Nada es para siempre… nostalgia para siempre

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No, nada es para siempre, por más que nos empeñemos, nada es eterno, nada dura más allá de lo que nuestra memoria es capaz de alcanzar, incluso muchas veces deja de existir mucho antes de lo que habíamos imaginado y aquello que debería seguir siendo así o estando ahí, cambia y sí, deja de ser para siempre aquello que era.

Un huracán, un terremoto, un incendio, la erupción de un volcán o una riada pueden llevarse por delante en un instante todo aquello que conocemos, devastando y cambiando para siempre lo que hasta ese momento era considerado, paradójicamente, para siempre. Fenómenos atmosféricos, simples fenómenos atmosféricos, la mano de la naturaleza soltando su fuerza contra nosotros, estúpidos culpables de nuestro propio destino.

Pero más allá de los efectos de la naturaleza y lejos de encontrarnos con muestras evidentes de aquello que se ve fulminando el siempre, existen otros efectos, esos que no son apreciables a simple vista pero que pese a ello dejan su huella de manera imborrable en nuestro día a día. Son esos hechos o acontecimientos que cambian nuestra vida hasta el final de nuestros días, para bien o para mal, porque la ruptura del siempre, la nueva página a partir de la cual empieza un capítulo de ese nuevo siempre, no tiene o debe ser necesariamente negativa o positiva.

Un acontecimiento emocional, un cambio laboral, una decisión sentimental, un hecho accidental… somos simples hojas a merced del viento caprichoso, que a veces nos lleva allá donde no esperamos, mientras en otras ocasiones somos nosotros los que nos colamos en remolinos que no pertenecen a nuestro camino y volamos lejos de donde el destino nos tiene reservado nuestro lugar. Cambios, simples cambios, que dinamitan o alumbran ese siempre que nos da seguridad o al que nos abrazamos como una parte inseparable de nosotros.

Simples marionetas atadas a la confianza y la tranquilidad que conceden unos hilos de los que pendemos, dotándonos del movimiento controlado que necesitamos para saber que todo está acotado y nuestros pasos continuarán siempre por el camino de lo esperado, de lo aprendido, de lo deseado… por siempre.

Pero dejemos a un lado ese lado romántico e intimista de lo que puede representar para cada uno ese siempre y permitidme que ponga el acento deportivo, runnero para ser más exacto, sobre el protagonista del escrito de hoy y que no es otro que ese adverbio de tiempo: siempre. El siempre en este mundo de zapatillas y kilómetros… y que me vino a la cabeza, como en otras tantas ocasiones, por la conversación con un amigo en la que ambos debatíamos sobre este esforzado deporte.

Deseos cruzados, esperanzas hechas palabras lanzadas al aire:

Estaré corriendo siempre, fue una carrera que recordaré siempre, siempre iré a correr esa prueba, amistades nacidas para siempre gracias a este deporte, lesiones que siempre recordarás, hábitos siempre repetidos, momentos vividos que perdurarán para siempre y todo ello gracias a una máxima, a una constante, la repetición constante, monótona y casi diaria de kilómetros y kilómetros sin los cuales nada de eso tendría sentido.

Pero no, claro que no, nada es para siempre y mañana todo eso habrá pasado, bien porque una de esas lesiones nos arrebatarán nuestra pasión para siempre, bien porque se terminará todo ese amor y el deseo se volverá repulsa, bien porque nuestro cuerpo sufrirá el inevitable paso del tiempo y se verá obligado a dejar de tomar su medicina… su runnera medicina. Será entonces cuando el paisaje de aquello que nos rodea, ese que viste nuestra realidad y que no es visible a los ojos de quien nos rodea, cambiará para siempre y todo dejará de ser como hasta ese momento.

Somos animales que, pese a nuestra racionalidad, sufrimos con todo aquello que supone un cambio, una alteración de nuestro entorno… acostumbrados a hábitos, rutinas, costumbres, nos gusta coleccionar momentos, conservar recuerdos en torno a todo lo que forma parte de nuestra vida, a todo lo que es capaz de hacernos sentir seguros y confiados, porque sigue y está tal y como lo conocemos, como lo esperamos. Tal vez por eso, simplemente por eso, sucesos que agiten o cambien parte de la fisionomía de todo lo que, razonablemente o no, consideramos como una parte de nosotros nos altera, nos trastoca, nos desajusta y nos obliga a resetear parte de ese todo que forma parte de nuestro “para siempre”.

Sí, la presencia esta semana de nuestro amado running, aparte de ser meramente testimonial, está metida con calzador, lo sé, pero no he podido evitar escribir esta vez de un siempre que jamás debemos poner en nuestra vida, para no crear inútiles esperanzas que puedan truncarse el día de mañana y afectar en mayor o medida a nuestro ánimo, a nuestra salud emocional, ya que como he empezado diciendo:

No, nada es para siempre, por más que nos empeñemos nada es eterno

Excepto el pasado, él sí es y será eterno, se mantendrá inalterable para siempre, anclado a nuestra memoria, imposible de cambiarlo, con posibilidad de olvidarlo, pero no de eliminarlo. Inútil para quien lo ignore, una penitencia para quien pretenda cambiarlo y una lección constante para quien desee aprender de él… él sí será para siempre y nosotros con él podremos ser y existir para siempre o ser simples peleles obsesionados con tener asido un siempre que no entiende de futuro.

[…

Y de repente el sonido anunció lo inevitable, partes de sus ramas centenarias se precipitaron sin remisión y el suelo acogió, inerte, su madera y los cientos, miles de recuerdos que colgaban como parte de sus hojas. Estaba ahí desde siempre y para siempre… ahora queda su recuerdo, esta vez sí, para siempre.

(16 de junio de 2017)

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Para siempre… o no.

Y tú, ¿crees que el siempre nos condiciona o tal vez es un invento creado por nosotros mismos con el único propósito de saber o creer saber qué es lo que nos espera? Si te ha gustado este post o crees que puede gustarle a alguien compártelo. Muchas gracias.

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