Un rival a la medida

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Parece imposible imaginarse el deporte sin un rival al que batir, ¿verdad? Así a bote pronto y de manera directa, ¿qué sentido tiene un deporte en el que no debas ganar a un rival? ¿Os imagináis un partido de fútbol, baloncesto, balonmano, voleibol… donde no venciese ningún equipo? ¿Y qué me decís, por ejemplo, de un partido de tenis donde un paralelo ganador no tuviese el valor de un set? Seguro que el público no se levantaría de sus asientos por la emoción del punto conseguido, ni los hinchas de los clubes vivirían el amor por sus colores con la misma intensidad y fervor, ¿no os parece?

Sin duda, el deporte siempre va unido a la victoria, al triunfo, a derrotar al contrario, al rival y por mucho que pretendan vendernos aquello de Lo importante es participar, lo cierto es que además de tomar parte, buscamos y deseamos conseguir la victoria, siendo nuestro rival el que muerda el polvo, figuradamente hablando, mientras nos alzamos erguidos sobre él, como laureados guerreros victoriosos, tras la batalla disputada dentro de los límites de un terreno de juego destinado a ello.

Después de leer ese último párrafo seguro que os estaréis preocupando por mi salud mental, ¿verdad?… Este ha perdido la chola… Tranquilos, no, de momento gozo de la misma racionalidad que suelo tener y esa épica manera de describir el triunfo sobre nuestro rival es precisamente todo lo contrario a como lo entiendo yo, cuando hablamos de nuestro deporte, es decir, cuando hablo de correr.

Echando la vista atrás, me recuerdo desde niño practicando algún deporte, en grupo o individual y siempre figuraba sobre el tapete el objetivo de conseguir la victoria y hacer así que el rival de turno quedara por detrás. Y es que no nos equivoquemos, pero desde que nacemos parece como si llevásemos de manera intrínseca ese gen donde la victoria o la necesidad por llegar los primeros es el principal objetivo, deportivamente hablando. Es el espíritu de la competitividad.

Es en esa competitividad precisamente donde radica la principal diferencia entre unos y otros, ya que todos no somos igual de competitivos, como consecuencia de tener desarrollado de manera muy distinta ese rasgo de nuestra personalidad. Hablando en primera persona, reconozco, sin ruborizarme, que si había algo que no me gustaba nada, pero nada, nada, y que me hizo coger más de uno y más de dos berrinches, era eso de perder. La derrota a manos del rival nunca fue un trago de buen gusto y no me gustaba sufrirla ni a la chapas, claro que hoy por hoy tampoco me pirra la idea de ser vencido por un rival, aunque es bien cierto que hay algo que ha cambiado dentro de mí…

Ese cambio va ligado, como no podía ser de otra manera, a nuestro querido running y cómo he aprendido que, gracias a él, una derrota no es que otro igual a ti te venza, no es perder una carrera, no es quedar en otra posición distinta a las que figuran en el puesto de honor, no, una derrota no es nada de eso… sí, pero no. Gracias a este deporte he comprendido que el verdadero rival no es aquel que se pone frente a ti, o mejor dicho, aquel que se pone junto a ti, porque al correr no nos confrontamos, puesto que todos nos ponemos en el mismo lado, todos corremos en el mismo sentido, nadie se mide contra nadie o contra todos al mismo tiempo, si se quiere ver de otra manera.

En cualquier caso, esa es para mí la esencia de este deporte, en particular y de todo el atletismo en general. Un deporte donde el único y verdadero rival somos nosotros mismos, y es al vencernos, al superarnos, cuando también dejamos atrás a quienes corren con nosotros, que no contra nosotros. Tal vez por eso, por entenderlo así, durante todos estos año aún no he llegado a sentirme vencido nunca y sí, por el contrario, he sentido que podía o debía haber dado un poquito más de mí.

Considerarlo como una evolución conceptual, fruto de la práctica de nuestro deporte y tal vez, por qué no, fruto también de la madurez que dan los años, pero ese rival que antaño veía frente a mí ahora tan solo lo visualizo al mirarme al espejo. Eso no evita que en una carrera persiga alcanzar la mejor posición posible y dejar tras de mí el mayor número de corredores que, como yo, participan en la prueba, claro que no, porque el gen de la competitividad sigue formando parte de mi ADN, aunque ahora no persiga vencer a nadie, salvo a mismo.

Por ese motivo, suelo escuchar con cierta curiosidad, no exenta de extrañeza, la abierta manifestación de corredores cuya participación en una prueba pasa por el deseo de cargarse a uno u otro corredor, mientras en mi interior prevalece el propósito de dar un poquito más en cada una de ellas, quedando en un segundo plano ese asesinato deportivo de otros corredores… claro que lo mismo es porque, como he dicho con anterioridad, cada uno tenemos desarrollado de distinta manera el sentido de la competitividad y es muy probable que el mío esté en unos umbrales algo más bajos.

Competitividades a un lado, me tomo la libertad de afirmar que correr es un deporte donde la amistad y la camaradería son dos rasgos que lo resumen perfectamente y donde el triunfo de un compañero, de un amigo, no se vive como una victoria sobre el resto, sino sobre sí mismo, al ser capaz de ser un poquito mejor y donde nuestro triunfo no precisa verse alimentado de un rival al que doblegar y sí, tan solo, de superarnos a nosotros mismos.

Quizá por todo eso, me marco metas a corto, medio y largo plazo, intentando ser un poco mejor cada vez que salgo a correr, cada vez que salgo a disfrutar… y sí, también a competir, a competir contra , tan solo contra , porque no quiero, no necesito un rival al que batir y sí un motivo por el que dar lo mejor de y de esa manera vencer al rival más difícil que tengo y que no es otro que yo. Y ¿sabéis por qué?:

Porque este rival está siempre disponible, descansa cuando descanso, corre cuando yo lo hago y para cuando me detengo, conoce mis fortalezas y mis debilidades y sabe perfectamente cuáles son mis miedos y mis ilusiones.

Por todo ello, no existe un rival más débil o más fuerte que y solo , con tu ambición y tu carácter competitivo, conseguirás que se vuelva como realmente desees… a tu medida:

Yo quiero un rival fuerte y ¿tú?

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Tú eres tu mejor rival

Somos como somos, capaces de llegar tan lejos como deseemos, como nos propongamos… ya sea corriendo o simplemente viviendo. El rival lo tenemos en casa, solo tenemos que hacerlo más o menos fuerte, más o menos débil y el camino será más o menos fácil, más o menos satisfactorio. Y tú, ¿estás de acuerdo conmigo? Anímate y deja tu punto de vista y si te ha gustado este post, compártelo. Muchas gracias.

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