A ciegas [2ª parte]

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[II]

Se movía en bicicleta por la ciudad. Le encantaba su trabajo. El medio ambiente no era sólo su fuente de ingresos, era su pasión desde muy joven. Habían sido frecuentes las marchas de fin de semana hasta que su marido murió. Luego, la enfermedad, la impotencia de no haber podido hacer nada, el no haber tenido hijos con él, algo que le recordara de forma palpable su presencia, de lo que ocuparse sin remedio, la sumió en la tristeza.

Pero Laura había sido siempre una persona vital y, al retomar su antigua costumbre, volver a reencontrarse con amigos de forma habitual, disfrutar de la naturaleza, le fueron devolviendo el gusto por la vida.

Ese día se había maquillado un poco más de lo habitual, y aprovechando que hoy no iba en bici, se puso unos pantalones de pinzas, camisa y americana entallada, con unos mocasines planos, por más que su amiga del alma le animara a los tacones.

– Que no, Bea, que no los soporto. No llevo la bici, pero no voy de boda ¿Y si damos un paseo? Para compensar me pintaré los labios y me pondré algún pañuelo bonito.

– La verdad es que estás bien con lo que te pongas. ¡Pásalo bien!

Ilusionada, animada, así se sentía ante la cita a la que estaba a punto de llegar, aunque no podía evitar que su yo menos optimista intentase hacerle ver que tan sólo iba a perder el tiempo… Bobadas –se dijo, sacudiendo su cabeza, aunque es cierto que sentía, de alguna manera, que estaba traicionando a David. Él había sido su único amor y con nostalgia, no exenta del profundo cariño que se profesaban, recordó lo que tantas veces le repitió antes de marcharse:

– Laura, no te quedes encerrada, sal, rehaz tu vida, sé que siempre estaré en ti y tu felicidad será la mejor manera de mantenerme en tu recuerdo –palabras que ella siempre se negó a prestar atención, aunque calasen sin darse cuenta.

Había llegado, el Rosario le esperaba frente a sí. El trayecto, caminando, le había resultado ameno y muy corto, por lo que se dijo que más a menudo dejaría aparcada la bici, para empaparse aún mejor del ambiente que se respira cuando pasas delante de los establecimientos y te mezclas con la gente.

Con el Martini pegado a sus labios observó, tras el cristal de la ventana, a una mujer de aspecto deportivo y elegante que miraba su reloj con intención de entrar en el local. Eran las doce en punto del mediodía.

Laura asomó la cabeza y después de inspeccionar visualmente el local, se dirigió hacia su mesa con una sonrisa y la pregunta en sus ojos.

Él se levantó de la silla y casi a la vez se preguntaron:

¿Julián?

– ¿Laura?

– Siéntate por favor. ¿Qué te apetece?

– Una sin, y unas aceitunas. Las de aquí son buenísimas. ¿Llevas mucho rato esperando?

– No, no, he venido dando un paseo, he llegado hace nada. Tenía ganas de conocerte. Sandra no para de hablar de ti. La tienes en el bote.

– Tu hija es una chica estupenda, da gusto trabajar con ella. Ojalá todos lo que vienen de prácticas fueran de su estilo: Responsable, con ganas de aprender, cariñosa, divertida…

– Es verdad que es estupenda. Me dijo que estás en un club de senderismo. ¿Salís con mucha frecuencia?

Mientras Laura le contaba, Julián empezó a relajarse y al cabo de un rato los dos se encontraban cómodos. Como cuando se paraban a tomar algo después de un partidillo o una buena marcha. Empezaban reviviendo como moviola los momentos cómicos, los caóticos, los supremos… para dar paso a otros momentos del día a día, esos que nos dan una imagen más completa del puzle que somos.

La conversación hizo que el sudor de sus manos, presente mientras esperaba, desapareciese por completo y el temor a parecer oxidado, torpe, en el cuerpo a cuerpo con una mujer, se había esfumado. En ese instante no se percató, pero era la primera vez que no se sentía inseguro.

Charlaban con una confianza natural, inusual entre dos personas que acaban de conocerse, pero sin duda la labor de Sandra había sido fundamental; Julián no sólo conocía de antemano a Laura por aquella, también esta sabía bastantes detalles de él. La conversación fluía y con ella otra Sin, un Bitter Kas, un nuevo plato de aceitunas y dos marineras. El Rosario empezaba a llenarse de parroquianos y el apetito se había abierto por completo. El bullicio era notorio.

– Laura, ¿te apetece que comamos algo? Hay una tasca nueva muy cerca de aquí que hacen un sushi delicioso… –sugirió con decisión.

– Jajajajaja, ¿y cómo sabes que me gusta el sushi? –era una pregunta trampa; era obvio que la información de su hija había sido el filtro de ese dato.

Julián lo tomó como un sí y le respondió con otra carcajada. Se puso de pie y con la sonrisa aún en su rostro sugirió, galante:

– Permíteme que pague esto, por favor.

– No te lo tomes a mal, Julián, pero prefiero ir a medias. Lo de las invitaciones se suele complicar tontamente. Lo estoy pasando muy bien contigo. Este tiempo que me estás regalando vale más que cualquier invitación. Vamos a poner un fondo y nos lo pulimos a placer –Le dijo con una sonrisa – ¡Me encantan los postres!

– ¿No puedo insistir?

– Me sentiría más cómoda si no lo hicieras, de verdad. ¿Cuánto ponemos?

Julián se sintió ligero, era verdad que le hubiera encantado invitarla, pero también era verdad que, si no hubiera cabido el no, estaría pensando sólo en él y no era el caso.

– Te hago tesorera de la saca. ¡A por el sushi!

Después de la tasca fueron a una tetería con unos dulces árabes deliciosos. A la hora de despedirse Laura le preguntó:

¿Te gusta el cine? Me apetece ver la de “Cuchillos por la espalda”. Me han dicho que es una historia del estilo de las de Ágatha Christie, y que merece la pena.

– Sí que me gusta el cine. Lo he pasado muy bien hoy.

– ¿Te aviso entonces? ¡Mira que me puedo poner muy pesada!

– ¡Tendrás que demostrármelo! Llámame y concretamos.


[Continuará…]

A ciegas (2ª parte)

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