Un día más en la vida

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Se despertó como cada día, cuando su cuerpo abandonó voluntariamente su estado onírico, sin tener la necesidad de escuchar el sonido de despertador alguno y, como cada día, con los ojos entreabiertos entró en el baño. Su vejiga estaba a punto de explotar y sin darse cuenta, de manera automática, levantó la tapa del inodoro y se sentó sobre él: orinaba.

Para cualquier hombre miccionar sentado podría parecer una ofensa, pero él estaba acostumbrado desde sus años de matrimonio con Elena, una obsesionada de la limpieza, cuya manía por mantenerlo todo impoluto lo había obligado a cambiar un gesto tan masculino como el de orinar de pie, evitando así las dichosas salpicaduras que tanto suelen molestar a las féminas.

Estaba en paro desde hacía más de cuatro años y lo de trabajar ya quedaba totalmente olvidado para él. Oficial de repostería había trabajado en las mejores confiterías de la ciudad, pero su mala cabeza y peor bebida le habían arruinado no sólo la vida conyugal, sino también la laboral. Vivía solo, gracias a la caridad de su única hermana, que le había dejado alojarse en un pequeño apartamento situado en un barrio céntrico de la ciudad y que ésta había recibido en herencia por parte de la familia de su marido.

Estéril desde los veinte años “gracias” a unas paperas extraordinariamente virulentas, no había podido tener descendencia, algo que en parte agradecía, ya que sólo le faltaba tener que pasar alguna manutención por paternidad. Además, jamás había llegado a sentir esa supuesta llamada de la naturaleza que desarrollase su sentido paterno y para él había sido más que suficiente con aguantar a sus tres sobrinos cada vez que iba los domingos a casa de su hermana para comer y dejarle la ropa sucia, que ésta le lavaba…

– Ya tiene que estar a punto de llegar el tío gorrón – los había oído decir una vez, justo antes de llamar a la puerta. Claro que tampoco se arrugaba y la reacción de vergüenza o culpabilidad en cualquier otro, en él se convertía en un:

¿Cómo están los cabrones de mis sobrinos?, sin enfadarte hermanita, que sabes que lo digo desde el cariño… por cierto, esta tarde me gustaría acercarme a ver el fútbol, ¿me lleváis alguno o me dejáis la moto esa de mariconas que tenéis? – los chicos estaban en plena pubertad, y la moto era un scooter blanco de 125 c.c. Evidentemente era llevado y encima les sacaba unos euros para algún carajillo.

Antes de levantarse de la taza del inodoro soltó una carcajada – Jodida miseria, si alguno de mis amigos me viera mear sentado en el wáter no me volvía a hablar, pero mira, no está mal del todo, sobre todo por las mañanas, que me favorece para poder pegaaaarmeee cuatro peeeeos – se decía mentalmente, mientras el sonido de sucesivas ventosidades parecían establecer un diálogo con él – Y tú, ya ni te despiertas como antes, ¿dónde capullo se han quedado esos buenos días en los que parecías la pata de una mesa? – le hablaba a su miembro viril, que encogido y flácido terminaba de expulsar las últimas gotas de orín.

Se duchó con agua fría, como cada mañana, a pesar de estar ya en noviembre y se puso uno de los tres chándales con los que vestía habitualmente. Sólo tenía un par de pantalones, tres camisas y dos suéter de lana, que dejaba para las ocasiones especiales, y que no eran otras que aquellas en las que llegaba alguna nueva usuaria al comedor social donde iba todos los días.

Conquistador empedernido, aunque algo cutre, siempre intentaba seducir a las mujeres y llevárselas a la cama lo más rápido posible, claro que casi ningún día era fiesta y las más de las veces debía conformarse con un recalentón y terminar aliviándose bajo el calor de sus sábanas, mientras olía en su mano izquierda el aroma de la nueva conquista perdida.

Al ponerse las zapatillas se dio cuenta de que éstas estaban bastante destrozadas y como quien se siente ofendido por una compra que ha salido de mala calidad, se quejó – Joder, estas zapatillas están hechas una jodida mierda; cada vez son peores las cosas que dan los miserias éstos de Cáritas, vaya una calidad, esto es inaguantable… para allá que voy, a ver si se merco algo en condiciones, qué demonios – se dijo saliendo de casa, sin preocuparse de abrir la ventana de su habitación, ni de hacer la cama.

– Hola, Lola, vaya peras que tienes hoy, hija mía – saludó a la dueña de la tienda de la esquina.

– Coño, Felipe, qué guapo vas hoy, llevas el chándal de los domingos… ya ha llegado alguna palomita nueva, ¿eh, Romeo? – le contestó con sorna la frutera.

– De eso nada, Loleja, lo que pasa es que hoy me he propuesto meterte a la trastienda y ayudarte a mover mercancía y para eso debo ir de fino, que sino contigo no tengo nada que hacer… pero qué buena estás – terminaba diciendo en voz baja, casi entre dientes, para que sólo ella pudiera oírlo.

– Anda, pajarito, vuela, vuela, llévate un par de ercolinas, que son las únicas que vas a catar hoy y déjame que tengo lío.

– Porque tú no quieres, que sino… – dijo alejándose y silbando.

Las malas lenguas murmuraban que alguna que otra vez se habían movido más que cajas en la trastienda de la frutería, cuando alguna tarde, a primera hora, el marido de Lola iba a por género y Felipe volvía del comedor social, con su mano derecha metida en el bolsillo, cortejando su miembro para el premio de consolación que tendría a solas, debido a un nuevo fracaso amoroso y que sin embargo era gratamente canjeado por la calidez de un sexo generoso y húmedo que lo hacía tocar el cielo…

– Qué coño tienes, Lola, sé que te vuelvo loca, pero eres como todas, una jodida puta, que sólo me dejas follarte cuando tú quieres – a lo que ella se limitaba a contestarle:

– Si lo hago por ti, pobre diablo, soy como los del centro de acogida, pero del “seso”, jajajaja, hago una labor social… anda vete a dormir la siesta, que como venga mi José

Verdad o no, sólo lo sabían ellos dos y todos los amigotes de Felipe, que como buen fanfarrón se preocupada de alardear ante éstos de esos polvos con olor a fresas, en invierno y a melocotón, en verano. Era un pobre diablo, tan estúpido como previsible y al que casi nadie creía cuantas historias contaba, entre la que se encontraba la tantas veces repetida con la como aquella en la le hizo un cunnilingus a la mismísima alcaldesa

– Fue un día de Todos los Santos, en la confitería que estaba entonces hacíamos los mejores huesos de santo de toda la ciudad y ella lo sabía, como también sabía que no había, ni hay, nadie como yo moviendo mi lengua. Me hizo un encargo de una bandeja de estos dulces y me dijo que los recogería a primera hora, porque se iba temprano a poner flores a su difuntos – le gustaba contar una y otra vez, mientras todos a su alrededor le escuchaban entusiasmados, ante lo que él se animaba y seguía…

– Sabía que yo le gustaba, porque eso se nota, además sino no me habría hecho el encargo para esa hora y cuando le estaba envolviendo el encargo la miré a los ojos y le dije: “¿Sabe usted cómo están buenos de verdad estos huesos de santo, Sra. Alcaldesa?” – yo le hablaba con respeto, ante todo educación, como debe ser.

– No, Felipe, ¿es que hay alguna manera especial de comerlos? – me preguntó ella.

– Pues claro que y si usted me deja voy a hacer que los coma como nunca – le sugerí.

– Adelante, Felipe, pero no se entretenga que no tengo toda la mañana – me dijo sin pestañear.

– En ese momento supe que estaba deseándolo y se lo hice. La senté sobre el obrador, puse una bandeja de huesos de santo a su lado y bajándole su ropa interior le dije que comenzara a comer un dulce, que iba a tener un santo en su boca y un demonio en su entrepierna… y se lo comí como nunca se lo habían comido, porque no dejó de gemir y fueron casi una docena los dulces que se comió – decía, abriendo bien los ojos y moviendo su lengua de manera visible para todos.

– Creo que debió tener un buen empacho todo el día, porque yo tampoco dejé de repetir aquel sabor a chocho fino, jajajajajaja – todos se partían de risa y la gran mayoría se preguntaba cuánto de cierto tendría aquella historia o si sería una loca fantasía más de aquel alcohólico confitero.

Al llegar al local de Cáritas no encontró apenas gente y como era un asiduo cliente entró hasta el despacho donde entregaban la ropa que recibían de las donaciones.

– Buenos días, vengo a ver si tenéis por ahí alguna zapatillas que os hayan entrado nuevas, que mirad como llevo éstas, así no puedo ir, esto no hay quien se lo ponga.

– Mira, Felipe, vas a tener suerte, hemos hablado con Nike y nos han traído una zapatillas exclusivas para ti, pruébatelas, a ver qué te parecen – le dijo la muchacha con un tono tan convincente que hasta ella misma se lo creyó.

– Hostias, qué zapatillas más guapas, ¿no?, ¿de dónde habéis sacado esta preciosidad? – preguntó asombrado.

– Jajajajaja, nos la han traído de una asociación deportiva. Tenemos cientos de pares; nos han entrado hoy y son de una recogida solidaria que se hizo el fin de semana pasado en una carrera que se celebró en la ciudad – le explicó la chica.

– Pero si están nuevas, Carol… ¿la gente da las cosas así? No lo entiendo, o dan algunas cosas que están para tirar o dan esto que hasta podrías venderlas y sacarte unas perricas – se preguntaba asombrado.

– A ver, estas zapatillas están nuevas, aparentemente, pero no valen ya para correr, por eso quienes lo hacen ya no pueden usarlas y las dan. Están desgastadas ya, sin amortiguación – aclaró Carol.

– ¿Que no qué?, vamos me voy y vengo yo a casa corriendo todo el mes y más contento que un San Luis… ¿me puedo llevar dos pares? – sugirió rebuscando en la cajas que le había señalado la chica, durante la conversación.

Felipeeeeee, qué morro tienes… venga llévate esas puestas y coge otras pero que no te vea nadie, que sólo podemos dar un par por persona. Sois muchos y no hay para todos; venga, corre – le metió prisa la asistenta.

– Eso, corro, corro, ¿por cierto cómo se llaman? Nike Pe-ga-sus, ¡coño!, ese era el caballo aquel con alas, ¿no? Mi hermana va a alucinar cuando me las vea y la Lola, la Lola… va a hacer hueco en la trastienda fijo, me lo veo, jajajaja. Muchas gracias, bombón; anda toma, te dejo aquí las viejas, ¿vale? – le dijo guiñando un ojo a la chica y saliendo del despacho a toda prisa. Volvía a silbar.

Aquel día sirvieron macarrones con tomate para comer y Olivia, una refugiada albanesa que se sentó junto a Felipe, fue quien le descalzó aquellas Pegasus, después de aguantar toda una tarde de  galantería a cambio de poder dormir bajo techo una noche, sin importarle el helor de las sábanas de una cama sin hacer, ni la torpeza con la que su nuevo amigo lamía su sexo, intentando recordar aquellos episodios de juventud en los que las mujeres que pasaron por sus labios pusieron un gemido de placer en el séptimo cielo.

A la mañana siguiente, volvió a despertarse por la fuerte presión de su vejiga, como cada día y mientras meaba y ventoseaba, sentado sobre la taza del inodoro, recordó que había dormido con aquella chica menuda de acento extranjero, aunque el exceso de vino barato no le permitía recordar si había llegado a meterla en caliente o no, así que se la miró y lo dudó…

– Creo que anoche tú no saliste de tu guarida – le dijo levantándosela con tres dedos – bueno, lo mismo ahora podemos triunfar

Cuando volvió a la habitación se dio cuenta que estaba solo, no había ni rastro de la chica, que debió marcharse largo rato antes, porque su lado de la cama se había enfriado.

Vaya, pues ella se lo ha perdido, ha preferido salir volando a saber lo que es pasar un buen rato – decía en voz alta cuando de repente se dio cuenta:

– Hija de puta, ¡las zapatillas!, se ha llevado mis zapatillas… los dos pares, además.

Había empezado un nuevo día y Felipe volvería a buscar motivos que le ayudasen a tapar sus errores del ayer y cómo no, engañarse a sí mismo un día más… aunque en su interior supiese que la realidad no depende del color del cristal con que se mire, sino simplemente en no darle la espalda y mirarla, frente a frente, sin más. Pero no importaba, porque al fin y al cabo sólo era un día más en la vida… y volvió a silbar.

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Un día más en la vida

Espero que te haya gustado este relato breve, si es así compártelo con quien creas que también le pueda gustar leerlo. Muchas gracias.

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2 comentarios a Un día más en la vida

  • Fernando Murcia  dice:

    Vaya, vaya con Felipe… en este relato no te preguntaré si hay parte de él autobiográfico… jejejeje
    Me ha gustado leerte, como viene siendo habitual, amigo Paco.
    Un saludo.

    • Paco Molina  dice:

      ¡Hola, Fernando! Muchas gracias amigo, una vez más, por honrarme con tu presencia y tu comentario. La contestación a la duda del aspecto autobiográfico del relato es sencilla: yo más que confitero, soy goloso… si eso sirve de algo como respuesta, jajajaja. No, la verdad es que no, no hay nada, pero ¿sabes?, hay muchos aspectos, de esos que nos rodean en el día a día, que tienen algo que ver con el singular Felipe y sólo es cuestión de reparar en ellos.

      Un fuerte abrazo.

      Paco.-

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