Perdidos en el cielo

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Ayer miré al cielo… a ese cielo que es algo más que la esfera aparente y diáfana que rodea la Tierra, mucho más. Ese cielo no es sólo esa atmósfera bajo la que todos los seres vivos nacemos, crecemos y morimos. Un cielo que va más allá de ese apelativo cariñoso que se dice a una persona y por supuesto, no podía faltar, un cielo que también podemos ver, según la creencia cristiana, como la morada en la que los ángeles, los santos y los bienaventurados gozan de la presencia de Dios.

De todas esas definiciones, extraídas de nuestro fértil Diccionario de la Lengua, me voy a quedar con la última, esa que sirve para dar contestación a una de las dudas universales del hombre: ¿Dónde vamos cuándo morimos? Dicho de otra manera, que resulte menos funesta, el cielo es ese lugar donde vamos a parar todos los que un día pasamos por esta mundo, siempre que, lógicamente, hayamos llevado una vida ordenada, cabal y sensata, en resumen: hayamos sido buenos. En ese caso las puertas del cielo se abrirán para cada uno de nosotros o de lo contrario nos daremos de bruces ante la entrada de la casa de Dios.

Imagino que coincidiréis conmigo en que todos, todos, nos hemos preguntado alguna vez cómo es ese cielo, sobre todo cuando éramos niños, porque una vez que ya crecimos nos volvimos menos imaginativos y fantasiosos, y entonces dejamos de pensar en él. Con toda seguridad apostaría toda mi fortuna y no la perdería al afirmar que con los años ya ninguno o casi ninguno hemos vuelto a preguntaros por su apariencia y ni tan siquiera nos preocupa si el cielo, ese cielo donde se supone que iremos todos (porque todos, de una manera u otra, somos buenos), queda más cerca o más lejos.

Preguntas triviales al margen, la esencia de este es un post no tiene nada que ver con ese tufillo despreocupado de estos primeros párrafos, ya que la idea de escribir sobre el cielo me sobrevino el pasado domingo, al escuchar la trágica y lamentable noticia del fallecimiento de dos corredores que ese mismo día habían participado en una prueba de maratón. La noticia de la muerte de cualquier ser humano ya es lo suficientemente triste por sí misma y las causas o motivos que la provocan sirven para comprenderlo la mayoría de las veces, aunque existen otras ocasiones en las que no hay una explicación aparente.

La del domingo no fue la primera vez que escuché una noticia como esa, de igual manera como sé que desgraciadamente tampoco será la última, pero no por ello dejo de impresionarme. Perder la vida, poner de golpe rumbo al cielo mientras se practica ese deporte que uno ama resulta del todo inexplicable, sobre todo si asociamos precisamente deporte con salud. Irónica paradoja esa de encontrar la muerte mientras uno se ejercita físicamente, con el único afán de sentirse ágil, fuerte y sano, sobre todo sano.

Las preguntas no tardan en aparecer y se trata de buscar explicación al porqué de una muerte como esa… que si tal vez nos exponemos a un riesgo físico sin medir las consecuencias, que si debemos hacernos chequeos y revisiones médicas que nos aseguren que no padecemos ninguna anomalía coronaria, que si debemos llevar unos hábitos alimenticios y de vida sanos y equilibrados y otras tantas recomendaciones más… todas ellas acertadas, desde la primera hasta la última, pero que al saltar la noticia se vuelven meras conjeturas con la única intención de arrojar luz sobre la sombra dejada por ese desgraciado suceso. Un suceso que en algunas ocasiones sobreviene a corredores con poca experiencia, mientras que otras veces sucede en aquellos con una dilata trayectoria, haciendo aún más incomprensible este hecho.

Más allá de la incomprensión y lejos de todas las cábalas que se puedan hacer, lo único cierto es la pérdida de un miembro de la gran familia que formamos todos los que amamos y practicamos el deporte de correr. Un deporte en el que encontramos mucho más que una actividad que no sólo nos permite estar en forma físicamente, sino estarlo también psicológicamente, fomentando al mismo tiempo las relaciones sociales y estableciendo lazos de amistad y compañerismo entre quienes encontramos en nuestros kilómetros argumentos para no dejar de correr jamás.

Argumentos que no dejaremos aquí abajo cuando llegue el momento en el que debamos partir rumbo a ese cielo que cada día nos cubre, nos protege y nos observa sin apartar su mirada de nosotros. Un cielo, caprichoso tantas veces y que en esta ocasión ha querido llevarse con él a dos runners, para que junto a esos otros que un día también se fueron siembren todos sus rincones de sueños e ilusiones, esos que brotarán en cada una de sus zancadas, mientras acumulen kilómetros y kilómetros en unas piernas que ya no se cansarán.

Y esos sueños, esas ilusiones, caerán sobre nosotros, empapando nuestros cuerpos, nuestras almas y contagiando la pasión de todos aquellos que un día dejaron de correr a nuestro lado para hacerlo lejos de miradas, de aplausos, de gritos de ánimo, en definitiva lejos de todo lo que conocemos. Y allí, perdidos en el cielo, en ese cielo que un día los llamó, correrán toda la eternidad…

Porque un corredor nunca dejará de serlo y nunca dejará de correr, ya sea aquí o en el cielo… en ese cielo que ayer miré.

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Perdidos en el cielo

Por todos aquellos que han perdido su vida practicando este deporte, D.E.P. Si te ha gustado este post, compártelo. Muchas gracias.

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