Se paró

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Se paró… la noticia del fatal accidente, radiada en el parte de noticias de mediodía, le erizó la piel sin ningún tipo de fundamento y como si de una trágica premonición se tratara se bajó de la carretilla en la que se pasaba ocho horas al día y aun con la carga de un camión frigorífico a medio completar se marchó para casa

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Se paró… tan solo llevaba cuarenta minutos de su entreno de domingo, pero se paró. No lo habría imaginado al poner su despertador la noche antes, como tampoco habría pasado por su cabeza mientras se vestía, sigiloso, en el cuarto de baño. Su mente estaba en otra cosa mientras se tomaba el café recién hecho, no lo habría sospechado cuando pensaba en la carrera que le esperaba tres semanas más tarde y lo habría negado de haberlo escuchado en boca de alguien, al atarse los cordones de sus zapatillas… pero se paró.

Treinta y ocho años era tiempo más que suficiente como para haber tenido motivos que lo hubiesen hecho detenerse, que lo hubiesen apartado definitivamente de kilómetros y kilómetros, pero sin embargo no lo había hecho. Nunca llevó la cuenta de tantas carreras en las que había participado, de hecho jamás dedicó ni un solo minuto a guardar recuerdo alguno de ello. Para él, correr empezaba cuando daba su primera zancada y finalizaba cuando daba la última… pero se paró.

Nunca había lucido un reloj en su muñeca, los entrenamientos cronometrados no formaban parte de su plan de entrenamiento, de hecho no sabía ni qué era un plan de entrenamiento. Anárquico, pero metódico, carecía de un patrón de rutina deportiva, pero siempre había sido constante en lo que a correr se refería y su gusto por este deporte lo hacía salir casi a diario, como un adicto que necesita su droga… pero se paró.

Pese al tiempo transcurrido recordaba perfectamente el motivo que lo hizo atarse unas zapatillas por primera vez… estaba a punto de alcanzar la treintena y su proyecto de padre quedó truncado con apenas cuatro semanas de vida, las mismas que duró la gestación del feto que se habría convertido en su primera y única hija. Un pobre viejo sufrió un paro cardíaco mientras conducía por la nacional que todos las mañana cogía Rosa de camino a su trabajo. Un choque frontal, sin apenas gravedad, contra un camión cargado con material de ferralla detuvo de súbito el tráfico, dejando parte de su carga fuera de la caja del remolque con tan mala fortuna que se convirtió en decenas de espadas corrugadas que atravesaron el futuro que estaba por llegar.

La cera roja resbalaba por la piel de dos velas con forma de dígitos, colocadas de manera torpe sobre una pequeña tartaleta de pastel de manzana. Un tres y un cero formaban la imagen de su retina y en su mente un gran vacío, incapaz de pensar más allá de ese pequeño dulce. El duro trago que le había servido la vida era motivo más que suficiente para haber tomado un rumbo completamente alejado del que tenía, pero contrario a lo que se podría esperar siguió con su rutina, continuó con su vida, pero esta vez en solitario. No, nadie lo vio llorar, como tampoco hubo quien escuchase lamento alguno de su infortunio.

Poco más de tres meses después y por azar del destino, comenzó a correr. El motivo, la entrevista a una enferma de cáncer que escuchó una mañana de abril en su programa de radio habitual, mientras cargaba otro camión frigorífico, esta vez de brócoli y con destino a Londres. La historia de aquella mujer, de apenas cincuenta años, capaz de superar a la implacable enfermedad y de cómo correr le había ayudado a ello, le conmovió.

Y así, empezó a correr, quizá para olvidar o tal vez para recordar, no lo supo bien, pero empezó a correr. Fue su refugio, la manera de vivir aquella vida que tenía justo antes de cumplir los treinta… allí estaba Rosa, esperándole al volver a casa cada noche, con la pequeña Raquel en brazos, a punto de irse a dormir. Era capaz de oler a patatas al ajillo y sentir el sabor del arroz con leche caldoso que tan bien cocinaba. El tacto de su piel, incluso el olor de su pelo y el sonido de su risa contagiosa… todo mientras corría.

Su vida volvía a cobrar vida y sus zapatillas eran el vehículo que lo transportaban a ella… Rosa había dejado de trabajar, la niña acababa de hacer su Primera Comunión y por más que lo habían intentado no habían conseguido darle un hermano a Raquel. Habían hecho reformas en la casa y en verano solían viajar a cualquier rincón de España, siempre buscando una buena playa y un rincón donde descansar… mientras corría.

En el camino habían quedado amistades y un par de cambios de trabajo, que no habían alterado una vida, impertérrita, que empezaba a teñirse de canas y dibujar arrugas en su piella niña ya se había graduado y esperaba que pronto viniese con algún chico a casa, Rosa sufría casi a diario los molestos dolores de una artrosis que minaba sus huesos y el viejo Ford por fin pudo jubilarse con miles de kilómetros a sus espaldas… corría.

Pero aquella mañana se paróla niña, felizmente casada, vivía desde hacía años en Alemania y en casa tan solo quedaban ellos dos. Había pasado toda una vida y extrañamente se sentía cansado. Era como si no hubiese dejado de correr jamás y pensó que era el momento de hacerlo. Jubilado laboral, decidió que había llegado la hora de jubilarse también de su vida y antes de que despertase, posó una almohada sobre el rostro de Rosa. A continuación sacó la afijada hoja de su pequeña navaja multiusos e interrumpió el flujo sanguíneo de su muñeca izquierda… se paró.

Sí, se paró, comprendió que había terminado la vida dentro de su vida… había salido en su búsqueda y sin darse cuenta se había convertido en esclavo de sí mismo. Había conseguido encontrarse y tener aquello que siempre había anhelado, pero sin darse cuenta también se había alejado de su verdadera vida… se paró y volvió andando hasta casa. Vacío, roto por fuera, de la misma manera como lo estaba por dentro desde tantos años atrás.

Correr había sido el vehículo, la excusa, la mentira y mientras lo hacía vivía, hasta que él mismo salió a su encuentro y comprendió que todo, aunque no lo creamos, tiene un final y aquella mañana de domingo había llegado el suyo. Estaba cansado y no lo sabía, sus piernas habían dejado de contar kilómetros, su mente había dejado de inventar fantasías y su verdad, aquella amarga verdad que ignoró, se puso frente a él para decir basta.

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La noticia del fatal accidente, radiada en el parte de noticias de mediodía, le erizó la piel sin ningún tipo de fundamento y como si de una trágica premonición se tratara se bajó de la carretilla en la que se pasaba ocho horas al día y aun con la carga de un camión frigorífico a medio completar se marchó para casa… la llamada de la policía lo confirmó y sin llegar a colgar el auricular bebió tres vasos de agua, para ayudarse a ingerir el contenido de un frasco completo de tranquilizantes… y todo se paró.

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Todo se paró.

Desconocemos los episodios que nos depara la vida, sin embargo solo nosotros seremos los responsables de cómo los vivamos. Podemos quedarnos parados, huir hacia adelante o refugiarnos en nuestro mundo, sin dejar de mirar atrás. El protagonista de esta pequeña historia eligió su propio destino o ¿fue este el que lo eligió a él? Si te ha gustado este relato corto compártelo. Muchas gracias.

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