No tengas prisa y tómatelo con karma

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¿Qué os viene a la cabeza o en qué pensáis al escuchar o leer la palabra karma? Seguro que pensáis en el color naranja, característico del atuendo de los monjes que profesan la religión budista; también es muy probable que os parezca estar oliendo a varita de incienso quemado, e incluso escuchar ese agradable e hipnotizante sonido metálico provocado por el chasquido de pequeños platillos, asidos a los dedos pulgar e índice. Y todo eso acompañado de cierto aura o ambiente relajante, donde el tiempo parece transcurrir de manera más lenta o al menos así lo percibimos… todo muy zen, ¿verdad?

Sí, hoy vengo tranquilo, relajado, hasta me atrevería a decir que incluso algo trascendental. Quizá tenga que ver la inestimable colaboración del otoño en el que nos encontramos y cuyo influjo, todo sea dicho de paso, deja su huella en mí mucho más de lo que lo hace el resto de las estaciones del año. Eso, unido a los repetidos días teñidos de gris, en los que la lluvia se ha vuelto la protagonista; al desarrollo de ciertos acontecimientos del día a día, sin importancia aparente; al cumplir de los años y cómo no, a mi nuevo parón deportivo por culpa de una lesión en mi tobillo, han generado un cóctel de serenidad y armonía que bien podría compararse a ese que de manera automática asociamos al referido estado de meditación.

Somos y pensamos como consecuencia de todo lo que nos rodea, de todo cuanto vivimos y de todo cuanto pensamos y sentimos. El que la manera en la que ponemos el pie en el suelo, cada mañana al despertar, o la manera en la que cerramos los ojos, cada noche al dormir, son fundamentales para todo aquello que nos sucede, es algo que a estas alturas de la película ya sabemos todos o cuanto menos, imaginamos. Sin embargo, no solemos darnos cuenta de ello y continuamos inmersos en nuestro día a día, corriendo, en muchos casos, como pollos sin cabeza, por llegar a atender tantas obligaciones como nos gobiernan y estar a la altura de cuanto nosotros mismos nos marcamos.

Con independencia de la actitud, no aptitud, que mostramos ante todo a lo que nos enfrentamos, estoy plenamente convencido de la existencia de un orden universal, formado por pequeños microcosmos, que interactúan entre ellos. Estamos conectados, interconectados y cualquiera de nuestras decisiones y nuestros comportamientos influirán, en mayor o menor medida, en quienes coexisten con nosotros. Y por encima de toda esa malla imaginaria de energía que nos conecta, existe un orden superior, responsable de dar o quitar, en virtud de tanto como demos o quitemos. Ese orden es el karma, como perfectamente podríamos denominar también como Dios.

El karma no entiende de prisas, de necesidades, de arrebatos o de ansiedades desaforadas. El karma entiende de deseos, de ganas, de comportamientos y de mentalidades. Si somos capaces de proyectar aquello que anhelamos, tendremos un gran paso dado; si además lo creemos de manera fehaciente y mantenemos un comportamiento y una mentalidad positiva, estaremos en la línea perfecta para llegar allá donde deseamos. Y todo eso, además, con la despreocupación que concede el hacer las cosas sin pretensiones, sin la necesidad acuciante de obtener un premio por ello. Algo así como:

Ve a por lo que deseas, pero no tengas prisa, hermano. Trabaja por aquello en lo que crees y a pesar de los reveses que puedas recibir, no dejes de creer en ti y en lo que haces.

El karma es esa creencia real o imaginaria, creada para autoconvencernos de que todo en esta vida tiene su porqué y de que todo lo que va, vuelve, como si viviésemos en un continuo boomerang de magnitud infinita, cuyo principio fundamental estuviese formulado casi de manera metafísica y en el que todo se basa en el equilibrio, el orden armónico y sí, también en aquella premisa que viene a decir algo así como:

El que la hace la paga.

Y si no os lo creéis, dadle la espalda al karma, comportaros como unos cafres y veréis que pronto se os empieza a torcer todo, y en menos de lo que canta un gallo os encontraréis lamentándoos del porqué del mal fario que parece haberse cebado con vosotros. Hacedlo, corred, adelante, reíros del karma

De acuerdo, lleváis razón. Sé que estaréis pensando que se me ha ido un poco la patata hoy y que ni mucho menos nuestra vida ha de estar gobernada por una invención de cierta parte de la raza humana, creada únicamente para encontrar la razón de tantas cosas como nos suceden y cuya explicación no responde a un motivo lógico. Es una religión, una manera distinta de encontrar creencias que nos ayuden a dar respuesta a aquello que somos incapaces de comprender. El karma no se apoya en mesías, ni en hijos de dioses divinos que estén por venir. El karma es pura energía, en la que todos somos responsables, con nuestros actos, de aquello que nos pase.

De la misma manera, ese karma nos ayudará a entender que los momentos difíciles o complicados son tan solo pruebas a las que nos somete, con la única razón de hacernos más fuertes, más armónicos y más pacientes, capaces de adquirir la experiencia y el conocimiento precisos para saber apreciar y valorar, aún más, los tragos dulces que nos tenga preparados.

Por lo tanto, ese karma es, para mí, todo aquello que pasa, aquello que nos pasa y todo aquello que queda, aquello que nos queda. Y mientras tanto, nunca dejemos de caminar, nunca dejemos de pasar y quedar, porque algo de todos queda en todos y algo de nada queda en nada…

Todo pasa y todo queda,

pero lo nuestro es pasar,

pasar haciendo caminos,

caminos sobre el mar.

[…]

Y así, con esa descarada osadía culmino mis líneas de hoy, tras cometer la desvergonzada libertad de citar cuatro versos de nuestro inmortal Antonio Machado, fruto de haberme dejado llevar por el influjo y la demente explicación que a veces me gobierna, y que en esta ocasión ha buscado cobijo en eso llamado karma.

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Tómatelo con karma

Con karma o sin él, déjate contagiar un poco y anímate a dejar tu punto de vista. Cuenta qué es lo que comanda u ordena tus pensamientos, qué es aquello que da respuesta a tus preguntas y, por último, si te ha gustado este post, compártelo. Muchas gracias.

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