Pastillas para no volver…

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En la palma de su mano izquierda sostenía una pastilla, pequeña, de color blanco, redonda, una simple pastilla y con su otra mano asía un vaso lleno de agua. De pie junto a la encimera de la cocina miraba fijamente y sin pestañear aquella pastilla menuda, que bajo la potente luz del techo parecía aún más blanca. Sobre la mesa un envase de plástico recién empezado y a su lado la receta donde su médico le había prescrito cómo debía hacer la ingesta de aquellas pastillas:

1 ud c/12 horas – 7 días/semana

Parado e inmóvil, no conseguía apartar sus ojos de esa pastilla y se sentía incapaz de echársela a su boca, mientras en su cabeza aún resonaba el eco de la conversación del día anterior en la consulta de su médico de cabecera…

Doctor, no puedo seguir así, recéteme esas pastillas ya… quiero terminar con esto de una vez, acabar con todo y no volver a caer… sería incapaz de poderlo soportar, ya no, otra vez más no.

– Como quiera, sólo necesito su seguridad, su convencimiento y que firme la hoja de consentimiento necesaria para poder recetarle el tratamiento. Si así lo quiere, así será. Tome, lea esta hoja y en su parte inferior ponga sus datos personales y fírmela – le dijo poniendo ante sus ojos la hoja que le tendía el puente hacia ese camino que había decidido emprender.

No leyó tan siquiera una sola palabra de aquel formalismo médico, rellenó la última línea del papel impreso, lo firmó y girándolo ciento ochenta grados sobre la mesa se lo acercó hasta el Doctor, que callado no pudo disimular su curiosidad y le preguntó:

– No ha prestado la menor atención a esta hoja, se ha limitado a poner su nombre y plasmar su firma. ¿Tan poco le interesa lo que pone en ella o tan necesitado está como para aceptar este tratamiento, sin importarle lo que está firmando?

Doctor – le dijo mirándole fijamente a los ojos – quiero salir de esto de una vez. Llevo mucho tiempo engañándome y como ya le he dicho no quiero volver a caer.

– Su mirada y su actitud, su convencimiento, no dejan lugar a la más mínima duda y más allá de mi labor médica, esa que me permite aconsejar y recomendar, no soy quién para cuestionar la decisión tomada libremente por cualquiera de mis pacientes y usted es uno de ellos.

– Han sonado demasiado solemnes sus palabras, doctor, aún así le agradezco sus esfuerzos, pero comprenda que esta es una decisión completamente meditada.

El doctor acarició el teclado de su ordenador para rellenar los campos de la receta en blanco que ocupaba la pantalla de su monitor y a continuación la impresora láser escupió sin apenas ruido y lentamente el papel que para él representaba el billete a su libertad.

– Aquí tiene, presentando esta receta en su farmacia habitual se tomarán nota y le abrirán una ficha para dispensarle estas pastillas por un período de doce meses. Pasado ese tiempo deberá volver a verme, a mí o a otro compañero, en el caso que me hayan trasladado a otro centro de salud y si desea continuar con el tratamiento se le volverá a extender otra receta que le cubrirá otro año y así de por vida o hasta que decida mantenerlo, ¿alguna duda?

– Lo he comprendido todo perfectamente, doctor. Ya le aseguro que el año que viene nos volveremos a ver para que me expida una nueva receta. Por cierto, ¿cuántas pastillas debo tomar al día?

– Solamente dos, una por la mañana y otra por la tarde-noche, cada doce horas… disculpe que se lo pregunte una vez más, ¿está seguro?

– Sí, completamente, le repito por tercera vez que no tengo la menor intención de volver a caer.

– Espere – le dijo antes de que se pusiese en pie para abandonar la consultaPermítame una pregunta, si no es indiscreción. Muchos son los motivos que me argumentan quienes como usted vienen hasta mi consulta, se sientan frente a mí y me piden que les recete estas pastillas, ¿podría decirme cuales son los suyos?

– Sí, claro que sí – y comenzó a hablar:

– Todo empezó como una moda, una moda más… era algo más bien social, una manera nueva de hacer amigos. Me ayudaba a pasar un buen rato, era divertido y aunque costaba arrancar lo mejor siempre llegaba después, cuando terminaba: esa sensación de euforia, de bienestar, de optimismo casi me hacía flotar y hasta me sentía con más fuerzas para enfrentarme a mis problemas del día a día.

– Aquello estaba bien, bastante bien y sin darme cuenta comencé a querer más. Lo que empezó siendo una rutina de un par de veces a la semana, se convirtió en algo insuficiente y mi cuerpo comenzó a demandar un poquito más. Así empezaron mis cábalas para cuadrar mi horario laboral y buscar un hueco para poder hacerlo… hasta mi familia empezó a sentirse molesta con mi nuevo hábito y no me quedó más remedio que hacerlo en aquellas horas en las que ellos dormían o simplemente cuando no estaban en casa, para no robarle tiempo al tiempo de estar juntos.

– Llegué a practicarlo casi a diario, hasta que comprendí que era imposible sacar más tiempo para ello. Pero mi cuerpo me pedía más, mi cabeza me pedía más y sentía que necesitaba darle más, sentía que podía darle más. Subí la dosis y me pedí más a mí mismo, quería llegar más lejos, ser capaz de superarme un poquito más. Fue entonces cuando llegaron los parones y mi cuerpo empezó a dar muestras de cansancio, recayendo alguna que otra vez y teniendo que volver a empezar de nuevo. Pero no importaba, ya nos conocíamos y en poco tiempo nos volvíamos a encontrar.

– A esas alturas estaba conmigo casi la veinticuatro horas del día y no hacía falta que le dedicara parte de mi tiempo para pensar en ello, porque aparecía una y otra vez… al escuchar una canción, cuando veía un anuncio en una parada de autobús, al visitar una vieja ciudad o simplemente al cerrar los ojos antes de quedarme dormido. Mis amigos también estaban enganchados y eso hacía que fuera aún más fácil seguir con esa rutina. Una rutina que me motivaba, pero que al mismo tiempo me asfixiaba y me vencía… ¿lo comprende ahora? – le preguntó, dando por concluida su contestación.

– Sí, creo que sí, pero también creo que no ha tenido en cuenta otros aspectos e incluso que no ha pensado en las contraindicaciones de estas pastillas, ¿verdad?

– No, doctor, claro que no, ¿acaso importan? – terminó de decir poniéndose de pie y extendiéndole el brazo para estrechar su mano.

– No, tal vez no, en cualquier caso, será usted quien podrá comprobar por sí mismo si hay otras cosas que no ha tenido en cuenta. Mucha suerte… nos volveremos a ver – se despidió el doctor.

– Sí, nos volveremos a ver. Hasta el año que viene – se despidió, con una seguridad que se percibía en cada una de sus palabras.

Un trago largo de agua arrastró aquella primera pastilla garganta abajo, hasta llegar a su esófago, que se abrió de manera instantánea para dejar libre el paso al interior del estómago. Allí se mezcló con el desayuno que ingirió minutos más tarde y la posterior digestión permitió transportar hasta su cerebro, gracias al flujo sanguíneo, los primeros efectos de aquel medicamento milagroso. El tratamiento había comenzado.

[2]

– Siéntese – le dijo el DoctorDígame, ¿qué le sucede?

– Me equivoqué, debí hacerle caso… sin embargo no fue así y me equivoqué – confesó con cierto rubor, pero sin dejar de mirar a los ojos del médico.

– Perdone, no sé bien a qué se refiere, ¿de qué se trata?

– ¿No me recuerda?, estuve hace unos ocho meses por aquí y usted me recetó esas pastillas para no volver…

– Es verdad, ahora le recuerdo. Disculpe que no le haya reconocido, pero comprenda que son muchos los pacientes que pasan a diario por aquí. ¿Qué le ha pasado? – preguntó con cierta benevolencia el doctor.

El paciente le explicó:

– Las pastillas empezaron a hacer su efecto casi desde el primer día y aquella obsesión desapareció en apenas un par de semanas. La ansiedad quedó borrada en algo más de un mes y todo eso sin perder esa sensación de bienestar que me acompañaba después de cada sesión. Además desaparecieron las continuas molestias y aquellos remordimientos que siempre se colaban los días que no lo podía hacer dejaron de ser una realidad. Me encontraba fenomenal, era justo lo que había imaginado… pero poco a poco comencé a darme cuenta de algunas cosas que no había imaginado.

¿A qué cosas se refiere? – interrumpió brevemente el médico.

– Pues a sentimientos, a momentos que he dejado de experimentar y que esas pastillas no consiguen darme.

– ¿Por ejemplo?…

– Por ejemplo ver un simple amanecer, sentir la lluvia resbalar sobre mi piel, frenarme por la fuerza del viento, encoger mi cuerpo con el frío de la mañana, perderme en la oscuridad de la noche, notar el sudor escapando por mis poros, hablarle a un atardecer o notar la compañía de la soledad, mi ansiada y buscada soledad

– Pero, ¿por qué dice que no puede seguir teniendo todas esas cosas?, ¿acaso no sigue saliendo el sol cada mañana, no se moja si pasea bajo la lluvia y las noches, es que las noches han dejado de ser oscuras? Todo eso puede seguir sintiéndolo de igual manera, ¿no?

Doctor – le dijo mirándole fijamente a los ojos y con una media sonrisa en su rostro – usted sabe perfectamente a lo que me refiero. Usted también es corredor, ¿verdad?

– Se lo intenté explicar aquel día que vino usted por esas pastillas, pero comprendí que no venía dispuesto a escuchar y cualquier cosa que le hubiese dicho no habría servido de nada. Sólo era cuestión de tiempo y por sí solo comprendería que no existe medicamento alguno para dejar de correr. Jamás inventarán unas pastillas para dejar de hacerlo.

– Y sí, claro que soy corredorcontinuó hablándole, ya sin tapujo alguno – sé lo que se siente al correr, lo que te da el correr, lo que puede llegar a obsesionar eso de correr y lo peligroso que puede resultar correr si no eres capaz de saber hasta dónde puedes llegar. Conozco a la perfección las molestias que te acompañan casi a diario, las lesiones que en mayor o menor medida siempre vuelven a aparecer y las veces que te preguntas por qué demonios sufres una y otra vez. Sé lo que es todo eso.

– Como también sé de la indescriptible sensación de bienestar que precede cada vez que dejas de correr, el placer de contemplar un paisaje mientras sólo escuchas tus pasos, lo diferente que se ve una ciudad a golpe de zancada, el olor de la tierra mojada bajo tus pies cuando te pierdes en el monte o entre carriles de huerta y qué distinta se siente la brisa del mar con el cuerpo empapado en sudor – y seguía hablando.

– Sin olvidarme de esa energía que te acompaña todo un día si lo primero que has hecho nada más despertar es salir a correr, el malhumor que no puedes evitar cuando algún imprevisto te ha obligado a cancelar ese rato de ejercicio, que no es otro que “tu rato” o la tristeza que te embarga cuando alguna lesión te impide hacer eso que tanto anhelas y que sí, solamente es correr. Y por supuesto sin mencionar que también ha dejado de soñar… ¿verdad?

– Si me hubiera dicho todo eso hace unos meses… – comenzó a decir el paciente.

– No, tenía que descubrirlo por sí mismo y comprender algo que inconscientemente desconocía, pero a lo que su cuerpo y su mente se habían acostumbrado. Sólo era cuestión de tiempo y se daría cuenta que más allá de las necesidades físicas, más allá de ese “enganche” superficial, existe una atracción y unos beneficios que no se pueden sustituir y que se manifiestan sólo cuando uno es un verdadero corredor. Usted lo ha sufrido y sin saberlo ha podido descubrir el mejor efecto de esas pastillas, que en realidad sólo son:

pastillas para no volver… a dejar de correr.

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Pastillas para no volver…

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