Pepe, El Negro y la fachada del Emperatriz

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Volvió a casa, era Navidad. A la mañana siguiente, como cualquier domingo, se puso sus zapatillas y salió a correr. Volver a correr en casa era parte de su Navidad; callejear por el centro y perderse entre los lugares en los que había crecido era su regalo de cada año, era la manera de reencontrarse consigo mismo y de volver a sentir, a golpe de zancada, el latido de un corazón que siempre permaneció anclado a esa tierra.

El recorrido, circular, rodeaba de dentro a fuera y de fuera a dentro todo el casco antiguo y la parte nueva de la ciudad, regresando de vuelta por la famosa Calle Recoveros, donde siempre terminaba con un emotivo y fugaz abrazo de Pepe El Negro, al que más tarde pasaba a saludar y charlar con más tranquilidad.

Sesenta y cinco minutos de carrera le llevaron hasta el Hotel Emperatriz y ante su sorpresa halló vacía su fachada. Sus ojos lo buscaron, pero sus piernas no dejaron de correrSe le habrá hecho tarde hoy –pensó. Llegó a casa con una extraña sensación de desconcierto, que minutos más tarde fue de amargura, al tener conocimiento de la noticia: Pepe había muerto hacía unos días. Se había ido para siempre, dejando su hueco vacío, ese que ya nadie volvería a ocupar…

No recordaba, siendo niño, haber pasado ni una sola vez por delante del viejo hotel y que no estuviese sentado delante de su fachada. Era de piel muy morena, talla menuda y oronda figura, bigote fino, cabeza pelona, brillante como la de una bola de billar, mirada vivaracha y siempre mantenía un cigarrillo entre sus labios. Su aspecto era bastante descuidado y desprendía, desde unos cuantos metros antes de llegar a él, un fuerte olor a colonia varonil de esas que se meten en la pituitaria y son imposibles de sacar. Pantalones por debajo de su esférica barriga, calzoncillos asomando por sus riñones, camisa de cuadros, chaleco y unos impolutos zapatos, completaban su carta de presentación. Ese era Pepe, El Negro para todo el mundo, claro que también era conocido como Pepe, El Limpiabotas.

Su figura, delante del viejo hotel, era un elemento más del paisaje urbano de la céntrica Calle Recoveros, en la que a lo largo de sus apenas ocho metros de anchura y algo más de dos kilómetros de longitud, permitía cruzar la ciudad de un lado a otro de lo que antaño había sido la zona amurallada. Una calle peatonal de intensa vida, con un continuo devenir de paisanos, por la que transitaban durante sus quehaceres diarios.

A pesar del paso del tiempo, Recoveros seguía siendo una de las calles más animadas y en ella se combinaban edificios modernos con otros solariegos, de principios del siglo veinte, restaurados y rehabilitados como apartamentos turísticos, unos, y como locales de oficinas, otros. Los bajos de estos inmuebles ofrecían una amplia variedad de comercios de todo tipo, entre los que se encontraban zapaterías, joyerías, cafeterías, boutiques, farmacias, panaderías… en definitiva, un amplio abanico de negocios, algunos de los cuales seguían perdurando desde aquellos lejanos días.

Muchos detalles seguían recordando a aquella época y hasta el viejo hotel seguía mirando desafiante el paso del tiempo, manteniendo su modesta fachada, luciendo con orgullo sus tres doradas estrellas, como reflejo de su larga historia. Una historia de la que de su memoria era incapaz de apartar la redonda figura de Pepe, El Negro, siempre presente en la esquina del viejo hotel, justo allí desde donde se abría paso la pequeña callejuela de Justo Malvar. Aquella esquina era, para todo el mundo, la del viejo limpiabotas.

El limpiabotas era un tipo con don de gentes, afable, extrovertido, jovial, que no pasaba desapercibido para nadie. Nacido y criado en el humilde Barrio del Raiguero, aprendió todo lo malo y todo lo bueno que uno puede encontrar en la calle y eso, junto a su carácter despierto, lo convirtió en todo un superviviente. Avispado y trabajador, disimulaba a la perfección su ramalazo de holgazán, por lo que encontró en el oficio de limpiabotas la mejor manera de ganarse un sueldo. Sentado en la esquina del hotel, sacaba lustre a los señores más importantes de la ciudad, a los que se sumaban también muchos de los numerosos clientes del Emperatriz.

Entre sus recuerdos guardaba con cariño, siendo un niño, sus saludos de cada mañana, cuando se dirigía al colegio:

– Vamos Jorgete, venga al cole, que tienes que aprender mucho para que el día de mañana te hagas un hombre de provecho, te compres buenos zapatos y me des trabajo –decía, soltando una carcajada –¿De qué llevas el bocadillo hoy?, que no me entere yo que no te lo comes todo, porque si no te vas a quedar hecho un renacuajo, como yo… mira que poco crecí, por no comerme los mendrugos de pan que me daba mi santa madre –le decía apuntándole con su dedo índice y frunciendo el entrecejo, a modo de lección.

Con los años, las cada vez más numerosas tiendas de ultramarinos fueron llenado sus estanterías con cremas y ceras de zapatos, gamuzas y cepillos; fue cambiando la mentalidad, las costumbres y los hábitos de los conciudadanos, y además los clientes del viejo hotel pasaron de hombres de negocios a meros turistas, que lo elegían por su privilegiado enclave. En resumen, pocos zapatos que limpiar y mucho tiempo que matar. Fue la época en la que pocas veces lo vio dando cera y cepillo, y si menudeando con otro puñado de artículos…

Los lunes, vendía unas decenas de ejemplares del diario Marca; los martes, tenía un par de cubos de agua cuajados con ramilletes de geranios de colores; los miércoles, una gran perola humeante de café de olla, sobre un pequeño camping gas, con la que perfumaba de anís toda la calle; los jueves, era el día de ofrecer su extensa colección de llaveros, algunos de los cuales eran auténticas obras de arte; los viernes, era el día filatélico y tenía una vieja maleta repleta de sellos de cientos de países, algunos de los cuales aseguraba que valían toda una fortuna; los sábados, tocaba el turno de ofrecer bolsitas de alimento para las palomas de la Plaza Nueva; y los domingos, cartuchos de cartón con las pipas saladas más sabrosas que recordaba haber probado nunca.

El Negro era un buscavidas que, ante el evidente declive del oficio de limpiabotas, sacó a relucir su carácter más emprendedor. Claro que detrás de este hombre tan trabajador estaba su querida Esperanza. Ella era el alma de todo el ingenioso despliegue comercial que ofrecía cada día; ella era su luz en la sombra, la responsable de mirar por el bienestar económico familiar y quien le proveía cada día de los productos que ofrecía en su pequeño tambaliche, instalado justo al lado del sillón sobre el que se sentaban sus distinguidos clientes.

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Tras la ducha, se vistió, para salir a dar una vuelta con la familia y pasear por el tradicional Mercadillo de Navidad, instalado desde los últimos cinco años en la Plaza del Ayuntamiento. Al atarse las cordoneras de sus zapatos no pudo evitar acordarse de nuevo de él:

Jorgete, que no te vea yo nunca con los zapatos sucios, eso jamás. Si la gente supiera lo importante que es llevar los zapatos relucientes… –le solía decir a menudo –Podrás llevar algún lamparón, poca colonia y hasta te permito que vayas algo despeinado, pero los zapatos sucios, jamás. A mí no vengas con traje y corbata, y que al mirarte los pies lleves unos zapatos descuidados. Las personas se visten por los pies y en ellos es en lo primero que tenemos que fijarnos, así que desconfía de quien no lleve unos zapatos como Dios manda, hazme caso, Jorgete –terminaba diciéndole siempre, mientras se encendía un nuevo pitillo, como quien acaba de concluir un discurso y se toma su momento para saborearlo.

El paso del tiempo lo mantuvo fiel a su oficio, pero las nuevas ordenanzas y los requisitos municipales le obligaron a tener que ir dejando su punto de venta ambulante. Pero El Negro, aunque poco sacrificado al trabajo físico, tiró de su astucia y supo sacar partido a su conocida figura dentro de la ciudad, que le permitía tener amistades y contactos dentro todas las clases sociales. Ese privilegio, junto a su buen carácter, le valieron la concesión de una licencia para vender décimos de la ONCE, gracias a una supuesta minusvalía congénita un tanto dudosa. El caso es que, con enchufe o sin él, Pepe pasó a repartir la Suerte de todos los días, sin dejar su cepillo y sus cremas, con las que, de tarde en tarde, sacaba el brillo a los zapatos de algún vecino que lo visitaba más por su rato de conversación que por la necesitada limpieza de sus mocasines.

Era un defensor a ultranza del zapato clásico y para él la moda y las tendencias, que incorporaban otros materiales en este complemento del vestir, era poco más que una práctica abominable…

– Suelas de plástico, pieles sintéticas, telas, cauchos, cremalleras, remaches, la sustitución del cosido a mano por el empleo de colas de contacto, todo eso solo vale para hacer del calzado una prenda impersonal, burda, vulgarona y hortera. No hay más que mirar los ropajes con los que os vestís ahora los jóvenes. Se están perdiendo las formas, Jorgete, las costumbres y hasta el respeto. Sí, sí, como los oyes, se ha empezado a perder el respeto por los pies y vamos a llegar hasta la cabeza, perdiéndola también –llegó a decirle el día que lo vio vestido con unas zapatillas deportivas –¿Quieres jugar al fútbol, al baloncesto o correr?, hazlo, ¡qué jodienda! Pero cuando te vistas de persona para salir a la calle ponte tus zapatos como Dios manda, que el mundo necesita gente bien vestida o si no dime tú a mí, Jorgete, qué voy a limpiar a yo… el negocio se me va a pique, a pique… ¿quieres un cupón para el viernes? –terminaba diciéndome, cambiando de tema en décimas de segundo.

En el fondo era un tipo de lo más sensato, a la par que guasón y divertido, al que le gustaba defender la importancia del trabajo de los artesanos, como él mismo se consideraba, aún a sabiendas de la condena a muerte de un empleo como el suyo.

– Soy una especie en extinción, un dinosaurio más de esta especie mía que nació tras el boom de la Revolución Industrial. ¿Sabes qué fue la Revolución Industrial?, JorgetePepe, El Negro, tenía historias de todo tipo, sabía de cualquier cosa y a Jorge, como buen chiquillo, le encantaba sentarse a su lado a escuchar algunas de sus anécdotas, la mayoría de las cuales o todas, eran fruto tan solo de su imaginación.

Con los años, sus charlas fueron menos frecuentes, por su falta de tiempo, aunque siempre encontraba algún hueco para acercarse a verlo y disfrutar de su compañía. Desde su licenciatura y su trabajo, lejos de casa, solo se veían un par de veces al año y cuando le veía pasar corriendo, bien temprano, ya sabía que había vuelto a pasar unos días y reclamaba su atención, como si de una esposa abandonada se tratase:

– Pero bueno, ¿ya estás por aquí de nuevo? Pero si te pasas más tiempo en casa de tus padres que trabajando… anda, canalla, corre, corre, no te pares… te vas a quedar en nada. Válgame Dios la moda esta ahora que os ha dado a todos por correr –le decía al detenerse apenas unos segundos para saludarle, como anticipo de su posterior visita –no te pares, Jorgete, que te vas a enfriar, anda corre, corre. Un día de estos me voy a poner yo también unas zapatillas de esas y me voy a ir a vender los cupones corriendo por las calles, jajajajaja.

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Cuando paseaba entre la multitud, contemplando los puestos de artesanía y con el brazo sobre el hombro de su madre, vio a Esperanza. Enlutada de pies a cabeza, estaba sentada sobre una banqueta playera junto a una caseta de dulces navideños. Sobre su pecho lucía una tira de cupones de la Organización Nacional de Ciegos. Al verla no pudo evitar emocionarse. Le dio el pésame y comprobó, por el brillo de sus ojos, la tristeza y el amor que el recuerdo de su esposo había dejado en ella. Más de medio siglo juntos, siete hijos en común y otros tantos nietos, eran motivos más que suficientes para sentir el vacío que la pérdida de aquel hombre había dejado en su amada Esperanza.

Jorgete, en esta vida no hay nada que sea nuestro para siempre, por mucho que creamos tener, al final lo perderemos todo, menos la esperanza, eso jamás se pierde. Por eso, por muy bien o por muy mal que te vayan las cosas, recuerda que jamás debes perder la esperanza… por eso yo me casé con ella, sé que siempre estará en casa esperándome, jajajajaja. Qué mala leche tiene la menúa, pero tiene buen corazón, es limpia, buena madre y prepara el mejor arroz y costillejas de toda la provincia –recordó, como si se lo hubiese dicho el día anterior.

Una hora y media más tarde, con dos bolsas de pastelillos y turrones, y cuarenta euros menos en la cartera, pasaron caminando por delante del Hotel Emperatriz. Los recuerdos volvieron a agolparse de nuevo y esa noche, mientras cantaban villancicos y brindaban con sidra y pacharán, en silencio pidió por el descanso de su viejo amigo, ese al que ya no volvería a ver, pero que jamás podría olvidar.

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Al año siguiente, como cada Navidad, volvió a casa de nuevo. También, como cada año, volvió a madrugar, se puso sus zapatillas y salió a correr. Repasó sus calles, ordenó sus recuerdos, se perdió en los mismos lugares que reconocería hasta con los ojos cerrados, tan solo por el olor que desprendía cada rincón de ellos… Marqués de Liaño, Martínez Blanco, Plaza del Agua, Salinas, Torres Fontes, Lebrel, Alameda Sánchez Rico, Andrés Infante, Peleteros, Gómez de Balboa, Rosario, Recoveros… y al pasar por delante de la fachada del Emperatriz se detuvo en seco, sorprendido, aturdido, despistado.

Allí estaba su viejo amigo, su querido Pepe, El Negro, apostado justo al lado de su sillón de limpiabotas. A sus pies, en una pequeña placa de bronce del mismo color que su tez, leyó emocionado:

En memoria de Pepe, El Negro, cuyas manos cuidaron y sacaron brillo a los pasos de todos los que un día caminamos por estas calles.

La fecha y el nombre de la ciudad completaban la inscripción con la que se rendía homenaje, en el primer aniversario de su fallecimiento, a un buen hombre, a un amigo, que a partir de entonces permanecería no solo en su recuerdo, sino en el de todos. Había vuelto a su lugar de siempre, ese que nunca nadie podría ocupar ya.

La ducha, tras la carrera, le resultó tan reconfortante como siempre, pero sin duda nada le reconfortó tanto como saber que cada vez que pasase por delante del aquel rincón tendría la mirada y la sonrisa socarrona de su buen amigo.

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Pepe, El Negro y la fachada del Emperatriz

Los recuerdos van y vienen, las personas, van y vienen, aunque algunas llegan a nuestras vidas para siempre. En recuerdo, por el recuerdo, de todas ellas, como el de Jorge por su querido limpiabotas. Si te ha gustado este relato breve, compártelo. Muchas gracias.

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