Regálame un amanecer, tan solo un amanecer

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Son muchas ocasiones en las que me suelo referir al amanecer… tantas como las veces en las que nos miramos ambos: él desperezando un nuevo día y yo corriendo en ese silencio que precede a su efímero momento. Un momento íntimo, donde nos encontramos de forma casi diaria, solos ambos: el amanecer y yo. Sí, me estoy refiriendo a correr en esas horas del día donde la noche se apresura a recoger todas sus pertenencias, para dejar su sitio al amanecer, que despacio y casi sin querer va ocupando su lugar.

Resulta extraño, casi mágico, como a lo largo de los años he ido cambiando, o mejor dicho he ido adaptando, mis circunstancias personales y laborales para salir a correr y como, de todas ellas, he descubierto que si existe algún instante único para hacerlo es el que acompaña al despertar de un nuevo día. No soy capaz de precisarlo, solo sé que de repente llegó un día en el que ese silencio al que me he referido antes se convirtió, de manera inesperada, en muda banda sonora de cada amanecer y desde entonces sentí que estaba atrapado en él, y sucedió:

algo tan rutinario, tan repetitivo y tan usual como el amanecer se convirtió en una parte de ti, en algo necesario, casi tanto como respirar.

Es la simple ascensión del sol más allá del horizonte que lo esconde, el simple despertar de unos rayos de sol que pese a ser los mismos cada día percibes como únicos… ellos, esos rayos qué horas más tarde de nuevo volverán a cobrar protagonismo cuando llegue el momento de su descenso, el del ocaso que representa el declive y la pérdida de su fuerza, el fin del día: llega entonces el atardecer.

Dos instantes repetidos, compartidos, observados, objetos de deseos, de sueños, de ilusiones, de esperanzas confesadas unas veces, calladas otras. Dos instantes con idéntico protagonista y que sin embargo no logro percibir con la misma atención… amanecer solitario, habitual transeúnte al alba ajeno a las miradas, repleto de fuerza capaz de hacer girar el planeta y que pese a todo templa y dosifica su lento aparecer… atardecer multitudinario, protagonista de postales tantas veces repetidas, reflejo de pupilas enamoradas, acompañado por el sonido de cuerdas de guitarra y palmadas rasgadas al unísono, viajero exhausto que alarga sin remisión su lenta agonía.

Ambos, pequeños regalos que la vida nos concede a diario y a los que, tal vez por eso, no siempre prestamos la atención que merecen. Sí, suele ocurrir con aquello que tenemos día sí y día también, con todo lo que somos conscientes que no nos faltará y que pese a todo no valoramos. Pocas cosas tendremos todos los días de nuestra vida, hasta que nos convirtamos en un simple recuerdo, y el amanecer y el atardecer son parte de esas cosas. El tiempo, es otra de ellas… el tiempo como dimensión, ese que un día nos empeñamos en encerrar dentro de un artilugio llamado reloj, con el único propósito de contarlo y controlarlo sin parar, sin darnos cuenta, estúpidos de nosotros, que es él el que nos controla y gobierna.

No creáis que me he despistado, claro que no, porque aunque no lo parezca estoy hablando de correr, de manera velada, de un modo que quizá se pierda entre mis palabras, pero ellas son el fruto de la experiencia de algo tan básico como hacerlo, correr, siendo mero espectador de un amanecer o sí, también de un atardecer, pese a mi debilidad por el primero. ¿Y por qué el amanecer?, podréis preguntaros, ¿por qué correr al amanecer?…

Tal vez porque en él se encierra todo lo que deseo o espero del nuevo día, ese que me traerá lo que busco o, por qué no, también lo que sueño. Es la esperanza materializada en la luz de unos rayos del sol que aún no vemos, la intuición más certera de lo que sucederá en minutos, el final repetido mientras no dejo de correr, convirtiéndome en un autómata que persigue y desea llenarse de él, respirar su luz, oler su silencio, saborear los segundos que preceden a su aparecer… coger en un puño cuatro deseos y robarle, sin que lo note, parte de su energía, esa que brota y emana para iluminar un caminar que minutos antes bañaba la luz artificial de unas farolas que entonces, estúpidas, se preguntan qué pintan ya ahí.

Es el inicio de un día más, mientras siento que el mundo entero duerme, ajeno a todo cuanto sucede más allá de sus párpados cerrados, sin darme cuenta que tal vez sea yo el que sueña despierto, a golpe de zancada, haciendo que mis piernas sean las protagonistas de una realidad que no va a ninguna parte, no viene de ninguna parte y tan solo corren, nada más que corren. Siento que la soledad se vuelve más solitaria y el silencio se hace más callado…

No es más que un amanecer, nada más que eso y como un niño insaciable pido otro, otro y otro más; solo quiero un nuevo amanecer, le pido a la vida que me regale tan solo un amanecer para verlo, sentirlo, para vivirlo… corriendo, dejando escapar sueños, mientras mastico el sabor del nuevo día, con la seguridad de hallar en su camino el verdadero motivo que deleite mi paladar.

En cada amanecer nace algo más que un día, nace y se renueva aquello por lo que vives y te despiertas cada día, aquello que consciente o inconscientemente pone tus piernas en movimiento, para correr o simplemente para caminar. En cualquier caso, corras o camines hazlo: regálate un amanecer, tan solo un amanecer y corre, nunca dejes de correr

¿me acompañas, corremos?

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Amanecer

Mira, busca más allá del amanecer y pídele cada día aquello que deseas. El amanecer es un nuevo comenzar o la continuación de lo que persigues… si te ha gustado este post, compártelo. Muchas gracias.

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