Tras la ventana

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La veía pasar cada mañana de sábado, siempre sobre la misma hora y sin importar la época del año que fuera, sin importar si hacía sol o no, sin importar si llovía o no, sin importar si hacía aire o no, sin importar… como tampoco parecía que le importara su presencia lo más mínimo, que, en ocasiones, pasaba totalmente desapercibida para ella.

Esperaba paciente el momento y desde que la veía aparecer, a lo lejos, hasta que se perdía a su vista, no dejaba de contemplarla. Absorta en su rutina y perdida en pensamientos que sólo ella sabía, desfilaba ante él. Eran apenas un par de minutos, aunque en ese breve período de tiempo le gustaba imaginar lo que podía estar pasando por la cabeza de ella, fantaseaba con la posibilidad de hablarle y en ocasiones hasta le había visto dedicarle alguna sonrisa. Aquel instante resultaba tan efímero como eterno, algo que lo dejaba tan ilusionado como frustrado al mismo tiempo.

Durante casi ocho años se estuvo preguntándose qué placer debía haber en aquella rutina, por qué era capaz de mantener aquel hábito que, por otra parte y gracias a él, le había permitido poder fijarse en ella. No era consciente que esa rutina, aunque diferente, se había convertido en la misma que él había adoptado. Su timidez era más fuerte que el deseo por conocerla y cualquier remota posibilidad de dirigirle una sóla palabra quedaba totalmente fuera de la realidad y pasaba a alimentar una más de sus fantasías.

Callada, disciplinada y concentrada en su marcha, había reparado en él a los meses de adoptar aquella ruta y en numerosas ocasiones, mientras pasaba ante su ventana, se había preguntado por qué motivo siempre estaba allí. Durante todo ese tiempo, diferentes sentimientos e ideas habían rondado por su cabeza, intentado dar respuesta a la sencilla pregunta que le venía a su mente:

“¿Por qué…

por qué disimulaba que la miraba, por qué no había faltado nunca, por qué no era capaz de decirle nada?”

Desde que lo vio le había parecido atractivo, con buena presencia y si al principio le provocaba cierta coquetería el saber que iba a verlo, no duró siempre y aquel sentimiento cambió con el tiempo, dando paso a diferentes épocas: unas en las que le molestaba sentirse observada y otras en las que lo ignoró hasta el punto de no ser consciente de estar pasando por delante de él; también hubo épocas en las que tuvo sentimientos de tristeza y hasta de amistad, siempre intentando encontrar en aquel par de minutos una respuesta a su hambrienta curiosidad.

Era metódico, disciplinado, concienzudo y en silencio, igual que su presencia de cada semana, se puso manos a la obra: siempre había tenido en los libros a unos fieles aliados, unos grandes compañeros de sabiduría que le habían enseñado tanto y en ellos depositó toda su confianza para aprender y saber cómo introducirse en aquel mundo, un mundo desconocido por completo, pero que desde un tiempo estaba llamando a su puerta. Fueron suficientes cuatro ejemplares, que devoró con avidez y de ahí se lanzó a dar el primer paso.

 De madrugada, cuando nadie lo veía, comenzó a adoptar el mismo hábito que ella. Al principio fueron dos veces a la semana y tras varios meses dio el salto a cuatro salidas semanales. Le aterraba que pudieran verlo, por lo que en la noche había encontrado el refugio de aquella afición que, poco a poco, le estaba enamorando y que en seis meses le hizo comprender por qué ella llevaba tanto tiempo haciéndolo.

Iba absorta en sus pensamientos y no sabría decir qué canción estaba sonando en su reproductor en el momento previo a pasar nuevamente ante él, pero quedó totalmente sorprendida al no ver la presencia de su misterioso espectador tras los cristales de aquella ventana, que inerte, siempre había dejado ver su figura. Su mirada recorrió su alrededor, pensando que podía estar en otro lugar y hasta su cabeza giró en varias direcciones, para ayudar en ese cometido, pero no consiguió verlo por ningún sitio. Mientras sus pies le fueron alejando del lugar no dejó de pensar qué podría haber sucedido para que, después de tanto tiempo, hubiese faltado a “su” cita.

Los nervios le jugaron una mala pasada, algo totalmente inusual en él y mientras se vestía la vio pasar. Desde su ventana, muda cómplice de sus anhelos, observó como daba aparentes muestras de estar buscando algo, como si pareciese sorprendida y él, acelerado y sin perderla de vista, terminó de atarse sus zapatillas. Había calculado mal el tiempo y salió a toda prisa, para poder llegar hasta ella.

No sería fácil decir quién de los dos quedó más sorprendido, si ella de verlo llegar corriendo y ponerse a su lado o él, que tras llegar a su altura giró la cabeza para saludarla y se encontró con una enorme sonrisa dibujada en su rostro. Aquellos fueron sus primeros kilómetros juntos, sus primeros instantes y tras ellos, como si de una carrera de fondo se tratase, llegaron muchos más.

Él rompió su timidez, dejó de esconderse ante los ojos de ella y dio la zancada más importante de su vida y ella, puso fin a la curiosidad que le atormentaba y descubrió que, sin saberlo, sus pasos le habían estado haciendo pasar cada semana delante del amor de su vida.

Hoy llevan quince años juntos, compartiendo mucho más que kilómetros y siguen pasando, como cada mañana de sábado, por el mismo lugar que en silencio los tuvo unidos en la distancia. Una distancia, que siendo pequeña puede resultar insalvable, puesto que no hay mayor distancia que aquella que no somos capaces de superar.

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Tras la ventana

Si te ha gustado este relato breve o quieres contar alguna historia donde el running esté detrás, házmelo saber y compártelo. Muchas gracias.

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2 comentarios a Tras la ventana

  • Cristina  dice:

    Hola Paco:
    Maravilloso relato y final muy bonito, aunque en la vida esos finales son difícil de ver pero no imposibles .
    Un Saludo..

    • Paco Molina  dice:

      ¡Hola, Cristina! La verdad es que la vida no suele tener colores tan bonitos como los que pintan el final de este relato breve, pero ¿quién dice que no puede suceder?, a mí me sucedió, mientras lo escribía… los protagonistas quisieron unirse y lo hice, así que ¿por qué no puede suceder en realidad? A veces, dicen que deseando mucho una cosa llega a suceder, pero y ¿si no sucede?, no pasa nada, habremos disfrutado imaginando ese bonito final y habremos sido felices, ¿no crees?

      Un saludo y una sonrisa.

      Paco.-

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