El valor de una sonrisa

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Si hay una imagen que todos hemos visto repetida durante los últimos días, sobre todo como portada de las secciones deportivas de los informativos, ha sido la sonrisa del atleta Eliud Kipchoge, justo después de cruzar la línea de meta, en la cuadragésimo quinta edición del Maratón de Berlín, celebrado el pasado domingo, día 16, en la capital alemana. La felicidad, la satisfacción, la alegría, pueden presentar muchas caras y en el rostro del keniano se aprecia la fusión de todas esas sensaciones en un solo gesto: su amplia sonrisa.

Sonrisa que vale, ni más ni menos, que todo un récord del mundo de la distancia reina del atletismo: los 42.195 m, en un tiempo al borde de las dos horas. Ahí es nada y es que para quienes le damos a esto de correr tenemos bastante claro la magnitud de la gesta conseguida por este superhombre. Claro que no debemos olvidar una máxima de este deporte, esa que dice que todos los que recorremos una misma distancia somos igual de héroes, aunque entre el primero y el último medie una más que considerable diferencia de tiempo.

Si me remonto unos cuantos años atrás, tantos como algo más de dieciséis, me viene a la memoria el motivo por el cual me llamó la atención este deporte y que, quienes me conozcáis, me habréis oído contar en más de una ocasión. Fue durante la celebración del Medio Maratón de Murcia de 2002, al que acudí para ver llegar a meta a un amigo. Era la primera vez que presenciaba una prueba popular como esa y no pude esconder mi asombro al ver la cara de felicidad, la enorme sonrisa que llevaban dibujadas en sus rostros los participantes que cruzaban la línea de llegada. No importaba la posición y el tiempo, que a juzgar por el cronómetro de la prueba quedaba muy lejos de los primeros clasificados, pero no importaba… ahí estaban sus sonrisas.

A raíz de aquel día fue cuando comenzó en mí una transformación que llega hasta nuestros días y en los que a lo largo de todos esos años han sido cientos, miles, los kilómetros que han corrido mis piernas. Durante todo este tiempo he conocido a gente fantástica y a otra menos fantástica, ya que tampoco sería objetivo generalizar y decir que en este deporte solo hay gente maravillosa; pues no, hay de todo, como en botica, pero algo que sí es una seña de identidad y sigo viendo, algo que sigue repitiéndose como viera el primer día, es esa sonrisa en los corredores. Algo así como una máxima no establecida, pero que se hace común entre todos.

¿Y por qué de esa sonrisa?, podría preguntarse cualquier mortal que no haya corrido en su vida o que, habiéndolo hecho, no ha sido capaz de vencer esa barrera del sufrimiento físico y mental que supone correr. La respuesta es sencilla: porque corremos… porque nos esforzamos para ponernos a prueba, para superarnos, para sentirnos más fuertes… y por tantas cosas como vengo repitiendo a lo largo de todo el tiempo que llevo escribiendo este blog: lo de la soledad, lo de encontrarnos con nosotros, lo de pensar, bla, bla, bla.

Pero volvamos por un momento a esa sonrisa de Eliud Kipchoge, ¿verdad que contagia?… y la sonrisa de Paloma Morales, ¿la habéis visto? Seguro que no, entre otros motivos porque desconocéis quién es. Ella fue la última participante que cruzó con éxito la meta de ese mismo maratón y dudo seriamente que hubiera cámaras o flashes para recoger esa instantánea, de la misma manera que se habían encargado, casi seis horas antes, de enseñar al mundo entero aquel histórico momento.

No pretendo cruzar ambos resultados, por supuesto que no, tan solo quiero establecer una comparación entre dos corredores, con una misma línea de llegada, pero con metas muy diferentes. Dos metas, dos motivaciones y algo en común: su sonrisa. El mismo elemento en común que vi aquella mañana de domingo, en marzo de 2002, y me cambió.

¿Y por qué concederle tanta importancia a una sonrisa?, os preguntaréis. Tal vez porque genera una sensación de bienestar interno que se transmite, tal vez porque establece un lazo de cordialidad entre personas, tal vez porque genera empatía, tal vez porque abre las puertas de corazones cerrados, tal vez porque mejora las relaciones entre afines y lima las aristas entre desiguales…

Quizá sea demasiada concesión para una simple sonrisa, es posible, pero soy de los que piensan que su capacidad, su poder, su fuerza, van más allá de lo que podamos imaginar y nada como practicarla a diario para que sea aún más valiosa.

Por simples leyes de la física, atraemos aquello en lo que creemos y recibimos tanto como concedemos… acción y reacción, acción y reacción… por eso, nada como correr para sonreír: cuanto más corramos, más sonreiremos y haremos que ese simple gesto se traspase más allá de nuestros kilómetros, contagiando la rutina de nuestro día a día.

Va, tranquilos, tampoco penséis que soy un infeliz en estado permanente de ensoñación, que cree vivir en un idílico mundo de sonrisas y alegría, pero sí que hace mucho tiempo que aprendí que el valor de una sonrisa es incalculable… y si corriendo sonreímos, pues ya lo sabéis:

No dejemos de correr.

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Me gusta verte sonreír… me gusta verte correr

Una sonrisa, con sabor a récord del mundo, me ha hecho recordar esta semana por qué empecé a correr y a ti, ¿qué fue lo que te hizo empezar a correr? ¿Acaso crees tú también que una sonrisa puede contagiar tanto como yo lo pienso? Anímate, deja tu punto de vista y si te ha gustado este post, compártelo. Muchas gracias.

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