Si quisiera volar…

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Si quisiera volar, pediría que pintaran unas alas sobre mi espalda, para que anidaran en ella, desplegarlas contra el viento y que este me llevase con él, lejos, sobrevolando todo lo que conozco, todo lo que me rodea, todo lo que veo al despertar; si quisiera volar, compraría el traje de una ave jamás vista para enfundar mi cuerpo en él y me ayudase a elevarme del suelo y así divisar, desde las alturas, los tejados de los edificios, las cúpulas de las iglesias, los campanarios de las ermitas, las copas de los árboles; si quisiera volar, soñaría con volverme ligero como una pluma para que un soplo de brisa me llevase vagabundeando a media altura, sorteando el caminar de la gente en su día a día, colándome entre sus palabras, entre sus miradas, entres sus palabras; si quisiera volar, me convertiría en vapor de agua, para ascender hasta el cielo y allí posarme sobre una nube viajera que fuera de norte a sur, de este a oeste y de arriba abajo, bañando mis ilusiones con sus gotas de lluvia antes de precipitarse al vacío; si quisiera volar

Si quisiera volar pondría todo mi empeño en ello, vaciaría todas mis fuerzas, emplearía todo mi tiempo, gastaría toda mi fortuna, haría todo cuanto estuviese en mi mano para conseguirlo; si quisiera volar, me preguntaría por qué el Dios que nos gobierna no quiso que evolucionásemos como aves y sí como simples monos, negándonos unas alas a cambio de unas extremidades sobre las que nos erguimos, manteniendo un equilibrio perfecto que nos ayuda a caminar, con la cabeza apuntando a la bóveda celeste que nos cubre y los pies en permanente contacto con el suelo sobre el que nos enraizamos un poquito más cada día.

Si quisiera volar, me subiría a la azotea de mi memoria, escalaría hasta la montaña de mis recuerdos y desde allí, con los pies aún aferrados a mi presente, saltaría, en busca del siempre incierto futuro, sin importarme dónde me llevase si es capaz de concederme el loco anhelo de volar. Si quisiera volar, lo haría, sé que volaría, de la manera deseada, de la manera imaginada, lo haría, o quizá de la forma jamás pensada, pero volaríavolar sería una realidad.

Sin embargo, y a pesar de cuanto podáis imaginar, no deseo volar, no, no quiero ser ave, ni pluma, ni vapor de agua, no quiero pasear por el cielo, no busco despegarme del suelo que piso, del suelo que toco, del suelo que me atrae. Por eso, no recelo unas alas, ni guardo en mi armario un traje especial que me haga ligero, volátil, capaz de ascender hasta el infinito y regresar. No, no deseo volar.

Soy animal terrestre, bípedo, dotado de cuatro extremidades, que me otorgan un par de brazos, para abrazar y un par de piernas, para caminar. Piernas sobre las que intento mantenerme en verticalidad, que me sirven para desplazarme de aquí para allá… sí, piernas para caminar. Son mi motor, el elemento de mi estructura ósea que transforma en movimiento mi pensamiento, que transforman en realidad mi voluntad. Voluntad para caminar, para pasear y sí, por supuesto, voluntad también para correr.

Soy finito físicamente e infinito, mentalmente… físico cuando camino, infinito cuando corro, físico cuando pienso, infinito cuando sueño, finito cuando estoy parado, infinito cuando estoy en movimiento. Cuando corro siento como si en mi espalda prendieran esas alas imaginadas, como si mis zapatillas fuesen el motor del traje fantástico que me elevase del suelo, como si mi sudor fuera simple vapor de agua impregnado por meras nubes viajeras… cuando corro vuelo. Sencillamente, vuelo, no necesito nada más, hallo en mis piernas el vehículo perfecto para volar, para alejarme de allá donde me encuentro, para fundir en uno imaginación y realidad. Ellas, mis piernas, me permiten volar, son las alas de esa realidad y con ellas persigo lo que busco, y encuentro más de lo que deseo.

Soy fruto de esa realidad, de mi realidad y por mucho que lo intente no consigo evitar que se cuele dentro de mí, marcando mi presente y haciendo que mi estado de ánimo se retuerza en mi interior, dándome una y cien vueltas, en busca de esas alas que parecen salir de mis pies. No encuentro consuelo que colme mi deseo, sin alas para volar y unas piernas que no pueden correr, dejo de soñar, mi corazón deja de latir y el aire se hace, cada vez, más difícil de respirar. Por todo ello, no puedo evitar que una sonrisa ilumine mi cara cada día que salgo a correr o que mi mirada se encuentre perdida cuando eso deja de ser parte de mi realidad.

Si quisiera volar, volaría, pero no existe mejor vuelo que aquel que experimento al correr, aquel que me eleva por encima de mí, en ese preciso instante en el que mis piernas se empiezan a mover y da comienzo el milagro de correr, el milagro de volar… o quizá tan solo sea el desvarío de un psicótico corredor que jamás tuvo, ni tendrá, alas para volar y que no es más que un simple enfermo ávido de kilómetros que contar, de kilómetros que guardar, de kilómetros que correr. Tal vez por todo eso sé que no albergo duda alguna y sé que si un día quisiera volar sería muy sencillo…

Si quisiera volarcorrería.

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Si quisiera… correr

Quizá este sea un post con el perfil perfecto para formar parte de mi querida familia de “Lo que pienso mientras corro”, pero me ha faltado precisamente eso, correr, para haberlo recogido dentro de ella. Mientras que ese momento llega, seguiré pensando lo que pienso mientras pienso que corro. Y tú, ¿crees que correr está cerca de parecerse a volar? Anímate y comparte con todos qué es para ti correr y si te ha gustado este post, compártelo. Muchas gracias.

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