está triste, como melancólica y con falta de cariño – le contó la monitora, mientras acariciaba el delgado lomo de la perra.

¿Qué raza es?, está muy delgada, ¿no? – preguntó con interés.

Es un galgo; es un ejemplar precioso. Su figura es muy homogénea y sus padres debían tener buena “madera” porque tiene un físico casi perfecto. Además se nota que ha debido hacer mucho ejercicio, porque a pesar de los malos tratos tiene una estructura ósea y una musculatura fuerte y muy bien desarrollada, lo que indica que ha debido estar al aire libre, donde ha debido correr a sus anchas – le aclaró.

Un galgo… estos son los que corren, ¿verdad? – afirmó con interrogante.

Sí, así es, tienen fama de ser unos grandes corredores y en verdad lo son. A mí me parece una raza tan bonita e interesante como casi desconocida, pero precisamente su delgada figura no suele gustar mucho a la gente y no es una raza que cuente con muchos adeptos. Suelen utilizarlos para carreras, para cazar y poco más, pero raramente como animal de compañía.

Entonces será una perra de caza, ¿no?

No, en su caso no, creemos que esta perra no ha practicado la caza, porque a pesar de su naturaleza no parece que haya desarrollado ese instinto, puesto que no muestra una mandíbula con los rasgos que suele tener un perro de ese tipo, incluso diría que debió estar alimentada de cualquier cosa, porque sus incisivos y sus caninos parecen poco desgastados.

La imagen de aquella perra y las palabras de la muchacha entraron en su cabeza, pero se quedaron sin atravesar la salida, no porque no encontraran el lugar para hacerlo, sino porque inconscientemente quiso dejarlas dentro de él, para volver a escucharlas lejos de allí, una vez que estuviera en su casa, acostado en las sábanas recién cambiadas y mirando una pared que aún parecía perfumar el ambiente con el leve olor que aún desprendía la pintura nueva.

Desde que se quedara solo, tres meses atrás, apenas había salido un par de veces; la primera vez fue hacía veinte días, animado por su hermano pequeño, que le consiguió una cita con una auxiliar de enfermería del centro de salud donde solía ir a donar sangre y con la que tenía mucha confianza. La chica era una apasionada de la cocina y esa tarde cocinó para él los mejores manjares, dejando para el postre un dulce de chocolate que le hizo alcanzar la gloria, y al que le siguió un ardiente y apasionado revolcón que terminó con la mejor “comida” que jamás le habían hecho. No lo pasó mal, pero terminó empachado por aquello de sentirse comparado con un “tocino de cielo, un requesón o una mermelada de albaricoque”. La segunda y última salida había sido la que acabada de hacer ese día y sin prestar atención al programa televisivo, cómodamente acostado, volvió a pensar en aquel melancólico can.

Su color de piel gris, le confiaba a su figura un aspecto aún más distinguido y la mirada de aquellos ojos marrones de forma almendrada, parecían transmitir el miedo que debía haber pasado, a pesar de mostrarse dócil y sumisa. Por un momento tuvo un arrebato que le hizo plantearse el adoptarla, por compasión, pero fue algo pasajero que se esfumó al mismo tiempo que apretó el botón del mando a distancia del televisor y se acomodó para dormir… esa noche, como cada noche, descansó.

Dormía, acurrucada sobre sí misma, como cada noche, ocupando el menor espacio posible que le permitía su esbelto cuerpo. Sus ojos, cerrados, se movían aceleradamente bajo sus párpados e incluso parecía querer cerrarlos más de lo que los tenía, como delataba el continuo subir y bajar de sus finas cejas… volvía de correr entre el trigo, le encantaba hacerlo y sentirse acariciada por él. Al salir entre las espigas sintió el calor provocado por la patada que acaba de recibir en su cabeza, perdió el equilibrio y calló, girando sobre sí misma. Mareada y aturdida no llegó a comprender qué había pasado y de nuevo sintió el quemazón producido por el impacto de una fría barra de acero sobre su lomo, provocando un sonido golpe seco y sordo, tras el que acaba de romperse dos de sus costillas:

¡¡Eres una inútil y una asquerosa hija de perra!!, y estoy harto de verte correr y dormir, que es lo único que sabes hacer. Ahora sí que vas a estar una buena temporada sin moverte, vas a descansar todo lo que quieras, pero de correr… los cojones, ¡¡te voy a reventar!!, a ver si corres ahora, hija de puta, hija de puta, hija de pu – a cada insulto dejaba caer su brazo, con toda su fuerza, golpeando a la perra con una tubería de hierro que asía con fuerza.

El animal levantó su cabeza y abrió los ojos. Todo estaba a oscuras, su respiración era agitada y hasta le pareció sentir el calor de su sangre cayendo desde la oreja izquierda. Miró a su alrededor, sin poder ver nada y notó el calor que desprendían el resto de perros que, como ella, dormían en sus pequeñas jaulas, pegadas unas a otras. Giró su delgada cabeza y lamió su lomo, repetidas ocasiones, bostezó y ya, más calmada, volvió a cerrar los ojos y dormir.

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Martín, ¿qué haces el último domingo de mes? – preguntó Patricia, nada más volver de desayunar.

¡Joder!, ¿has dicho el último domingo del mes?, pero si acaba de empezaaaar – respondió con sorpresa y en un tono animado – pues no sé, la verdad, imagino que tareas domésticas, poca cosa, no suelo tener muchos planes, ¿por qué? – respondió levantando la mirada y sin dejar de mover los dedos sobre el teclado de su ordenador.

¿Recuerdas el centro de acogida de animales donde estuvimos hace semanas?, pues organizan una carrera para animar a la gente a que colabore con ellos, para darse a conocer un poco más. Y lo más divertido es que la gente puede hacerlo con sus perros, de manera que sea algo así “donde se estrechen aún más los lazos que unen al ser humano y su mejor amigo”, cito textualmente, jajajaja – explicó con la sonrisa que solía tener siempre dibujada en su cara y mostrando un papel donde debían figurar los nombres de los interesados.

Puf, no sé, a mí es que eso de participar en carreras, como que no me va… – respondió, prestando ya toda su atención.

Pero si tú corres casi a diario, ¿por qué no te animas?, además, no comprendo por qué no te gusta participar en pruebas, con el gusto que da ver a la gente animando y todo el ambientazo que se forma. Va vente, no seas sosazo. Y encima seguro que luego nos vamos todos juntos a tomar algo… venga, yo te apunto y así no tienes excusas – concluyó, muy decidida.

Jajajaja, entonces ¿para qué me preguntas?, soy un blando lo sé y al final todo el mundo hace conmigo lo que le viene en gana. Entonces el día… 26, ok, apuntado queda. Por cierto, me tienes que pasar el informe de la inspección que te pedí ayer, que el cliente vendrá mañana para recogerlo – dijo, cambiando por completo de conversación.

¡Ostrás!, el informe, mil perdones, lo tengo hecho, pero se me había ido el santo al cielo y no te lo he pasado, ahora mismo te lo traigo – dijo aceleradamente y se marchó.

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La mañana, aunque fría, era agradable y el sol ayudó a calentar un ambiente que ya resultaba muy animado, gracias en parte a la música atronadora que sonaba a través de unos potentes altavoces, colocados a un lado y a otro de un modesto arco hinchable que servía de SALIDA y META. La organización, escasa pero voluntariosa, consiguió reunir a poco más de trescientos participantes, la mayoría de ellos con su perros y a varios cientos de curiosos y aficionados a este deporte, que se acercaron y permanecieron hasta el final, atraídos por ser una prueba un tanto diferente y por una buena causa.

Algunos de los perros, ataviados con dorsal e incluso con su propia camiseta, conseguían arrancar las sonrisas de participantes y público en general, pareciendo incluso algunos de ellos experimentados corredores que se mostraban concentrados para la carrera que daría comienzo más tarde. Y entre perros con amo y aquellos otros que formaban parte de censo canino de la asociación, estaba ella, el ejemplar de galgo que meses atrás había llegado buscando atención y había conseguido ganarse el cariño de todos los miembros que trabajan en el centro.

Martín hablaba animadamente con varios compañeros del departamento, todos acompañados de su canina mascota y él observaba, en la distancia, a la chica que conoció durante la visita a la asociación. Saludaba a unos y otros, señalaba y parecía dar órdenes a otros compañeros y voluntarios que estaban al servicio de la organización y a su lado, sin despegarse, la elegante perra de color gris. Llevaba un pañuelo rosa anudado a su cuello y su cabeza, casi gacha, apenas permitía que se pudiera cruzar la mirada con ella.

Hola, ¿qué tal estás? – dijo Martín, que se acercó decididamente, para saludar a la chica – ¿Te acuerdas de mí?, estuve con el grupo de Patricia

Sí, sí, claro que me acuerdo, soy muy buena para quedarme con las caras de la gente. ¿Tú también corres?, me alegro mucho, a ver si conseguimos que la gente pase un rato entretenido y si encima encontramos un hogar para algunos de nuestros niños… – dijo mirando hacia la perra que no se movía de su lado.

Seguro que sí, ¿cómo está?, ¿se ha recuperado ya de las secuelas que nos contaste? – preguntó, acariciando la cabeza del animal, que al sentir el tacto de su mano sobre ella levantó sus ojos para mirarlo.

Está fenomenal, se ha recuperado muy rápido, casi tanto como corre… madre mía, es toda una campeona. Por las tardes la sacamos a dar un pequeño paseo por los terrenos que rodean nuestro recinto y si la vieras correr… disfruta en sobremanera; se le ve feliz, contenta, alegre.

Pero su mirada sigue pareciendo triste, al menos a mí me lo parece. A esta raza la identifico con la poesía más romántica que pueda imaginar, y parecen envueltos por un aura lánguido y melancólico.

Vaya, muy buena comparación la tuya… oye, ¿quieres correr con ella? – le soltó de repente la monitora, sin pensarlo dos veces.

¿Cómo?, ¿yo?, pero si nunca he corrido con un perro… seguro que nos tropezamos, la piso y termino por el suelo. Naaaa, mejor os acompaño – al bajar su cabeza vio a la perra que parecía estar escuchando sus palabras y que lo miraba con ojos compasivos.

Seguro que sí sabes, venga, toma, cógela y salid juntos, pero no te escapes con ella, ¡¿eh?!, que es mi ojito derecho y me tiene enamorada… bueno, salvo que quieras adoptarla, en ese caso estaría encantada de que se fuera contigo… pero sólo con la condición de que vinierais a echarme una visita de vez en cuando, ¿vale?, jajajajajaja. No me hagas caso, se me va la patata, pero sí, corre con ella, va, verás qué gozada verla correr – terminó de decir, dándole la correa que sujetaba al animal.

Vale, correremos juntos, pero no nos alejaremos mucho de ti, por si termino encima de ella y nos tienes que rescatar. ¡Ah!, por cierto, y ¿cómo se llama?, le habréis puesto nombre, imagino, ¿no? – preguntó Martín.

Sí, claro, se llama Sara – respondió la chica.

Sara… así se llamaba su amor platónico del colegio, ese que todo niño, con apenas nueve años, ha tenido en su infancia. Recordaba cómo la miraba, mientras leía en voz alta sentada en la mesa del profesor, cómo se las ingeniaba para ponerse a su lado durante la clase de gimnasia o cómo lloró el día que dijo a toda la clase que se iba a marchar, porque a su padre lo habían destinado a otra ciudad. No podía imaginar cómo sería estar en el colegio sin ella, ni cómo sería volver a casa sin su compañía, pero es lo que tiene el amor y la ingenuidad, que unidos pueden hacerte morir, pero que con los años te hacen ser fuerte y no tener miedo a ningún desengaño emocional.

Sara – dijo en voz alta – me parece que esta carrera la vamos a hacer juntos, ¿no, pequeña?

Tras un improvisado bocinazo, que sustituyó al tradicional pistoletazo de salida, dio comienzo la prueba y todos, hombres, mujeres y perros, comenzaron a correr, atropelladamente al principio y con algo más de comodidad pasados unos cientos de metros. Por la forma de correr se notaba que parejas estaban acostumbrados a hacerlo juntos y cuáles no; así, algunos dueños corrían delante de sus mascotas, marcándoles el paso a seguir y demostrando una compenetración que daba el haber hecho muchos kilómetros juntos, mientras que otros participantes casi tenían que ir frenando a sus perros, que impetuosos tiraban de ellos con unas fuerzas que poco a poco fueron perdiendo. Y luego estaban Martín y Sara, cuya forma de correr no respondía a ninguna de esas dos maneras descritas, puesto que ambos lo hacían de manera que la perra llevaba una leve ventaja sobre él, pero sin que la correa no llegase a tensarse, pareciendo que fuera innecesario su uso. La perra lo miraba de reojo, como queriendo marcarle el ritmo y subía o bajaba éste en función de las zancadas de Martín.

El chico no podía dar crédito a lo que estaba viendo y conforme fueron pasando los kilómetros, los pocos kilómetros de los que constaba la prueba, fue percatándose de las cualidades y la inteligencia del animal que corría a su lado. Tampoco desaprovechó la oportunidad de observar en acción a esa perra que estaba hecha, sin duda, para correr y cómo movía todo su cuerpo en zancadas que parecían dejarla flotando en el aire. Iba con su cabeza erguida, la mirada fija en el frente y algún leve movimiento de sus ojos momentáneo para marcar el ritmo junto a él, de manera que no retrasase su marcha, pero tampoco la acelerase. Era todo un espectáculo verla en movimiento y sintió como si no fuera la primera vez que corrían juntos, porque el entendimiento entre ambos era sencillamente perfecto.

Cruzaron la línea de meta entre las primeras posiciones, pero eso no tuvo importancia, porque no era una prueba donde se premiaba a los ganadores y sí a todos los participantes por igual. Lo verdaderamente importante era buscar hogares para algunos de los huéspedes de aquel centro de acogida y que todo el mundo se concienciase del trato y el cariño que deben recibir todos los animales en general y, en aquella ocasión, los perros en particular.

Martín se agachó, una vez que colgaron de sus cuellos las medallas que acreditaban su participación en la prueba, y mirando a la perra le acarició los lados de su cara y con una sonrisa que no podía esconder le dijo: “Buena carrera, Sara, eres toda una campeona y corres como los ángeles”. El animal, que apenas se había fatigado, clavó su mirada en la de él, como quien escucha prestando atención y pestañeó. Ella sintió como si ese miedo, que sin saber le había acompañado desde antes de nacer, le hubiese conducido hasta la persona adecuada y por primera vez movió tímidamente un rabo que siempre había estado escondido entre sus patas traseras. Él tuvo la extraña sensación de haber quedado unido a aquella perra por algo más que por esa simple correa de tela color azul, que sujetaba en su mano, y sin darse cuenta acaba de perder el miedo a la soledad que desde hace meses le rondaba.

Acababan de correr sus primeros kilómetros juntos, los primeros de muchos kilómetros más que vendrían… fue lo más parecido a un flechazo, si es que existe ese sentimiento ente humanos y perros, y la adopción el único trámite que superar.

Sara había nacido para correr y con Martín encontró al mejor amigo que podía tener y él tuvo en ella no sólo la mejor compañía, sino también la llave que le abrió la puerta de un amor que le esperaba cada sábado en la asociación de animales, donde aquella joven medio alocada sonreía de oreja a oreja por la visita de su perra favorita y de algo más que el tiempo se encargó de dejar al descubierto.

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Siempre tuvo miedo, de hecho había nacido con él aunque no lo supiera y ese miedo sirvió para unirlos a los tres.

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