A ciegas [4ª parte]

[IV]

– Pero, ¿qué es esto? –Abrió rápidamente la puerta y se asomó al hueco de la escalera.

 – ¿Te has cruzado con alguien en el portal cuando has venido a casa? ¿Algún desconocido?

– No, creo que no.

– Pero, ¿qué pone? Se te ha cambiado la cara.

– Parece una broma de mal gusto – le dijo enseñándosela –pero se equivocan si van en serio. El proyecto que teníamos pendiente en la oficina aún no lo hemos empezado. Ha habido cambios en el proyecto. Se ha pospuesto indefinidamente.

– Puede que no fuera para ti, que se hayan equivocado.

– ¿Una amenaza y tan tontos que se equivocan de víctima? Prefiero pensar que es una gamberrada –Dijo mientras lo arrugaba.

– ¡No lo tires! Aun no, hasta que comprobemos que es una broma.

Julián la miró y queriendo quitar dramatismo al momento dijo:

– El que primero lo descubra invita.

Pero algo le decía que había algo más. Esa misma sensación de estar siendo observado la había experimentado recientemente. Aunque no conseguía localizarla en la oficina. ¿Quién, de la competencia, podía ser así? Ninguno que él conociera. Era respetado en su trabajo. Claro que había negocios nuevos en el sector, empresarios a los que apenas conocía…

Ya había anochecido del todo y empezó a notar el cansancio acumulado de todo el día. Los nervios de la cita y la propia cita, le habían dejado cierto desgaste emocional, por aquello de la incertidumbre y el no saber cómo le iría. Después, el largo paseo le había dado el remate. Era hora de regresar a casa y de camino a ella compraría un blíster de sándwich vegetal, en el supermercado 24 horas que habían abierto en la misma esquina.

Una vez en casa prendió fuego a una varilla de incienso y se preparó un baño de sales, para olvidarse del mundo por un rato. Puso el Come Away With Me de Norah Jones en el equipo de música y salpicó el baño con media docena de velitas con aroma a canela, antes de meterse en la bañera. Puso el móvil en silencio y lo dejó cargando en la cocina; no esperaba llamada alguna y aunque se produjese no sería tan importante como para no poder esperar media hora, más o menos.

El espejo del baño estaba completamente empañado, se desnudó y se perdió bajo la espuma… cerró sus ojos y se dejó llevar.

En la cocina, mientras, su WhatsApp ahogó el sonido de un mensaje de un número desconocido. Era una imagen, con una puesta de sol, en la que su silueta formaba parte de la escena… concretamente la que un par de horas antes le había sacado el turista oriental.

A contra luz. No había duda. Era ella misma. Coincidían la silueta, el sitio, la hora… Buscó el directorio del laboratorio. Comprobó que ninguno de los teléfonos coincidía con aquel anónimo… Mientras más vueltas le daba más claro lo veía. No tenía gracia. Lo había pasado muy bien pero no tenía intención de caer en las redes de un obseso. Habló con Bea.

– ¡Pues sí que le has gustado! ¡Qué tierno!

– ¿Tierno? ¿No da un poco de miedo? ¡Acabo de conocerlo!

– ¿Pero estás segura de que es él?

– ¿Quién si no?

– Espero que no sea ninguna estrategia comercial de las compañías de teléfono. Ya sabes la de datos nuestros que manejan.

– Esta no es una foto de Google. La he ampliado y está hecha con una cámara buena.

– Espera a mañana. Tal vez el autor se delate solo. Hay mucha gente que puede tener tu teléfono. Apareces en la página web del laboratorio.

– Yo sí. Mi teléfono particular no. No suelo darlo.

– ¿Ni en el súper o la infinidad de empresas de paquetería a la que dejamos el teléfono al hacer algún pedido?

– Espero que no se dediquen a perseguir a los clientes. ¿Crees que debería bloquear el número?

– Yo la dejaría a ver si se delata. Lo mismo quiere pedirte permiso para publicarla. La foto es de concurso…

A punto había estado de devolver un “Hasta nunca, Julián”. Bea tenía razón, aunque no acababa de estar tranquila. Se durmió con la duda planeando sobre sus sueños.

La preocupación ganó la partida al cansancio y pasó gran parte de la madrugada desvelada, dando vueltas en la cama, intentando encontrar una explicación razonable para aquella extraña fotografía. En otra ocasión habría imaginado alguna fantasía hasta terminar masturbándose, como solía hacer las noches en las que el sueño le jugaba una mala pasada y la dejaba despierta en medio de su dormitar, pero esa vez no era lo que le pedía su cuerpo.

Se levantó temprano, muy temprano, como era de esperar; se preparó un par de tostadas con mantequilla, un bol de fruta y una infusión de manzanilla con jengibre y limón. De haber sido un día laborable no habría esperado hasta las diez, pero llamar ante de esa hora un domingo le parecía un delito. Tenía que salir de esa duda que le asfixiaba y sólo Sandra podía ayudarla.

Al dar el sexto tono estuvo a punto de colgar, pero justo en ese momento escuchó la voz, somnolienta de la chica, al otro lado.

¿Laura?, ¿sucede algo? No me digas que es lunes y me he quedado dormida –contestó.

– No, tranquila Sandra, perdona el susto… dime el número de teléfono de tu padre, por favor –solicitó con decisión.

– ¿Su número de teléfono?, sí, sí, claro, pero puedo decirle que se ponga… estoy oyendo que está entrando en casa –sugirió.

– No, no, sólo quiero saber su número, ayer nos despedimos y no cruzamos nuestros números de teléfono –explicó, Laura.

– Sí, sí, claro… apunta: 687 25 43 84.

– Muchas gracias y perdona que te haya despertado. Un beso –y cortó la llamada.

Laura estaba deseando comprobar si el número que acaba de anotar no coincidía con el del mensaje de la noche anterior. Aliviada, respiró hondamente. Sus sospechas quedaron disipadas.

– Si no fue él… ¿quién demonios, entonces?

En la otra punta de la ciudad, Julián preguntaba a Sandra con quien hablaba y esta, despistada por completo, no sabía ni qué responderle…

[Continuará…]

A ciegas (4ª parte)

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