Amanecer en el Mar Menor

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La costumbre diaria de madrugar a la que mantengo a mi cuerpo, me hizo despertar antes de que hubiese amanecido. Poco más de cinco minutos en la cama fueron suficientes para tomar la decisión de levantarme y salir a ver amanecer… el Tonto de los amaneceres, que me dijera un amigo, en cierta ocasión. Sí, es posible.

¿Qué hay de nuevo en algo que se repite cada día?, quizá nada o quizá todo, pero lo cierto es que para mí es uno de los placeres de la vida, como para cualquiera lo será otra cosa y es que si algo tienen los placeres es la capacidad de estar ahí y hacerlos propios, en función del antojo, el deseo y las inquietudes de cada uno.

Placeres al margen, me senté a esperar, paciente. Frente a mí, con su calma habitual de esa hora del día, el Mar Menor aguardaba, como yo, la aparición del sol por encima de su horizonte. Serenamente hermoso, calladamente bello… mortalmente herido. Sus aguas parecían contener su respiración en esos instantes previos a que los rayos del astro rey lo iluminasen y yo, contagiado por él, dejé de inhalar aire como si así fuese capaz de concentrar en mi pecho la calma de ese instante.

Recordé entonces mis palabras dedicadas al Mar Menor, llenas de esperanza e ilusión, dejadas a modo de carta en un post, hace casi un año, como también recordé de manera inevitable los diversos episodios de las inundaciones del otoño e invierno pasados, que vertieron toneladas de barro y contaminación a unas aguas ya de por sí heridas de gravedad.

Inolvidable también, tristemente inolvidable, el trágico episodio de anoxia que provocó la muerte de miles y miles de peces que moraban en él, el 12 de octubre pasado, dejando imágenes de agonía y dolor, que parecían anunciar el final de sus días.

Aquel parecía un punto de no retorno, capaz de remover la conciencia de toda la sociedad murciana y de una clase política que debía dejar a un lado, de una vez, los colores e ideologías y ponerse de acuerdo, todos a una, para remar en una misma dirección, que no debía ser otra que la de la salvación de una joya de la naturaleza como es él, el Mar Menor.

Llegados a donde nos encontramos, de nada sirve mirar hacia atrás y lamentar todo el mal que se le ha hecho, de nada sirve culpar y con motivos de sobra al gobierno regional que durante veinticinco años ha permitido que esté como está, de nada vale mirar ahora hacia Madrid esperando una ayuda para solucionar un problema que nosotros, como Región, como sociedad y como murcianos, deberíamos haber resuelto… no digo ya, no haber permitido.

Habían transcurrido diez minutos desde el nuevo amanecer y perdido en mis lamentos decidí zambullirme en él, consciente del pésimo estado que esperaba encontrar bajo su atractiva superficie; nadar junto a correr, es otro de esos placeres que salpican mi existencia y por muy mal que encontrase sus aguas, quería meterme en él y pensarlo, sentirlo, vivirlo desde dentro.

Desolación, impotencia y culpasentimientos todos tenidos al mismo tiempo y no dispuestos en el mismo orden. Si el agua fuese capaz de transmitir tristeza, esa sería la del Mar Menor:

Arena carente de vida que, como una alfombra, esconde bajo ella barro y fango, esos que representan mejor que nada la conciencia de todos. El marrón, como único color, maquilla la vegetación del fondo, ignorando el verde de la clorofila y la vida. Su turbidez hace soñar con la transparencia de antaño, cuando la visibilidad bajo su superficie recordaba a la de una piscina, siendo imposible ahora ver más allá de la distancia que alcanza mi mano en cada brazada.

Seguro que habéis conducido en alguna ocasión entre la niebla, ¿verdad? Pues esa es la sensación de nadar en el Mar Menor. Pero, sin duda, no es eso lo que preocupa, claro que no, eso es tan solo la consecuencia de su estado. La consecuencia de haber permitido que la mayor laguna de agua salada de Europa se haya convertido en un vertedero de aguas residuales, de vertidos incontrolados de la agricultura, en alcantarilla constante del arrastre provocado por lluvias y tormentas.

Y sigo nadando, de la misma manera que sigo pensando, mientras se intercala el hermoso azul de cielo, adornado con largos trazos blancos de nubes que parecen acompañarme en mi travesía, con la verde oscuridad de un agua que llora, de un agua que parece abrazarme, que parece hablarme, que parece morirse… y se muere.

Cincuenta minutos metido en él, sintiéndolo desde dentro, cincuenta minutos de pensamientos. Es en él, desde donde se puede hablar, desde donde se tiene que hablar, no desde un atril y tras un micrófono, aséptico y estéril, que acogen sin rubor las mentiras que dicen de él, intentando hacer creer que el camino hacia su salvación está iniciado. No, esa no es la realidad, perdónenme, pero no es la realidad. La realidad del Mar Menor es otra, es esta:

Playas vacías, casas en venta, miles de alquileres perdidos, éxodo de turistas y una imagen casi arruinada, no diré muerta. Cultivos intensivos casi al pie de paseos marítimos, ramblas que debieron sellarse y nunca han dejado de contaminar, desaparición de una flora y fauna exclusivas, el asesinato de un ecosistema único… hace años que ya no se solicitan banderas azules, en verdad, las que hondean en sus localidades, como la de la Región, la de España y la de la población en cuestión, deberían hacerlo a media asta de manera perenne, en señal de luto por ello o tal vez, lucir la reciente bandera negra concedía hace unos días.

Sin embargo, sigo siendo un iluso, un infeliz o un incrédulo y confío, quiero confiar, que no todo esté perdido y que de una vez se llegue a un consenso y acuerdo en común por parte de la clase política que mora en nuestra Asamblea, dejando de una vez de mirar sus ombligos y de tirarse piedras los unos a los otros. También es el momento de que la sociedad digamos BASTA YA DE UNA VEZ e intentemos que nuestra voz y nuestra rabia se oigan lejos de nuestra tierra y con fuerza, con mucha fuerza.

Este post es mi manera de decir que no queda tiempo, por eso por primera vez te pido, a ti, que estás leyendo esto, que compartas estas palabras para que lleguen a muchos lugares, a muchas conciencias, con la esperanza de que quizá puedan ayudar a salvar nuestro Mar Menor, porque de lo contrario, a no muy largo plazo, lo que estará en venta ya no serán solo las casas que salpican sus orillas, sino él mismo… aunque quién sabe, quizá sea la única manera de encontrar a alguien capaz de conseguir lo que nosotros como sociedad no hemos sabido hacer.

De nuevo en casa, con mi piel aún mojada, me senté tal y como lo había hecho una hora y algo antes, para volver a contemplarlo. Silencio. Tristeza. Rabia… levanté la vista, el cielo seguía siendo azul y un avión de la Patrulla Águila lo surcó de un lado a otro… bajé de nuevo mi mirada. Una gota de agua cayó de mi pelo sobre mi brazo y, como una lágrima, recorrió mi piel en su lento destino hasta precipitarse al suelo y me pregunté cuántos hasta entonces quedan antes de matarlo para siempre…

Hasta entonces, seguiré contemplando, soñando y esperando su nuevo amanecer.

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Un amanecer para el Mar Menor

Ayúdame, ayúdalo y comparte este post, ese es mi deseo en esta ocasión y así te lo pido. Ojalá sirva para concederle el amanecer que el Mar Menor se merece. Muchas gracias.

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