Tarde

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– ¡JODER!, otra vez tarde… leches – se lamentó en voz alta, mientras miraba al mismo tiempo la hora en su relojMedia hora, normal, así quién demonios me iba a estar esperando. Bueno a entrenar solo una vez más, me cago en la viruta. Y encima tirada larga y sin música… en fin, vamos al lío, que solo falta que se me haga de noche y yo sin frontal, ¡mierda!

Comenzó a correr, sin dejar de quejarse, enfadado consigo mismo y harto de esa extraña habilidad por llegar tarde, por estar tarde, por enterarse tarde, por reaccionar tarde… – Tarde, tarde, siempre tarde – se repetía mentalmente, machacándose al tiempo que sus piernas comenzaban a dar las primeras zancadas y su cuerpo aún se encontraba lejos de romper a sudar.

Ese era Nacho, un licenciado en Biblioteconomía que trabaja como responsable de administración en una empresa de transportes y al que de nada había servido su inmaculado currículo universitario – Lo único que hice fue perder el tiempo y pasarme cinco años entre libros, mientras mis amigos se divertían, se enrollaban con todas las tías que podían y no daban palo al agua – dijo en voz alta, aprovechando que corría sólo junto al margen del río y nadie podía oírle.

Se llevaba catorce años con el hermano que le precedía y diecisiete con el mayor; sí, fue concebido algo tarde, en esos años que suponen la antesala de la menopausia para las mujeres y en la que sus padres jamás hubieran imaginado que aún fueran capaces de engendrar otro hijo. Pero sí, el desajuste hormonal de su madre y los efectos de una primavera recién llegada fueron el caldo de cultivo perfecto para que el bueno de Nacho comenzase a latir en el interior de su madre, la noche del 29 de marzo, tras un orgasmo que hizo erizar la piel al matrimonio de la misma manera como les había sucedido cuando fecundaron a los otros dos vástagos. Detalle, por cierto, que ninguno de los dos percibió.

Nueve meses y tres días después nació Nacho, convirtiéndose en uno de los primeros neonatos del nuevo año y cuyo simbólico honor perdió por tan solo tres minutos, que fue el tiempo que le sacó un bebé de Gandía, de nombre Viçent y que ocupó las portadas de la prensa autonómica, por ser el primer nacido del año que acababa de comenzar. Aquellos tres días más allá del periodo de gestación no solo le permitieron nacer en un nuevo año, sino que lo convirtió en uno de los primeros españoles cuya generación estaba ya exenta de tener que realizar el denostado servicio militar o en su defecto el servicio social sustitutorio. Ese hecho, por extraño que parezca, le disgustó cuando tomó conciencia de ello y lo de no poder verse vestido de militar jurando bandera, tal y como lo habían hecho sus hermanos, le molestaba bastante – Por un día, si hubiera nacido sólo un día antes – se pasó repitiendo durante casi doce meses, los mismos que habría estado llevando la vida castrense, de no haber nacido tarde.

Deportista de los que tienen poca habilidad para la actividad física, pero muy voluntarioso, se preocupó durante sus años de pubertad solamente por sus estudios y por los entrenamientos de fútbol tres veces por semana, lo que le hizo llegar tarde también a la cita con su primer enamoramiento. Un enamoramiento que durante todo un curso estuvo deseando la chica que, sentaba justo delante suya en el instituto, perdía los vientos por él, mientras este sólo la veía como una molesta compañera que cada dos por tres se volvía a preguntarle dudas de filosofía, sin darse cuenta que en realidad lo que quería era mostrarle sin rubor sus voluptuosos encantos femeninos.

Por un momento le vinieron a la mente las turgentes y grandes tetas de Sonia, aquella compañera de clase y se sintió turbado al notar cierta erección, que a pesar de ir corriendo se manifestó de manera notoria – Ostras, como me cruce con alguien – dijo en voz baja, sintiendo el característico calor que concede un rubor en la mejillas – Si la pillo ahora, anda que se me iba a escapar la Sonia, qué tonto fui, atontao perdío – se lamentaba, a pesar de no servir para nada sus palabras al viento.

Con los años de universidad y su más que evidente falta de aptitudes para jugar al fútbol, fue dejando de lado la actividad física y poco a poco se fue centrando en sus estudios universitarios y en las clases de guitarra a las que acudía desde bien niño. Un instrumento que dominaba a la perfección, no en vano completó la carrera que le dio el título como profesor de guitarra española. Un título que no utilizó porque siempre creyó que la guitarra estaba pasada de moda, además de pensar que tenía que haber estudiado piano, saxofón o incluso violín; claro que de eso se dio cuenta tarde, para variar y con la carrera a punto de terminar no se encontraba con ánimo, ni fuerzas de comenzar con un nuevo instrumento musical. A pesar de ello, tocaba la guitarra como nadie y muchas noches, tarde, muy tarde, bien entrada la madrugada, se perdía componiendo canciones donde el sonido de las cuerdas de su guitarra susurraban al silencio de la noche, como si fueran parte de sus sentimientos, esos que nunca había sabido expresar, pero que con su amiga entre las manos los transformaba en poesía, en poesía solo para él.

Intentaba adivinar por dónde se podrían haber ido a correr sus amigos, pero después de cuarenta minutos de carrera poco le importaba ya. Estaba en el umbral de su rodaje y lo único que le preocupaba era la auditoría de cuentas que tenía que pasar al día siguiente en la empresa para la que trabajaba. Allí comenzó a trabajar con cerca de treinta años, después de haber pasado más de cinco largos años preparando una oposición que se retrasó mucho más de lo esperado y que sólo ofreció media docena de puestos de trabajo, que resultaron estar concedidos antes de celebrarse la convocatoria.

Sí, había perdido el tiempo, y tal y como ya le sucedería durante la carrera, había pasado los veintitantos encerrado en casa, entre libros y partituras, mientras sus amigos seguían divirtiéndose, enrollándose con más chicas y algunos hasta empezando a pasar por el altar. Sentía como si se le estuviesen escapado muchos trenes que jamás volverían a pasar y como si unas vez que los tomase fuese ya demasiado tarde. Sin embargo, a pesar de lo que pensaba, siguió sentado en el andén que a veces parecer ser la vida y que nos pone frente a un vagón en el que, sin saber muy bien porqué, un día nos subiremos.

La decepcionante experiencia opositora le hizo reordenar sus ideas y realizó un Máster en Dirección de Empresas que le ofreció un nuevo horizonte laboral. De esa manera consiguió un puesto de trabajo con el que comenzar a ganar su primer sueldo y disponer así de una independencia económica que no precisaba, ya que el vivir con unos padres jubilados y bien situados, le daba de sobra para sus pocos o nulos caprichos. Caprichos que junto a su inseparable guitarra unió los de lectura y el running. Más de diez años sin hacer deporte lo habían atrofiado físicamente y ante la tremenda vergüenza que le provocaría acudir a un centro deportivo, comenzó a practicar el deporte de moda. Había leído varios libros sobre correr, conocía todo cuanto necesitaba y además era un deporte que no precisaba de compañía, por lo que resultaba ideal para poder volver a coger un poco de su antigua forma física.

Era octubre, la tarde empezaba a caer y la luz de los días del verano que acaba de pasar se resistía a ceder su hegemonía a la oscuridad de las frescas noches de otoño. Apenas le quedaban quince minutos para terminar su monótona carrera y su ensimismamiento lo tenía sumido en mil y un pensamientos de años atrás… tal vez por eso no se percató del cruce por el que estaba pasando y su marcado carácter previsor quedó dormido. Su ropa en tonos grises, la falta de claridad y el porro de marihuana que fumaba el conductor de coche que circulaba sin luces hicieron el resto. Su cuerpo saltó por los aires, tras impactar contra la luna delantera del automóvil y a poco más de doce metros quedó tumbado sobre un asfalto que aún conservaba parte del calor de todo el día… había sido el final.

***

Habría sido su final, pero Nacho siempre llegaba tarde y también lo hizo a ese cruce, en el que el coche de color rojo se empotró a toda velocidad con el poste metálico del tendido eléctrico al borde del pequeño carril y el joven del porro fue quien salió despedido rompiendo el cristal delantero, gracias a no llevar puesto su cinturón de seguridad y cómo no, gracias también a una velocidad demasiado elevada.

Sus piernas pararon de golpe y con la mirada aterrada se quedó petrificado durante unos segundos, intentando asimilar la escena que acaba de presenciar, sin darse cuenta que su habilidad por llegar a deshora le había salvado la vida… una vida que desde que nació le había estado sonriendo una y otra vez, una y otra vez, pero sin llegar a ser consciente de ello en ningún momento.

Así, nacer unas horas más tarde no solo le privó de hacer el servicio militar, sino que le salvó de haber formado parte de un reemplazo de militares que lamentablemente sufrieron un grave accidente durante unas prácticas rutinarias y que le habrían dejado postrado en una cama para siempre; su enamoramiento tardío evitó que contaminase su juventud con la misma cocaína que Sonia, su pechugona y guapa compañera de ojos azules, se metía cada día en el recreo y cada noche durante los fines de semana. Años más tarde, la chica terminó cabalgando a lomos de un pijo de familia adinerada, capaz de sufragar la adicción de ambos y las periódicas estancias en centros de desintoxicación.

De igual manera, tampoco sabía que aquella tardía y malograda oposición le había hecho perder el tiempo justo que necesitaba para encontrar el trabajo en aquella agencia de transportes de marcado carácter tradicional, dirigida por un matrimonio sin hijos y que le daría un giro a su vida. El eficiente desempeño de su puesto de trabajo hizo que consiguiera ganarse toda la confianza de los dueños, hasta el punto de recibir en herencia la dirección de una empresa que estaba abocada a desaparecer, al no haber detrás nadie que hubiese garantizado su continuidad y cómo no, gracias a la generosidad de la pareja.

Y por supuesto, tampoco sabía que por delante tenía una larga vida en la que seguir llegando tarde continuaría reportándole muchos beneficios, como el de conocer a Almudena, una chica soltera de su misma edad, encargada de repartir los últimos dorsales de una carrera benéfica a la que se apuntó; eran sus primeros 10K y poco más tarde terminó siendo también su primera cita formal, su primera cena romántica y sí, también su primer coito, pero esa vez sin dinero de por medio. Un coito bajo la luz de la primera luna llena de la primavera, que erizó la piel de ambos amantes, mientras su guitarra aguardaba callada dentro de su funda el momento de ser la protagonista y compartir las notas que tantas veces había dejado escapar en la noche.

Nueve meses y tres días más tarde Nacho llegó tarde al nacimiento de su hijo y una vez más, como siempre lo había hecho, maldijo aquella extraña habilidad por llegar tarde, sin saber cuán afortunado era precisamente de eso, de llegar tarde… era el primer día de un nuevo año.

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Tarde

A veces nos limitamos a lamentarnos por aquello que no tenemos, por aquello que no conseguimos, sin darnos cuenta que siempre, siempre, hay algo detrás que da sentido a todo eso y lejos, muy lejos de lo que imaginamos, somos afortunados sin saber todo cuanto tenemos. Si te ha gustado este relato breve o crees que a alguien puede gustarle compártelo. Muchas gracias.

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