Un otoño para Samuel

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Y el otoño tiñó de ocre todo a su paso…

Tal vez porque los árboles que siempre tuvo frente a su ventana fueron de hoja caduca, tal vez porque creció, sin saberlo, con la costumbre familiar de mudar la ropa de su armario el primer sábado de octubre, tal vez porque sentía de idéntica manera la ilusión y el hastío por cada cambio de estación meteorológica, tal vez porque había aprendido a reconocer las distintas tonalidades de azul de ese trozo de cielo que cubría su cabeza. Tal vez porque su vida no iba más allá de las cuatro paredes de su casa y era él, el otoño, el amigo al que esperaba de idéntica manera como meses antes solía esperar con ansia el verano y meses más tarde esperaba la llegada de la que se supone que es la estación más cruda del año: el invierno.

Una extraña e inexplicable infección afectó a su médula espinal antes de nacer, que le regaló de por vida una tetraplejia como esa amiga inseparable con la que vivir. A su falta de movilidad se le unió una atrofia en el lenguaje y la mentalidad retrógrada de unos padres analfabetos, que lo llevaron a vivir postrado entre la cama de una habitación de pequeñas dimensiones y el sofá del amplio comedor, desde donde en ambos casos observaba el mismo paisaje: una centena de moreras que rodeaban la entrada de casa. Más allá, decenas de hectáreas de frutales y un poco más lejos el imperceptible susurro de una ciudad que cada vez se acercaba más, como consecuencia de la desaforada expansión urbanística de la urbe.

Samuel jamás había atravesado aquella frontera natural que lo separaba de esa otra vida que había unos kilómetros más allá, no tenía hermanos, ante el injustificado temor de sus padres por engendrar otro hijo con el mismo castigo que su Dios les había enviado sin explicación alguna, y su educación había quedado relegada al trato diario de un padre entregado a sus tierras y una madre volcada en las labores domésticas y de ayuda a su marido, sin olvidarse ni un minuto de su cuidado, como hijo suyo que era.

Cada mañana comenzaba con un baño para asear su cuerpo inmóvil, vestirle, darle el desayuno y dejarlo acostado frente al ventanal del salón principal. Él apenas había aprendido a hablar, por lo que tan solo era capaz de emitir ininteligibles sonidos que su madre comprendía a la perfección, como si formasen parte de un vocabulario que únicamente entendían ambos. No le habían enseñado a controlar su esfínter, por lo que su entrepierna iba permanentemente cubierta con un pañal donde se alojaban, pegada a su cuerpo, media docena de gasas que empapaban sus deposiciones.

Su cuerpo era un vegetal, su musculatura, sin llegar a desarrollarse, apenas existía y a simple vista podían apreciarse bajo su lechosa piel el pálido verdor de unas venas que conducían la sangre por su cuerpo, por un cuerpo donde el único movimiento que manifestaba era el de su ojos, al mirar, y el de su boca, al hablar o al comer.

– Un mueble más del salón, míralo, ¿qué hicimos para merecer esto? –solía preguntar a menudo el padre.

– Calla, por Dios, no digas eso, es tu hijo, tanto como mío… te va a oír –replicaba en voz baja su madre.

– Ese no oye nada, María, no entiende nada, de igual manera como no hace nada, ¿es que no te das cuenta? –contestaba de mala gana el padre.

Samuel, más allá de su tara de nacimiento, tenía otra aún peor, la de ser un pobre lelo, un discapacitado mental incapaz de desarrollar su inteligencia por la desgracia de haber nacido en el seno mismo de la incultura y de la ignorancia. Su único conocimiento era el de las estaciones del año, gracias a las lecciones de una madre de cortas luces y de los ventanales que, como un pantalla de cine, le mostraban, desde que amanecía hasta que anochecía, lo único que había aprendido.

– En primavera, nacen las flores, todo se llena de olores, los días son más largos y los árboles se cubren de hojas… en verano, el sol es cuando más calienta, las cigarras cantan por el día y los grillos por la noche, las ventanas se abren y todo se llena de luz… en otoño, llegan las nubes y el viento, los días se hacen cortos y las hojas se caen de los árboles… y en invierno, hace mucho frío, apenas calienta el sol y tenemos que tener la chimenea encendida para calentarnos bien –escuchaba decir a su madre Samuel, un día tras otro, cada mañana, mientras lo bañaba, mientras lo vestía, mientras lo peinaba, mientras le echaba colonia y mientras le daba el desayuno, postrado ya en su rincón del comedor.

Después llegaba la soledad, su soledad, esa a la que sí se había acostumbrado, esa en la que, sin darse cuenta, lo habían educado. La soledad de unos árboles que habría sido capaz de reconocer entre un millón… la soledad de la primavera, en la que era capaz de apreciar el germinar de las flores; la soledad del verano, que le hacía sudar pese a no sentir el calor del sol sobre su piel; la soledad del otoño, cuando el olor de la tierra empezaba a cambiar y el aire se colaba acariciando su cara; y la soledad el invierno, que apenas le dejaba unas horas para mirar más allá del cristal, viendo llover y observando gotas de agua que en silencio ansiaba tocar.

Octubre estaba cercano a entrar en su segunda quincena y como una mañana más, Samuel, frente a la ventana miraba el fotograma, el lento fotograma de su vida, que ese día olía más que nunca a otoño. Quizá por los días anteriores de intensas lluvias, quizá por el cielo salpicado de aborregadas nubes que presagiaban aún más agua o quizá porque, pese a su aparente falta de lucidez, sabía que era su cumpleaños y que, como siempre, volvería a soplar una desgastada vela roja, erguida sobre una tarta de manzana, mientras su madre la sostendría entre su manos, de la misma manera que lo llevaba haciendo ya treinta y ocho años… sí, era otoño.

Como tantas veces, el tedio y el aburrimiento lo sumieron en un terapéutico sueño

Se levantó, abrió el ventanal que lo separaba del exterior, y antes de empezar a caminar se despojó del pijama, dejó caer su pañales y salió al campo, descalzo, completamente desnudo. Caminó entre los árboles, se coló bajo sus ramas, las tocaba, se subió a ellas, bajó, se fue de un lado a otro, perdiéndose entre el campo. Caminaba, libre, entre el aire, bajo el cielo, con el sol calentando su piel y al rato comenzó a correr. Volvía a correr, como tantas veces, sin saber que lo hacía, ni dónde iba, extraño, corrió y mientras lo hacía una sonrisa se dibujaba en su rostro…

– Me pregunto qué piensas mientras duermes, qué pasa por esa malgastada cabeza –se dijo su madre al pasar junto a él.

Era casi mediodía y la Virgen del Pilar les esperaba, como cada año, para recibir la ofrenda del modesto ramo de flores con el que, desde el día que contrajeron matrimonio, no habían dejado de obsequiarle. Tan solo faltaban cinco años para sus bodas de oro y a pesar del tiempo transcurrido el recuerdo de aquella llama que los unió entonces los hacía respetarse y, a su manera, quererse. En realidad tan solo se tenían el uno al otro y a esas alturas de la vida ninguno de los dos habría querido, ni tampoco sabido, tener la compañía o el cariño de otra persona a su lado.

María dio un beso en la frente a Samuel, que despertó para verla marchar. Vestía uno de los escasos trajes de chaqueta que guardaba en su armario, todos de color oscuro y en la puerta de casa le esperaba su marido, con el motor del viejo Renault 9 en marcha. En la cocina, aún humeante, dejó la olla con un potaje de garbanzos para comer y en la repisa de la ventana, enfriándose, la tarta de manzana que pondría la nota dulce en el paladar de Samuel y un otoño más en su bolsillo.

El vástago la siguió con su mirada hasta que desapareció de su ángulo de visión, oyó el golpe seco de la puerta de casa al cerrar y a continuación el gorgoteo del motor diesel al arrancar, desvaneciéndose unos segundos después a medida que se alejaba el automóvil. Volvía a estar solo, mirando su ventana, por la que se colaba la luz del otoño… de su otoño. Era su estación preferida, tal vez por esa vela de cumpleaños, tal vez porque añoraba la tonalidad marrón-ocre de la estación, la sensación de declive, de hastío, de soledad, de recogimiento, de silencio, de todo aquello que sucede al verano y lo deja guardado hasta el próximo año.

Samuel clavó su mirada en el cielo y como parte de su rutina diaria volvió a sucumbir al tedio convertido en sueño o al sueño convertido en tedio… en cualquier caso se durmió. Su estado de ensoñación volvió a llevarlo entre los campos…

Corría entre ellos, con sus brazos, manos y boca bien abiertos, con el pelo alborotado cubriendo parte de su frente y sus piernas flotando sobre tormos del campo y entre surcos del arado. Se caía, volvía a ponerse en pie y continuaba corriendo. Reía, siempre reía, chillaba y las lágrimas resbalaban por sus mejillas como señal de esa felicidad que le inundaba al sentir la libertad de su cuerpo, fugitivo onírico de la estúpida condena que le había tocado vivir.

La necesidad de alimento le abrió el apetito y lo devolvió a la realidad. Despegó sus párpados y volvió a observar el cielo tras su ventana que también, sin darse cuenta, lo observaba a él. Los rayos del sol venían de la parte trasera de la casa, lo que indicaba sin lugar a dudas que el momento del mediodía hacía horas que había pasado. Samuel se quedó mirando la tonalidad que tenían las hojas de las moreras gracias a esa luz de otoño, tan particular de esa estación. Las hojas ya no se mostraban tersas y su verdor comenzaba, tímidamente, a amarillear.

– Tengo hambre –pensó, tal vez, porque la hora de la comida hacía un buen rato que se había pasado. El silencio reinaba en la casa y Samuel miraba, ajeno, pero hambriento, la luz que entraba por la ventana. Contemplaba su otoño… suspiró.

Un dulce estado de duermevela lo mantuvo nuevamente entre sueños y tras un par de horas volvió a despertar. Su estómago, vacío, se retorcía pidiendo alimento y la sequedad de su boca reclamaba un trago de agua que echarse a la boca. Por la ventana se notaba el descenso del sol, en su camino hacia el ocaso y la claridad del comedor comenzaba a confundirse con sombras que se encaminaban a convertirse en oscuridad.

– Mamá –gritó, tal vez, en su silencio. Tenía hambre, sed y echaba de menos su presencia, al verla pasar a su lado cuando iba de aquí para allá, mientras hacía las tareas de la casa.

– ¡¡Mamá!! –gritó, está vez haciéndose oír, con un sonido que solo ella entendía.

El silencio de su grito perdiéndose por la casa fue la respuesta a su llamada. Apenas podía ver con claridad, la tarde ya había caído y extrañado no entendía qué sucedía. Jamás se había quedado solo más allá de un par de horas, que solía pasarlas durmiendo, y en su ignorancia no comprendía la razón de su soledad y de ese silencio que, pese a estar acostumbrado, percibía como diferente.

El atardecer dio paso a la noche y la luna llena, la primera del nuevo otoño, le hizo compañía para iluminar la soledad que le invadía y hacer que su ventana se encendiese para que siguiese mirando la pantalla donde se repetían, en planos fijos, las escenas que la vida le concedía. En la cocina, el potaje había espesado hasta convertirse en una plasta densa, al haber reposado en exceso durante tantas horas y el hojaldre del pastel de manzana, rancio, se erizaba ante el frescor de la madrugada.

Samuel volvió a dormir, una vez más, sin entender, sin preguntar, sin esperar, pese al hambre que le invadía y a la sequedad de una boca en la que apenas quedaba saliva. Nada de eso impidió que se durmiera…

Se puso en pié; era un día cualquiera de otoño, de esos capaces de cambiar su cara una y mis veces, haciéndote dudar del calor o la lluvia que te puede regalar. Paseaba por el camino de entraba a la finca, bajo las sombras de los esbeltos y frondosos cipreses que lo flanqueaban a uno y otro lado. Un joven pastor alemán corría de aquí para allá en vertiginosas carreras tras la pequeña pelota que Samuel le lanzaba y este, contagiado por el animal, era incapaz de mantener sus piernas sin hacerlas correr. Su risa se mezclaba con los ladridos del can, como parte de un diálogo jovial y entretenido. Corrían, dejando sentir la brisa de otoño en sus rostros; corrían, intentando tocar el azul de cielo en cada salto; corrían, con la libertad de quien lo hace sin motivo, sin conocimiento, como si todo fuese parte de un sueño imaginado, parte de la imaginación al soñar.

La noche dio paso a la mañana, la luna se hizo sol y el otoño volvía a amanecer. Samuel seguía mirando a través de la ventana, aunque sus ojos no retuviesen imagen alguna. Había dejado de tener hambre, la falta de agua hacía tiempo que lo asfixiaba y las heces y el orín en su gasas rebosaban en su amplio pañal, manchando la cubierta sobre la que permanecía recostado. No entendía, no preguntaba, no pensaba, no sabía, no esperaba, y sin embargo sabía que era el otoño, su otoño, lo único que tenía.

A poco de más de dos kilómetros de él, en el camino que conducía hacia la casa desde el cruce con la carretera comarcal, el Renault 9 yacía empotrado contra uno de los cipreses, tras haber perdido el control de su dirección. María había salido expulsada del coche, rompiendo la luna delantera, con tan mala fortuna que terminó abriendo su cabeza contra la única piedra del camino. Miguel, víctima de un infarto, permanecía dentro del vehículo, echado sobre el volante del automóvil. Su visita a su Virgen había terminado de manera repentina, trágica y solitaria, como la vida que ambos llevaban: solitaria.

Cuando semanas más tarde descubrieron los dos cadáveres, gracias al servicio de reparto de leña de cada año, apenas quedaba un mes para que terminase el otoño. Los dos viejos se hallaban en avanzado estado de descomposición y una vez en la casa, al llegar, encontraron el cuerpo de Samuel, inerte, sobre el porche de la casa; desnudo, con los ojos abiertos, una sonrisa en su rostro, una pequeña pelota en su mano derecha y la vela roja de cumpleaños en su mano izquierda.

Las autopsias del matrimonio dictaminaron sin duda alguna el motivo de sus fallecimientos, pero la muerte del joven ocasionó un vacío racional, al no encontrar una causa real del porqué de su adiós a este mundo… un mundo del que se había marchado mientras soñaba, caminaba, corría y reía, con el otoño de testigo y la soledad como única amiga, esa que le concedieron por nacer distinto a los demás.

Fuel el otoño el que lo vio nacer y solo podía ser él, ese mismo otoño, el que debía verlo fenecer…

… y el otoño tiñó de ocre todo a su paso.

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Para Samuel…

A veces los sueños se hacen realidad o la realidad se cuela en nuestros sueños. Samuel soñó toda su vida y esta le concedió un momento de realidad, efímero, tardío, pero real… sus piernas jamás le permitieron erguirse, pero en su interior nunca había dejado de correr. Si te ha gustado este relato corto, compártelo. Muchas gracias.

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