Palabras

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Él la miraba, viendo cómo salían de su boca palabras, palabras y más palabras; lo hacían sin parar, mientras se apresuraba en atar sus zapatillas y salir a la calle cuanto antes… gafas de sol, gorra y “pies para qué os quiero”; cerró tras de sí y salió disparado como un cohete. Estaba molido, tras una jornada de más de diez horas de trabajo en la fábrica donde trabaja como encargado de producción. Producción que ahora era estaba destinada exclusivamente a la conserva de melocotón, como en otras épocas del año lo era para el brócoli, la alcachofa, el pimiento o la remolacha… “la Virgen, no se callará”… pensaba, mientras salía a la calle.

No le importaba el cansancio, si a cambio era capaz de tener un rato de paz consigo mismo, por lo que en el running había encontrado a ese cómplice ideal que le permitía escapar de aquella fina y continua lluvia de palabras que se había instalado en pleno hogar conyugal y que le iba calando poco a poco, hasta dejarlo hecho una auténtica sopa“hogar, dulce hogar”… hogar que de nuevo había quedado sólo para ellos dos, tras la mayoría de edad de los chicos, los estudios de intercambio y un par de puestos de trabajo en la tierra de los tulipanes…

“Estos cabrones, con la excusa de los máster esos y el inglés sí que han sabido hacerlo bien… quién tuviera ahora veinticinco años, para poder disfrutar de los “cofisof”, las holandesas, el queso y encima pasarse todo el día dándole a la bicicleta, jajajaja, menudas bicicletas me iba a montar yo, no dejaba una viva”… se decía riendo para sus adentros, con un tono de amor paternal, admiración y un toque de sana envidia, provocada por tener que aguantar cada día esa capacidad admirable de su amada esposa, consistente en estar hablando sin parar el tiempo que se propusiera, como una fuente inagotable de producir palabras y más palabras, una tras otra y tras otra.

Eran cerca de las nueve de la noche, pero el sol se resistía a irse a dormir y como solía pasar durante los meses de junio y julio, el calor era aún bastante sofocante. Sin embargo no le importaba sudar un poco más, como si no hubiera tenido bastante con todo lo que lo había hecho a lo largo del día; así que puso sus gafas de sol y echó a correr.

Llevaba un par de años corriendo y ello suponía un mecanismo de defensa para intentar ocupar el vacío que había dejado la marcha de los vástagos. El paso del tiempo había dejado su huella en la relación de su matrimonio, como suele pasar y a pesar del cariño, el afecto y el respeto que sentía por su Fina, no podía evitar ciertos impulsos repentinos que de haberlos dejado ir habrían terminado con sus huesos entre rejas y a su habladora esposa dentro una caja de pino.

“Hija de puta, no se cansa de hablar, pero ¿por qué puñetas tendrá esa manía de no estar callada ni un jodido minuto?”, se preguntaba, mientras se esforzaba por mantener un ritmo lento, cansino, que era más cercano a un caminar rápido que a un correr lento. A sus 58 años, le importaba una mierda todo esa moda que había con el correr y él lo hacía recordando sus olvidados años en los que jugaba al fútbol y solía salir a correr para mantener la forma física, esa que necesitaba como jugador.

A pesar de su oronda barriga, mantenía unas piernas delgadas y musculosas, y un culo bien prieto, para su edad… “tiene cojones, la mierda barriga ésta no hay manera de quitármela; con lo que me gustaría poder verme la polla sin necesidad de tener que mirarla en el espejo… yo creo que ha perdido brío por eso, porque no me la veo. Es como el refrán ese que dice algo así que el ojo del amo engorda al caballo… pues claro, si no la veo, como se me va a poner gorda”… se reía y lamentaba mentalmente, mientras intentaba recordar qué era lo que Fina le había dicho que iban a cenar.

“Otra mierda de hervido, seguro, soso como sus muertos y algún filete de carne… espero que sea de pechuga, al menos, porque esa será la única que voy a catar”… seguía con su silencioso monólogo. Era como si él hiciera lo mismo que su Fina: soltar palabras, palabras y más palabras, pero no se daba cuenta, tal vez porque era la única manera que tenía de poder escucharse a sí mismo, aunque fuera en silencio y para él solo.

Adiós, buenas tardes, Ramón – le saludó, Enriqueta. Una vecina que vivía en su misma calle, a la que conocía desde que era un crío y que acaba de cruzarse en su marcha.

Taaa lueeego – respondió levantando su cabeza, para compensar el tono de unas palabras que apenas pudo pronunciar.

“Está un poco culona, pero todavía tiene un buen revolcón, la Queta…”, se dijo para sí mismo, sin costarle esfuerzo alguno. Aquella menuda mujer de ojos azules y pelo largo, siempre le había gustado, a pesar de ser cuatro años mayor que él. Claro que entonces una mujer no podía ser mayor que el hombre y ahora… “ahora importan dos cojones todas esas tonterías, como si decides salir del famoso armario, ese que no parece tener fondo, y fugarte con el cura mismo, si se presenta la cosa, ¿a quién demonios le preocupa ya eso?, a Dios, seguro que no, porque Dios tiene que estar para otras cosas y no para gilipolleces de esas”… continuaba poniendo palabras sobre cada metro de su carrera.

Para Ramón, aquello no era un entrenamiento, ni había oído hablar de series, de cambios de ritmo, ni de ninguna de todas esas gaitas que giran en torno a quienes practican ese deporte de correr: el running. Para él, era un vehículo que lo ayudaba a encontrarse consigo mismo y sin saberlo estaba ejercitando su cuerpo y dando a su mente una buena razón para poder soportar que en casa quedara mudo de voz y pensamientos, mientras Fina hablaba y ponía palabras por ella, por él y por todo bicho viviente.

El sol por fin había sucumbido y a pesar de sus intentos agonizaba en el horizonte, dejando escapar sus últimos rayos, como brazos de un náufrago que pide desesperado esa ayuda que no llega antes de morir ahogado. Y así, resignado y algo meditabundo se detuvo frente al portal de su casa. Los casi cuarenta minutos de carrera lo habían dejado exhausto y mientras recuperaba el aliento imaginaba…

“Un buen plato de patatas fritas y dos huevos con chorizo, y un chato de vino y después a follar, como si tuviera veinte años… ¡¡qué hostias!! Y sin tener que hablar, que para follar uno se calla, Fina, y no hace falta decir ni una sola palabra y tú, tú ni follando te callas: mañana tienes que ir a hacerte el análisis de sangre; recuerda que caduca la ITV del coche”… cualquiera que lo hubiera visto, gesticulando y haciendo muecas, habría imaginado que estaba de manicomio, sin dejar de hacer guiños y sin oírsele pronunciar palabra alguna.

Aún fatigado abrió la puerta de casa y al hacerlo percibió un fuerte olor a coliflor pasada de cocción y oyó el sonido del televisor, que provenía de la salita… “eso era, otra vez coliflor”… de camino al baño, para ducharse y ponerse el pijama, echó un vistazo al pasar delante de la puerta de la cocina y le pareció inusual que no estuviera preparada la mesa con la cena. También le resultó extraño, agradablemente extraño, no escuchar el monótono hablar de su querida Fina.

La luz del baño estaba encendida y la puerta ofrecía cierta resistencia a ser abierta, como si algo detrás de ella impidiese el giro radial sobre sus bisagras. Empujó con fuerza, para vencer esa oposición y al colar su cuello en el baño quedó horrorizado: su Fina yacía desnuda y desnucada junto a la bañera, con la toalla tirada junto a ella, cubriendo parte de sus vergüenzas, sobre un suelo mojado, mientras un penetrante olor a lavanda perfumaba la pequeña estancia.

Fina, Finica, Finica, háblame, háblame, por Dios háblame… Finica – rompió a llorar como un niño, abrazándose a ella y haciendo mezclar su sudor con la humedad que aún quedaba sobre el cuerpo inerte de su esposa – venga, vamos a cenar, que tienes que contarme qué has visto esta tarde en la tele y decirme cuándo tengo que ir a la revisión de la próstata, además los críos nos esperan el mes que viene… Fina, Finica, dime algo, no puedes hacerme esto, no me dejes solo, no, mi vida, no me dejes solo…

Los llantos se oían a lo largo del pasillo y quedaban mudos con la banda sonora de la película que daba comienzo en el canal autonómico. La oscuridad fue inundando la casa y el reflejo del televisor rivalizó con el resplandor que se escapaba a través de la puerta entreabierta del baño, donde los sollozos de aquel hombre demostraban que el cariño, el afecto y el respeto por su amor, estaban muy por encima de palabras y quejas, y abrazado a ella lo comprendió.

Comprendió que, a pesar de todo, ella era su vida, comprendió que podía pintar de bravuconadas unos pensamientos que jamás irían a ningún sitio, comprendió que no había más realidad que aquella que le esperaba con los brazos abiertos en forma de palabras que salían de una boca que hablaba, hablaba y hablaba. Comprendió que su vida acababa de cambiar para siempre, en tan sólo un segundo y todo cuanto le había importado hasta entonces se coló por el desagüe de esa bañera que accidentalmente acaba de arrebatarle a su Fina, a su Finica, para siempre.

El destino, siempre caprichoso, salió a su paso para mirarlo cara a cara y ver en sus ojos al cobarde que era y ver cómo se derrumbaba entre palabras.

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Espero que te haya gustado este relato breve, si es así compártelo con quien creas que también le pueda gustar leerlo. Muchas gracias.

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4 comentarios a Palabras

  • marisa  dice:

    Real, triste y conmovedor. Me gustó

    Saludos

    • Paco Molina  dice:

      ¡Hola, Marisa! Muchas gracias por asomarte por este rincón y por compartir lo que este breve relato te ha parecido… cuánto se esconde detrás de las palabras, esas que a veces decimos o escuchamos y que sin embargo no demuestran lo que de verdad hay detrás de ellas, ¿verdad?

      Espero volver a “verte” por aquí, gracias nuevamente. Saludos.

      Paco.-

  • Fernando Murcia  dice:

    En palabras que bien pudieran salir del pobre Ramón te diré que eres un cabronazo, has conseguido emocionarme. Cualquiera de estas cosas, sea en la vida de un conocido o un extraño, hasta en un mismo relato ficticio, tiene que servirnos para apreciar más lo que tenemos que sin ser “perfecto” para los estándares del cine o de los cuentos de hadas lo es mientras sea para nosotros. Y si no nos hace felices, intentar cambiarlo.
    Muchas gracias de nuevo, amigo Paco, por compartir estos momentos con todos los que te seguimos.
    Un abrazo.

    • Paco Molina  dice:

      ¡Hola, Fernando! Mil gracias, por leer la historia de Ramón y por dejarme ese comentario que siempre me sirve para hacer un análisis posterior. Efectivamente, a veces no somos capaces de apreciar aquello que tenemos a nuestro lado o puede que, en caso de hacerlo, tal vez no seamos capaces de reconocerlo; de una manera u otra, en esta vida debemos mirar y saber ver qué es aquello que hace felices a quienes nos rodean y saber qué es lo nos lo hace ser a nosotros y comprender que, a veces, es posible que no tengamos aquello que deseemos, pero ¿quién nos dice que quizá no sea realmente eso lo que necesitamos?… como ves, me pierdo en PALABRAS, como esas en las que se perdía el protagonista de este relato corto.

      Gracias de nuevo y recuerda, tu emoción es mi emoción. Un fuerte abrazo.

      Paco.-

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