Entre musas, quebraderos de cabeza y kilómetros

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Musa: Cada una de las nueve deidades que, según el mito, habitaban, presididas por Apolo, en el Parnaso o en el Helicón y protegían las ciencias y las artes liberales. Dícese también de la inspiración del artista o escritor.

Quebradero de cabeza: aquello que perturba e inquieta el ánimo.

Kilómetro: unidad de longitud equivalente a mil metros.

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Esta semana he querido comenzar mi post directamente con tres definiciones extraídas de nuestro querido y fértil Diccionario de la Lengua Española y es que, como bien sabéis, soy un devoto confeso de esa publicación imprescindible, que debería tener su lugar en todos y cada uno de los hogares de nuestro querido país o, dicho de otra manera, en cada uno de los hogares en los que el castellano es la lengua de quienes la moran.

Los tres términos elegidos brotaron hasta mi lado más consciente tras una breve conversación con una amiga, corredora para más señas, que sacó a relucir la estrecha relación que debe existir entre la caprichosa visita de esas mitológicas divinidades, que vaya usted a saber si es cierta o no, y la prolífica capacidad de transmitir en palabras de aquello que ronda por la cabeza de quien desea transmitir o contar algo.

Como suelen decir allá arriba, por terras galegas, cuando se refieren a sus famosas meigas:

Eu non creo nas meigas, mais habelas, hainas

(Yo no creo en brujas, pero haberlas, las hay)

Algo parecido ocurre con nuestras musas de hoy, que a pesar de no estar demostrada su existencia y ser tan escurridizas como misteriosas, suelen ser veneradas por quienes tienen la fortuna de recibir su visita de manera habitual. Unas veces de forma inesperada, y otras tras algún que otro estudiado ritual encaminado a verse cara a cara con esas encantadoras de pensamientos, en cuyas entrañas albergan elocuentes historias capaces de conceder la genialidad que se transformará en el reconocimiento y los aplausos de un público entregado… ¡ay!, las musas.

¿Cuántas veces habrán sido objeto de búsqueda para llegar de su mano a las palabras, pinceladas, notas musicales o movimientos, que reproduzcan de manera mágica, casi milagrosa, los sentimientos de perturbados o soñadores artistas que tan solo pretenden dejar fijado para siempre una porción de esa realidad que refleja una parte de ellos? Muchas, sinceramente, creo que muchas. Yo mismo, sin rubor alguno, reconozco que he perseguido entre kilómetros la caza de alguna de estas musas con las que inspirarme de cara a asomarme a este balcón, desde el que lo hago, cada tarde-noche de jueves.

¡Qué infeliz!, parece como si las musas estuviesen esperando a la vuelta de la esquina o se escondiesen entre kilómetro y kilómetro, para aparecer de pronto y ¡zas!, tocarte con su varita mágica. Pues no, os puedo asegurar que, por mi experiencia, esto no sucede y basta con desear su compañía para regresar a casa, tras una sesión de entreno, con las manos vacías de ideas para plasmar sobre el papel.

Sí, nuestro querido deporte, además de las satisfacciones físicas y psíquicas que nos concede, también podemos convertirlo en el vehículo perfecto para buscar ideas, más o menos geniales, más o menos originales, que alimenten nuestro ingenio o nuestro genio, de la misma manera que nos puede resultar mano de santo para encontrar soluciones de aquello que nos perturba o inquieta, de aquello que nos supone un auténtico quebradero de cabeza.

Sí (de nuevo sí), correr tiene esa cualidad terapéutica capaz de aportar lucidez y clarividencia sobre los problemas que nos acechan en nuestro día a día y que debido al vertiginoso ritmo con el que vivimos, no solemos encontrarle la respuesta más idónea o al menos nos vemos incapaces de atender y concentrarnos hasta el punto de llegar a verlos en su verdadera magnitud. En esos casos, nada como atarnos las zapatillas y echar a correr, como si quisiéramos huir de esos tormentos o, todo lo contrario, ir en su búsqueda para enfrentarnos a ellos y desmontarlos por completo.

En resumen, tanto si buscamos la inspiración, como si lo que perseguimos son soluciones, corramos, poblemos las calles en busca de musas, sembremos el asfalto de quebraderos de cabeza, alimentemos nuestra razón, con la parte más romántica o glamurosa o simplemente seamos prácticos, dotándola de su parte más lógica, despejando dolores de cabeza o abonando esa inspiración que, a veces, despierta de su letargo mientras tus piernas devoran kilómetros.

Desconozco si tú, que ahora me lees, eres de musas o de quebraderos de cabeza, pero si eres de los que corres, seguro que sabrás de lo que hoy escribo y en muchas ocasiones te has visto y te seguirás viendo persiguiendo unas u otros, buscando en tus kilómetros esa puerta abierta que te lleve hasta donde quieres llegar o quizá, simplemente corras, sin nada más allá y es que a veces también corremos por correr y hacemos kilómetros por hacer… y cuando terminamos, volvemos a nuestra realidad, esa en la que moran musas y muchos o pocos quebraderos de cabeza.

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Musas, quebraderos de cabeza y kilómetros… muchos kilómetros

¿Qué te ha parecido esta entrada de hoy?, ¿coincides conmigo en el sentido que hoy he querido darle a los kilómetros que corremos? Con musas o sin ellas, anímate y deja tu punto de vista y si te ha gustado este post, compártelo. Muchas gracias.

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