Un mar de kilómetros

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Tal vez sean kilómetros, sí, simples kilómetros, que se van sucediendo uno detrás de otro, de manera ordenada, kilómetros sin más pero detrás de los cuales se esconden historias, todas iguales, todas diferentes, como por ejemplo ésta, nacida en torno a diez kilómetros

Estaba metido en la cama, preparado para irme a dormir y fiel a mi costumbre buceaba un poco por las redes sociales, esperando tenderle la mano al bueno del Morfi (Morfeo para los no colegas) y perderme entre sueños, que no pesadillas. En ese instante recibí un mensaje de un buen amigo, de un gran amigo, de esos que no esperas encontrar jamás y que gracias al tiempo y a la distancia llegas a descubrir cuán grande es, a pesar de haber estado juntos durante algo más de cuatro años, en esa etapa inolvidable que supone los años de carrera, universitaria (las de ponerse las zapatillas llegaron muchos años después).

Cartagenero hasta la médula y murciano por convicción y por el cariño que tiene y recibe de tantos amigos como tiene a este lado del Puerto de la Cadena, me acababa de decir que se había apuntado a una nueva carreratravesía en su caso, puesto que sus kilómetros no son a pie, sino a nado. Con algo menos de un año zambulléndose en el agua casi a diario y con una experiencia corta en este mundo de los deportes en los que sólo compites contra ti mismo, se había inscrito para realizar una travesía que partía desde la isla de Tabarca y llegaba hasta la costa.

La distancia de la travesía en cuestión era, como he dicho al comienzo, de diez kilómetros y ante él se abría, le esperaba, un reto que afrontaba con entusiasmo, ilusión, respeto y por qué no, con cierto miedo; miedo a no saber si sería capaz de completar semejante distancia. Mi respuesta de ánimo fue inmediata y mi admiración, por atreverse en dicha aventura, fue total; todo ello acompañado del convencimiento de saber que al final conseguiría su propósito.

Aún recuerdo parte de lo que nos escribimos entonces:

– ¡¡10K, la Virgen!! Vas a hacer nadando lo mismo que yo corriendo. ¿Cuándo es y dónde? – le puse.

– Jajajaja, es el 30 de mayo… desde la isla de Tabarca a los Arenales del Sol, cerca de El Altet – me contestó.

– Nene, lleva cuidado, que con esa distancia, si tiras a la derecha en vez de hacerlo para la izquierda, llegas a Ibiza – bromeé, ante lo que me parecía una hazaña.

– Tiraré para la izquierda y la noche antes me comeré un bocadillo doble de tortilla y salchichas, para cargarme la pilas, jajajajaja – dijo, haciendo referencia a mi cena favorita, cuando toca carrera al día siguiente.

– Así me gusta, que me hagas caso, cabronazo. Estás como una cabra, pero los tienes muy grandes, lo sabes, ¿no? – le escribí con cariño.

Quedaban algo menos de dos semanas para la celebración de la prueba y en mi cabeza quedó registrada la fecha del último sábado de mayo, para no dejar pasar la oportunidad de interesarme y darle todo mi ánimo para la enorme contienda a la que se iba a enfrentar. Cuando apagué la luz para perderme en sueños, no puede evitar hacerlo imaginándome sumergido en el agua, cambiando zancadas por brazadas e intentando ponerme en la piel de quien se enfrenta a esa distancia de diez kilómetros y que sólo debe completarla con la ayuda de sus brazos y el aleteo de las piernas, en medio de un mar inmenso.

La víspera de la prueba llegó en un abrir y cerrar de ojos y de nuevo, antes de que mi cuerpo sucumbiera a su cansancio, volví a escribir a mi buen amigo, con la creencia de que esos mensajes ya los vería a la mañana siguiente, dado lo avanzada de la hora e imaginando que debía estar en pleno descanso, soñando e imaginándose en medio de unas aguas que lo nombrarían sin parar, haciéndole sentir protagonista de sí mismo.

Mi sorpresa fue mayúscula, al encontrar respuesta a mis palabras y al leer que los nervios y la tensión del momento le impedían dar descanso a un cuerpo que en menos de cuatro horas debía estar en pie, para poner rumbo al destino que le esperaba en la isla de Tabarca.

Titán, ¡mucha suerte mañana!, mi pensamiento y el de todos los que te quieren estará contigo mañana, intentando enviarte algo de fuerza… esa que no necesitas, pero que irá sólo para acompañarte. Un fuerte abrazo y nada canalla, nada, nada con toda tu alma. ¡Suerte y disfruta! – le deseé.

– No hay manera de dormirme, ¿qué somos? ¡¡Espartanos!!, y ¿qué hacemos? ¡¡Nadar, nadar y nadar!! – me contestó al instante.

No pude evitar soltar una carcajada y disfrutar de nuevo con una conversación más parecida a la de dos quinceañeros enamorados, que a la de dos amigos cuarentones…

– Venga, duerme, descansa y no olvides disfrutar, todos estaremos contigo – le puse, después de más de media hora de conversación impagable, donde nos reímos a gusto.

– Yo te quiero más, venga cuelga tú, que a mí me da cosa – me escribió el muy cachondo, con un humor y un ánimo que siempre se ha caracterizado por ser arrollador y todo, todo un huracán, contagiándonos a diario a quienes compartimos con él aquellos años de universidad.

Al final conseguí zafarme de él, cariñosamente hablando, para que pudiera dormir de una vez y a los días siguientes supe, por él mismo, que apenas llegó a dormir media hora. Esa confesión me la hizo hace tan sólo un par de días, mientras tomamos un café y un zumo de piña, y donde asistí emocionado a la narración de su travesía. Tal vez no se percató de ello, pero su euforia y el brillo de su mirada me contagiaron y fueron varias las veces en las que mi piel se erizó, al escuchar sus palabras.

Cerca de cuatro horas nadando no sólo por llegar a la orilla, no sólo por alcanzar su meta, sino por salvar las dificultades que se sucedieron a lo largo de aquellos interminables kilómetros en medio del mar; casi cuatro horas nadando por vencer ese miedo que siempre aparece cuando te mides a una prueba de resistencia, donde fueron varias las veces que inevitablemente se preguntó si sería capaz de terminar; próximo a cuatro horas pensando y visualizando los rostros de quienes le dan su fuerza para vivir cada día, algo menos de cuatro horas para demostrarse a sí mismo de lo que era, es, capaz de conseguir.

Su sonrisa, mientras me hablaba, era perenne y horas más tarde de despedirnos aún conservaba en mi retina esa cara de satisfacción, de orgullo y de victoria. Una victoria que materializó con la última posición de todos cuantos tomaron la salida y que supuso la ovación más grande que se oyó en la playa esa mañana, reconociendo de esa manera y dando la bienvenida al nadador que cerraba el cupo de entrada de participantes.

– Fue un momento inolvidable y en la próxima travesía no me importa volver a ser el coche escoba. Jamás he sentido por un deporte lo mismo que siento por éste y no se puede comparar con nada – fueron unas de sus frases para enmarcar.

Por supuesto que no, claro que no, no hay ningún deporte como aquel en el que compites únicamente contra ti. Y da igual que sea nadando, corriendo o pedaleando, porque al final se trata de enfrentarte a una distancia, se trata de kilómetros, de más o menos kilómetros, que te ponen a prueba y que se presentan ante ti, retadores.

Su felicidad y su satisfacción, lo fueron también para mí y me sirvió para comprobar, una vez más, de lo que somos capaces de llegar a hacer con convencimiento, deseo y confianza en nosotros mismos y tanto o más valor tiene quien recorre por primera vez un kilómetro, como el que hace cien. Sí, el salto cuantitativo es muy grande, pero el verdadero salto cuantitativo es ese que damos cuando nos decimos:

Adelante, voy a hacerlo

Cierto, nadar no es correr, pero en esencia nos enfrentamos a lo mismo, a una distancia y a nosotros mismos, igual que sucede en el ciclismo. Los tres son deportes diferentes, pero todos tienen el mismo denominador común: kilómetros que son nuestro reto, nuestra meta, kilómetros diferentes, pero kilómetros, al fin y al cabo, todo un mar de kilómetros

Esta ha sido una historia que giraba en torno a diez kilómetros, como tantas y tantas historias que podemos conocer… ésta en concreto ha sido la de un amigo, generoso por regalarme tan buen momento y por compartir su triunfo conmigo, ante lo que solamente puedo decirle:

Gracias, Evaristo

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Un mar de kilómetros

Seguro que tú también conoces historias que encierran mucho más que simples kilómetros, anímate, cuéntalo y si quieres, comparte este post con quien creas que puede gustarle o verse reflejado. Muchas gracias.

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6 comentarios a Un mar de kilómetros

  • Hervie  dice:

    Y yo que digo ahora, querido amigo.
    Si yo no se escribir lo mio son los números.
    INFINITO es el aprecio que te tengo y DERIVAR el tema de nadar a correr para mi seria imposible. Te INTEGRO desde hace tiempo en mis amigos del alma y seria INDETERMINADO volver a encontrar un grupo como el que formamos en la Uní( Arce, Caste, Marquin y Paquitin) junto a ti. Gracias por tus pensamientos y ya se los leeré a Rodrigo e Imanol cuando sean mas grandes. Gracias Paco.
    Un abrazo. Evaristo

    Nota;
    Acabo de visualizar los 12 km. 28 de Junio. Cabo de Palos a Isla Hormiga y vuelta.

    • Paco Molina  dice:

      ¡Hola, querido Evaristo! Para ser de ciencias has expresado de manera exacta unos sentimientos que van más allá de estas palabras, que hacen de nexo de unión de una amistad que comenzó a tener lugar allá por los primeros años de la década de los ’90. Fueron momentos inolvidables, rodeados de apuntes, exámenes, chuletas, partidas de futbolín y risas, muchas risas. El grupo que de allí salió es irrepetible y tener la suerte y el honor de formar parte de él es uno de esos regalos que me tenía reservado la vida. Espero y deseo seguir siendo testigo de tu afán de superación y de esa arrolladora fuerza que te caracteriza, como espero seguir compartiendo con vosotros muchos más momentos, que a pesar de ser menos frecuentes, no dejan de ser tan placenteros como siempre.

      Ya has visualizado tu próxima travesía, esta vez 12K, y sé que no quedarás ahí, muchas más son las que te esperan y quiero que me cuentes, como hiciste esta vez, todo lo que va a pasar por tu mente mientras tus brazos golpean el mar y volver a emocionarme al escucharte y sentirme orgulloso de tener un amigo tan grande como tú.

      Muchas gracias, una vez más y sigue nadando, no dejes de hacerlo nunca.

      Un fuerte abrazo, amigo… y sí, al final aprobé álgebra.

      Paco.-

  • Paquitin  dice:

    Me habéis emocionado, piratas… Dicen que nunca se deja de aprender, que la vida esta para disfrutarla y que te sorprenda cada día… Y eso es lo que hago yo con vosotros. Aprender, disfrutaros y sorprenderme. Sois únicos y lo sabéis.

    A veces, en conversaciones llenas de risas y chascarrillos, os he llamado hermanos. Y no ha sido gratuito. También dicen que los amigos se eligen y el resto te toca. Doy gracias por poder compartir mi vida con vosotros, saber que siempre habéis estado, estáis y estaréis y porque no podía haber elegido mejores compañeros de viaje…

    Vuestra capacidad de superación es digna de héroes. De los pequeños héroes cotidianos y silenciosos que nunca dejan de sorprender…

    Si, quizás la palabra más cercana sea admiración.

    Me habéis emocionado, hermanos…

    • Paco Molina  dice:

      ¡Hola, Gonza! Eres un inondicional, en la sombra, pero un incondicional y recibir tus palabras es un motivo de celebración para mí. Si hay algo se ha caracterizado siempre entre nosotros, ha sido ese rollo de cachondeo, de risa, de descaro, en definitiva, de confianza y naturalidad. Y por encima de todo eso, como un inmenso paraguas que cubriera todas esa descarada amistad, siempre ha estado y estarán el respeto, la admiración y el reconocimiento de un amigo que está ahí, por encima de cualquier cosa y cuya compañía te hace ser todo un privilegiado.

      Todos, todos los que nos levantamos cada día, somos pequeños héroes, por seguir adelante y por luchar por aquello que anhelamos… unos nadamos o corremos, mientras otros intentan cuadrar una hora en su agenda diaria, haciendo malabares y carambolas, para salir con su bici a pedalear, en busca de nada, salvo salir a sentirse bien consigo mismo y respirar un poco de aire que le haga sentirse reconfortado. No es necesario atiborrarse de kilómetros, ni colgarse medallas del cuello, sólo hace falta querer sentirse y encontrase consigo mismo y eso, eso sólo lo hacen quienes se lo proponen, formando parte de esa lista de héroes silenciosos.

      Tu admiración es mi admiracióm y tu cariño y amistad, son mi cariño y amistad. Jamás permitiré que en mi camino falte tu compañía, ni la de todos esos gañanes que hace tiempo brindábamos, en medio de la noche cartagenera y con un whiskie con Coca-Cola, al grito de ¡¡Viva’porub!!

      Te quiero, amigo.

      Paco.-

  • Fernando Murcia  dice:

    Con la lectura de este post tengo que dar la enhorabuena a más gente de la acostumbrada… en primer lugar a su autor, Paco, por haber plasmado tan bien en palabras esos sentimientos y emociones vividos intensamente, a través de la historia vivida por un amigo, pero vividos por él. Enhorabuena. Y también, qué duda cabe, al protagonista de la misma, cuya determinación logró imponerse a los miedos, las distancias. Historias que se podrán repetir en cada competición pero que son únicas en la vida de quien las protagoniza (yo también tengo esa suerte). Enhorabuena Evaristo.

    • Paco Molina  dice:

      ¡Hola, Fernando! En primer lugar, disculpa mi retraso en contestar a tu comentario y en segundo lugar, muchas gracias una vez más, por asomarte por este rincón, tu rincón, y dejar tu comentario. En esta ocasión soy un mero vehículo, encargado de hacer llegar la historia de un amigo, de un buen amigo, con cuyo ejemplo nos demuestra a todos lo que se es capaz de llegar a hacer si tenemos determinación y ganas de hacerlo. Tú eres un buen ejemplo de eso mismo, Fernando, y en ti sólo caben tu propia confianza, el tesón y la capacidad de superación… y eso también daría para algún que otro post 😉

      Espero haber sabido transmitir la emoción y la satisfacción que sentí gracias al bueno de Evaristo, que tan generoso fue de compartir conmigo una experiencia semejante.

      Un fuerte abrazo, Fernando.

      Paco.-

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