Superhéroes de papel cartón

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No son tiempos para superhéroes o tal vez ya no tengamos la edad para pensar o creer en ellos, ¿no os parece?… sí, estoy convencido que esa segunda afirmación es más correcta, puesto que el paso de los años nos ha enseñado a darnos cuenta que no existen fuerzas sobrenaturales, de la misma manera como también nos ha hecho comprender que los poderes extraordinarios y los superhéroes de cómic o celuloide no van más allá de las páginas o los fotogramas que los encierran, esos que les conceden vida eternamente.

Así define nuestro querido diccionario de la Real Academia de la Lengua el término en cuestión. Una definición básica, que pese a la capacidad

Superhéroe: personaje de ficción que tiene poderes extraordinarios

Atrás quedaron superhéroes como el hombre araña o aquel que guardaba su fantástica verdad bajo el disfraz de un apuesto periodista de gruesas gafas de pasta. También hubieron otros superhéroes que quizá no llegaron a esa categoría tan glamurosa, aunque para nosotros fueran algo más que héroes, como aquel pequeño Cid, ese loco y enjuto caballero de triste figura o los cuatro canes capaces de dar vida a la versión más divertida de los famosos mosqueteros de Alejandro Dumas, sin olvidarnos de cómo dar una vuelta al mundo en ochenta días, subirnos en la pequeña nave pilotada por Coyi Kabuto o ver que se podía tener cualquier cosa al alcance gracias al gadgeto brazo.

Sí, son recuerdos de una infancia que pese al tiempo no se han descolorido ni una pizca y permanecen con todo su esplendor. Un recuerdo y un esplendor gracias a los cuales soy capaz de distinguir con nitidez dónde están los verdaderos superhéroes, esos que sin antifaz, ni escudo protector, se instalan en nuestra vida y en silencio nos ayudan a descubrir cuáles son los únicos superpoderes, esos que sin hacerse notar los convierten en invencibles… o mejor dicho, en inolvidables.

Estamos rodeados de ellos, de superhéroes de cartón, cuyos supertrajes pueden ser unos modestos pantalones vaqueros y una camisa cualquiera, el uniforme de empleado de un supermercado, una toga de abogado, la bata blanca de un técnico de laboratorio, el chaleco reflectante para regular el tráfico en pleno atasco o un simple impermeable de color verde con olor a bonito. Cualquiera de ellos puede serlo, sin tan siquiera saberlo, tan solo por levantarse cada día con la ardua tarea de dar lo mejor de sí a todo aquel que se cruce en su camino, simplemente por la satisfacción que concede saber que somos lo que damos y damos lo que somos.

Superhéroes entre cuyas armas se encuentran algunas tan letales como el respeto, el amor, el agradecimiento, la disciplina, la responsabilidad, el sacrificio, la generosidad y la admiración; y todas ellas aún más mortíferas cuando van acompañadas de un gracias, un por favor o un lo siento y que si además reciben el complemento de una sonrisa o un abrazo podrían considerarse de destrucción masiva. Armas o poderes que pese a lo que podamos imaginar tienen, hoy en día, un carácter que va más allá de lo extraordinario.

¿Y por qué todo este despliegue de bondades?, ¿a cuento de qué el desfile de superhéroes de pega que nadie conoce y que ni tan siquiera llegarán a ocupar una mini columna en el periódico menos leído del mundo?, ¿se puede saber qué sentido tiene todo este palabrerío o este post de hoy va a ser tan solo el perfecto ejemplo de un charlatán?… podréis preguntaros, con más razón que nunca.

Si dijese que el sentido de todo este devaneo está ligado a nuestro querido running me tomaríais por un perfecto chiflado; nada más lejos de la realidad, porque sería muy torpe por mi parte afirmar que todo aquel que corre se acerca a convertirse en uno de esos superhéroes anónimos. No, por supuesto que no, sería una soberana tontería, así que dejemos de mirarnos el ombligo y creernos que todos los que corremos somos fantásticos, maravillosos y estupendos… no, claro que no. Yo, como corredor, no lo considero, ni mucho menos, sin embargo, sí puedo asegurar que este deporte, a lo largo de los años que llevo unido a él, me ha hecho cambiar mentalmente de manera radical.

Correr es un deporte que, pese a tener la posibilidad de practicarlo en compañía, siempre nos pide soledad. Una soledad que nos ayuda de manera innegable a encontrarnos con nosotros mismos y que unido al factor de la superación personal, nos concede la combinación perfecta para convertirnos en pequeños superhéroes, cuya seguridad de creer en nosotros nos dotará de una fuerza que nos hará invencibles… o casi.

Sí, correr es el trampolín capaz de trasladar a nuestro día a día el triunfo sobre nosotros mismos. Tal vez por eso sea habitual ver dibujada la sonrisa en la cara de un corredor… vale, durante el momento de pleno esfuerzo físico no, pero preguntadle después de haber concluido, tras un rato para recuperarse y veréis como esa sonrisa explicará sin decir ni una sola palabra qué hay más allá de correr… ¿y qué hay más allá de correr?

Para saber qué hay más allá de correr no es necesario cruzar la línea de meta en primer lugar, como tampoco es preciso subirse a lo alto de un podio, no, ni mucho menos. Para saber qué hay más allá de correr basta con ser capaz de estar al otro lado de la línea de salida o encaramarse a un cajón que cada vez tiene un peldaño más y donde tan solo estamos nosotros.

Por todo eso, no importa si llevamos vaqueros y camisa de cuadros, bata o batín, uniforme o traje de chaqueta, porque despojados de nuestra ropa y con tan solo unas zapatillas en nuestros pies somos más parecidos entre sí y así, cada día, nos haremos un poquito más superhéroes al descubrir, sin saberlo, que aún podemos conocer algo más de nosotros mismos. Mientras tanto sigamos corriendo, mantengamos nuestra confianza y no olvidemos que no hay mayores superhéroes que aquellos capaces de vencerse a sí mismos. Y me pregunto yo:

¿Qué es, salvo pretender vencernos a nosotros mismos, aquello que hacemos cada vez que nos atamos nuestras zapatillas?

Sigamos siendo lo que damos y demos todo aquello que somos (reitero)… seamos parte de esa legión de superhéroes de papel cartón y corramos sin parar hasta alcanzar nuestra mejor versión.

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Superhéroes de papel cartón

¿Crees que un deporte como correr nos puede conceder el título de superhéroe por el simple hecho de superarnos día a día? Estoy convencido, firmemente, que así es, como también estoy convencido que estamos rodeados de anónimos superhéroes, que sin hacer ruido nos contagian de sus mortales superpoderes. Si te ha gustado este post, compártelo. Muchas gracias.

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