Salta

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Salta, no esperes más, rompe con todo y salta… ¿acaso necesitas esperar más tiempo? – le decía una voz dentro de su cabeza.

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Llegó a la vida en plena mañana de San Juan, tras poco más de dos horas de dilataciones y contracciones, con una facilidad no exenta de complicaciones, pero con una rapidez que sorprendió tanto al ginecólogo como a la comadrona que asistió al parto. Nació en esa época en la que los hospitales estaban reservados sólo para unos pocos y donde lo normal era hacerlo en el propio hogar, sobre el mismo lecho conyugal, mientras el resto de la familia esperaba, repartida entre la cocina y el salón.

Ni un quejido, ni un “ay”, ni un grito se oyó al otro lado de las cuatro paredes de la habitación que hacía de improvisado paritorio, donde una mujer fuerte y capaz de aguantar cualquier dolor se mordía los labios, sintiendo el sabor de su propia sangre en la boca y la calidez de la hemorragia que corría por su entrepierna, dando paso a aquel hijo que había deseado con toda su alma.

El doctor cortó el cordón umbilical y asiendo por una pierna al recién nacido golpeó con firmeza sus pequeños glúteos, sin recibir la esperada respuesta. Sus entrañas quedaron vacías y ante el silencio que recorrió la habitación creyó que de nuevo había vuelto a suceder, se lamentó de haber parido nuevamente un hijo muerto, pero sus temores fueron erróneos: el niño rompió a llorar con todas sus fuerzas y aquel llanto recorrió todos los rincones de la humilde casa.

Aurora, es un niño, un niño sano como una manzana y con unos pulmones capaces de hacerle llorar con la fuerza que lo estás oyendo – dijo el Dr. Córdoba, con una sonrisa que reflejaba la satisfacción de poder decirle eso, tras cuatro partos malogrados.

Madre e hijo lloraban abrazados, el doctor y la comadrona se miraban aliviados, sin percatarse de una hemorragia que no habían terminado de cortar y en el salón, la mistela corría de vaso en vaso y el humo de puros y cigarros se exhalaban en señal de alegría, mezclándose con el calor que ya se dejaba sentir aquella soleada mañana de junio. Por fin había nacido el primogénito.

Aurora había visto cumplido su anhelo más deseado y la muerte le llegó sumida en un estado de felicidad pleno. Fue un dulce dormitar, que le hizo perder el sentido sin darse cuenta, dejando grabada en su retina la imagen de aquel pequeño al que había dado la vida, sacrificando la suya y dibujando una sonrisa en su rostro, reflejo de la bondad y la generosidad de una mujer que por fin había sido madre.

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– Yo te bautizo con el nombre de Juan, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, Amén – dijo el Padre Ramiro, dejando caer el agua bendita sobre la cabeza del huérfano, un mes después de haber dado sepultura a la madre del pequeño.

Siempre habían imaginado esa ceremonia repleta de amigos y familiares, pero la misma se ofició en la más absoluta intimidad, con la única presencia de los abuelos, los tíos directos y el desgraciado viudo, al que la repentina muerte de su mujer había sumido en una honda depresión. Honda pero no eterna, puesto que en poco más de seis meses pasó del negro al blanco… o más exactamente, al rojo, que no era otro sino el color del carmín que siempre ponía en sus labios Carmela, la joven hija del sastre al que le había encargado su traje de luto.

Fueron sus abuelos maternos, pero sobre todo su abuela, quien se encargó de criar y educar a aquel pequeño, al que muchos veían como el culpable del fallecimiento de la querida Aurora. Para otros, sin embargo, simplemente había sido el resultado de una lucha continua con la muerte, en la que las veces anteriores se había llevado por delante a los casi recién nacidos, pero que en aquella ocasión miró hacia el otro lado, cansada de aquella mujer que se empeñaba en entregarle niños una y otra vez.

Con un padre, despreocupado de sus obligaciones hacia él, con una abuela, que tan pronto lo cogía en su seno y lo mecía entre nanas, como le profería insultos y empujones, y con una familia, en la que la indiferencia era el sentimiento que mejor podía definir la relación que los unía, Juan creció como si fuese un pequeño barco a la deriva, dejado en medio de un inmenso océano, perdido y que soportaba con igual entereza tempestades y días de calma total.

Salta, venga, ¿a qué esperas? Eres un miedica, salta, jopeta – le decía con insistencia El Míguel, desde el otro lado de la acequia.

– Es una nenaza, ¿te cogemos de la mano?, jajajaja… nenaza, nenaza, nenaza, salta, nenaza – se burlaba una y otra vez Carlos, El Tomates.

Tonto… ¡voy! – y cogiendo impulso saltó el metro de ancho de una acequia, en cuyo fondo había más barro que agua.

– Oye, Juan, ¿por qué siempre vas de negro?, ¿es que no tienes ropa de otro color? – le preguntó con inocencia Julia, la única niña de esa pequeña y heterogénea pandilla.

– Porque es un asesino, cuando nació mató a su madre, ¿es que no lo sabes?, me lo dijo mi madre – respondió con crueldad El Tomates.

– Eres “gelipollas”, él no mató a su madre, se murió al nacer… – interrumpió con celeridad El Míguel, saliendo en defensa del tímido Juan, que con la cabeza gacha volvía a escuchar algo a lo que debía estar más que acostumbrado, pero que no dejaba de producirle un fuerte dolor que no era capaz de describir.

La Señora Caridad, su abuela, nunca había sido mujer de muchas miras y en sus cortas luces y sentimientos encontrados, jamás privó a su nieto del sustento necesario y siempre tuvo para él un plato de comida, un techo para vivir, ropa (aunque ésta sólo fuera negra) y estudios. Deseaba que aquel chico fuera un hombre de provecho y no quería que la falta de conocimientos lo condenase a vivir del campo, sin poder tener la oportunidad de tomar un camino diferente al que el pueblo podía ofrecerle.

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– Tío eres un cortarollos, va, hostia, salta ¿a qué mierda esperas? – le decía, mirándolo fijamente, con unos ojos que empezaban a vidriarse.

– No le aprietes, Carlos, él va a su ritmo, ya se lo meterá, tú a lo tuyo – dijo El MíguelJuan, cuando quieras, salta, no le hagas caso al pringao éste. No hay prisa, verás cómo flipas… salta y déjate llevar – concluyó.

– ¿Sabéis que Julia está este fin de semana en los Campeonatos de España?, ella sí que ha sabido hacerlo bien. Qué envidia, me encantaría poder estar allí con ella – comentó Juan.

– Eres un flipao, tío, pero si siempre has sido un comemierdas, acojonao, que nunca has tenido huevos para nada, anda métete el pico ese de una puta vez y deja de decir tonterías… ¿a qué pollas viene aquí ahora la tonta esa, que sólo sabe correr? – dijo con voz lenta y entrecortada El Tomates, que comenzaba a sentir el efecto de la heroína entrando en su venas.

– Sssshhhh, callaros, joder, que me estáis dando un muermo, venga, Juan, salta, hostia, salta – terminó de decir Miguel.

Juan pinchó su vena con aquella fina aguja e imitando a sus dos amigos introdujo la jeringa de caballo en su flujo sanguíneo. Un escalofrío y un sudor alternos recorrieron todo su cuerpo, que poco a poco se fue reclinando en el sillón sobre el que estaba sentado, cerrando sus ojos e imaginando que se encontraba muy lejos de allí. Sintió cómo la mano de Miguel recorría su entrepierna y sin apenas tiempo de reacción cayó en un placentero sueño.

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Sentada en el suelo, ataba los cordones de sus zapatillas, con firmeza, como queriendo pegarlas a sus pies. A su derecha la representante andaluza, a su izquierda la gallega, más allá estaban el resto y en la calle 7, ella, preparada para escuchar el pistoletazo de salida y correr con toda su alma. Cien metros, tan sólo cien metros que poco a poco la habían conseguido alejar de aquel pueblo, de aquellos recuerdos que a veces se asomaban a su cabeza…

– Juan, ¿me acompañas a casa? – le preguntó una tarde de junio, recién terminado el colegio y con todo un verano por delante, que los dejaría a las puertas de una nueva etapa, la del instituto.

– Vale, te acompaño – respondió servicial.

– Venga, ya se van las chicas, Míguel, vamos a pillar algún gato, que llevo unos petardos – sugirió El Tomates, echándole el brazo por encima del hombro al Míguel.

– ¿Por qué vas siempre con ellos?, no dejan de meterse contigo – le preguntó Julia.

– No, El Míguel no, es El Carlos, pero no le hago caso, es así… además, no tengo más amigos. ¿Sabes?, me alegro mucho que hayas venido, te echaba de menos – comentó Juan.

– Con los entrenamientos apenas me queda tiempo y como tengo que ir la capital, pues ya sabes. Ahora toca descanso, pero cuando llegue septiembre va a ser diferente, me han dado una beca deportiva y vendré poco por aquí… tenías que haberte animado a hacer las pruebas; tú corres mucho, en clase eres de los más rápidos y seguro que te habrían cogido – le dijo la chica.

– No, que va, ¿dónde voy yo?, eso no es para mí, además mi abuela quiere que estudie y si me voy fuera pensará que no lo voy a hacer. Además eso de correr – se lamentó, mirando hacia el suelo, sin atreverse casi a mirar a la chica, que lo observaba sin quitarle el ojo de encima.

– Bueno, yo creo que sí, pero tú sabrás, por cierto, ¿no te cansas de ir siempre vestido con ropa del mismo color? – preguntó tímidamente Julia.

– No, si mi abuela me viese con una camisa de otro color le da un patatús, jajajajaja – bromeó el chico.

– Oye… jajajajaja – le siguió ella.

Julia… – dijo Juan.

– Dime – le contestó mirándole fijamente a los ojos.

– Te voy a echar mucho de menos – dijo, apartando su mirada de la mirada de la chica.

– No digas eso, que aún no me he marchado y además tenemos todo el verano por delante, ¿no? – dijo besándole la mejilla.

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Un escalofrío recorrió toda su piel y de un brinco se puso en pie. Sacudió su cuerpo con fuerza, movió sus brazos y piernas como queriendo soltarlas del tronco y tras un par de saltos se puso en posición de salida. La prueba estaba a punto de comenzar.

– A sus puestos… preparados, listos – el disparo marcó el inicio de la carrera y las piernas de las chicas comenzaron a moverse a un ritmo vertiginoso. Las gradas albergaban un público entregado, que expectante ansiaba saber quién sería la ganadora de esos cien metros.

Estaba desnudo de cintura para abajo, y a su lado El Míguel y El Carlos estaban a lo suyo… una extraña sensación de quemazón subió de pies a cabeza y se dio asco, no pudo evitarlo y se avergonzó de sí mismo. Se vistió a toda prisa y salió de aquella casa que tenían como refugio. Echó a correr

Julia alzó su brazo izquierdo y con una amplia sonrisa saludaba, desde lo más alto del podio. Con un ramo de flores en su otra mano y la medalla que le otorgaba el primer puesto, colgada de su cuello, se sintió flotar; era como haber conseguido dar el primero de muchos saltos que la vida le tenía preparados.

Juan levantó sus dos brazos y tomó impulso. El horizonte, anaranjado, anunciaba el fin de un nuevo día, de un día en el que por fin había reunido ese poco de fuerza que siempre había necesitado y que de haber tenido en otro momento tal vez no lo hubiera llevado hasta allí, sino muy lejos… la muerte le había otorgado la oportunidad de una vida que debió aprovechar, pero fue ella misma la que le condenó a vivirla así.

Julia recibía los abrazos y besos de compañeras, rivales, amigos y familiares, y tuvo una extraña sensación, una sensación que le hizo dar un salto y con una amplia sonrisa se dijo, sin saber por qué: Salta.

[…]

Salta, no esperes más, rompe con todo y salta… ¿acaso necesitas esperar más tiempo? – le decía una voz dentro de su cabeza.

Tras ese impulso, saltó y todo quedó en calma

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Salta

¿Qué es la vida, sino un continuo salto?, desde que nacemos no dejamos de saltar y cada uno de esos saltos deja una marca en nuestra vida. Algunos son saltos pequeños, otros requieren de un gran impulso y otros suceden sin tan siquiera darnos cuenta que hemos despegado los pies del suelo… Espero que te haya gustado este relato breve, si es así compártelo con quien creas que también le pueda gustar leerlo. Muchas gracias.

 

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