Azul, casi lila

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El azul, casi lila, de la jacaranda me atrapa cada primavera. No recuerdo cuánto tiempo lleva ahí, ante mis ojos, ante los ojos de todos, como cada año por estas fechas. Su color, efímero, apenas dura unas semanas, entre los meses de mayo y junio y para mí, junto con otras señales que nos regala la naturaleza, es una evidencia de la hermosa época del año en la que nos encontramos.

Quizá por ello, por el estúpido ensimismamiento que me provoca ese azul, casi lila, me dejé contagiar de las historias que parecían susurrarme sus ramas, mientras corría una mañana de domingo. Fue entonces cuando…

[I] La corbata

– Qué bien te queda esta corbata, papá… fue la que te pusiste el día de mi boda, ¿lo recuerdas? Ibas a conjunto con el traje de mamá. ¡Qué guapos estabais los dos! No recuerdo un día más feliz que ese. Andrés estaba radiante, pero creo que por momentos le quitaste el protagonismo de novio. Siempre había soñado con aquel día y de pequeña fantaseaba con ponerme un larguísimo traje de novia y entrar en la Iglesia cogida de tu brazo… estabas más nervioso que yo y como siempre que te tocaba ponerte de traje, fue mamá la que te hizo el nudo de la corbata; bueno, la que lo intentó, porque estaba también de los nervios y al final terminé haciéndolo yo. Recuerdo como me mirabas mientras te hacía el lazo, creo que ese fue uno de esos momentos de los que sabes que vas a guardar para siempre. “Sé feliz, muy feliz”, me dijiste, “Pero, ante todo, no dejes de ser libre”… por cómo pronunciaste las palabras, creo que costaron pasar por tu garganta y eso que aún no había ajustado el nudo sobre ella.

Marta, los de la funeraria están aquí, ya son las cinco y el sacerdote espera en la sala.

– Ya he terminado, voy… dame un segundo.

– Fue mamá la que eligió el color de su vestido y aunque no lo dijera, lo hizo para que combinara a la perfección con tus ojos. A ella le gustaba tenerlo todo muy atado, que todo cuadrase y sabía que ese azul, casi lila, de su traje y de tu corbata, iba a ser la mejor combinación posible… verás cuando te vea llegar con ella puesta. Seguro que te estará esperando para salir a correr, como tanto os gustaba hacer juntos.

[II] De copas

Cuando regresó del baño metió la mano en el bolsillo derecho de su chaqueta y le susurró al oído que estaba lista. Habían pasado algo más de tres horas, desde que coincidieran en la barra del restaurante italiano de moda, esperando que les asignaran mesa. Ella celebraba el cumpleaños de una amiga y el cenaba con dos clientes venidos de fuera. La conversación fue espontánea, natural, como sucede cuando te encuentras con alguien que conoces desde hace mucho tiempo. Ambos compartieron sus preferencias de los locales para tomar una copa y escuchar buena música. El reencuentro fue inevitable y la compañía de amigas y clientes era algo meramente testimonial, ya que ambos estaban tan absortos el uno en el otro que fueron incapaces de percatarse de las miradas y las risas que provocaban en los demás.

Al meter su mano en el bolsillo de la chaqueta notó el tacto de un trozo de tela y sin llegar a verlo, imaginó claramente lo que sería. Un par de cervezas más, una hora de baile compartiendo el gusto por la música española de los ochenta, que pinchaban en el último garito y un juego de miradas cómplices que hablaban, en silencio, del rato que les aguardaba.

Él ofreció su casa sin necesidad de poner la excusa de tomar una última copa, porque en su bolsillo llevaba la evidencia del desenlace que esperaba. Se desnudaron sin prisa, con tacto, con tiento, notando los nervios del otro… se vistieron casi con la misma cadencia, poniendo cada prenda como si formara parte de un ritual. Él sacó la prenda de su bolsillo y se la dio a ella. Eran sus calcetines favoritos de correr, que con su llamativo color azul, casi lila, contrastaba con el negro riguroso de toda su indumentaria. Él ajustó la gorra en su cabeza y se recreó viendo cómo ella ataba los cordones de sus zapatillas.

Salieron a correr, el amanecer les esperaba y sí, cincuenta minutos después y tras una buena ducha, se entregaron al amor.

[III] En la playa

Era junio, aunque por la fuerza con la que soplaba el viento cualquiera habría dicho que parecía marzo. La mañana prometía un magnífico día de playa, pero a pesar de la ausencia de nubes y de la cercanía de la estación estival, las ganas por meterse en el agua eran nulas. Unos niños jugando con la arena, una pareja de ancianos leyendo bajo una sombrilla, algunos atrevidos metidos en el agua hasta la cintura, un grupo de chicos uniformados corriendo por la orilla y una joven pareja volando una cometa. Una estampa casi veraniega. Aburrido, se embelesó contemplando la escena que le rodeaba, hasta que el tedio le sobrevino y cayó en un placentero estado de duermevela

Carlos, Carlos, mira lo que he cogido –de la potera colgaba, enganchado a ella con avidez, un pequeño cangrejo de tonos rojos. Los ojos se salían de las órbitas de la niña, que corría hasta él despavorida.

Sandra, ¿cómo lo has cogido? Deja, deja que lo meta en el cubo… corre, no se escape –los dos niños quedaron en cuclillas, uno junto al otro, con sus cabezas enfrentadas mirando al interior del pequeño recipiente de plástico, mientras el crustáceo los observaba con total desconcierto, sumergido en algo más de dos dedos de agua, con la única compañía de una pequeña piedra y un ermitaño asustadizo. Estaban como hipnotizados… la niña no se lo pensó y le dio un beso en la mejilla, él, sobresaltado, dio una patada al cubo que dejó en libertad a los dos reos, derramando la poca agua que contenía y el cubo, de color azul, casi lila, calló entre las rocas

– Carlos, despierta, que no te has puesto crema y te vas a quemar –al abrir los ojos fundió el color de la cometa sobre el azul de cielo: era lila. Sandra acababa de besar su mejilla, aunque esta vez no le pilló por sorpresa.

[IV] Golfo

Habían transcurrido unas cinco semanas desde la primera vez que lo vio. Fue durante las fiestas de Semana Santa; allí estaba, acurrucado en un portal, junto a las viejas oficinas de Correos y Telégrafos, con todas sus pertenencias en un par de cajas de cartón atadas entre sí. A su lado, un pequeño cachorro de raza indefinida dormía sobre una manta ennegrecida, que apenas dejaba entrever su color original. Volvía de su entrenamiento matutino y como el primer día, lo escucho dirigirse a él con la misma frase:

– Bonitas zapatillas, amigo… buenos días.

– Gracias –le contestó, tras haberlo ignorarlo de manera involuntaria las cinco primeras veces. El sonido de su MP3 era siempre tan elevado y la voz del sintecho tan tenue, que el saludo le había pasado desapercibido hasta ese día. La batería del reproductor se había agotado en la mitad de su fartlek y eso le permitió escuchar aquellas palabras. Le resultó curioso que aquel hombre reparase en su calzado deportivo, en vez de haberle demandado alguna moneda o un cigarrillo.

A la mañana siguiente, después de su entrenamiento y del saludo de rigor, llegó a casa, se duchó, desayunó y antes de marcharse a trabajar se acercó a ver a aquel hombre.

– También son bonitos esos mocasines… amigo –dijo sonriendo, al verlo.

– Toma, compañero, ahora son tuyas –y el chico le entregó las zapatillas que todos los días le había alabado; llevaban ya unos cuantos kilómetros y era el momento de cambiarlas, pero en esa ocasión pensó que no las guardaría en su caja, junto con otros tantos pares. El hombre se puso de pie y sosteniéndolas entre sus brazos lo miró sorprendido.

Golfo, ahora ya podemos volver a correr –dijo, dirigiendo su mirada al can –Muchas gracias, amigo… gracias.

Dos semanas después vio, en la sección local de deportes, la foto de un perro conocido y junto a él las piernas de un corredor cuyas zapatillas, de color azul, casi lila, le resultaban muy familiares. En el pie de foto rezaba: Golfo, junto a su dueño, ganadores de la prueba de canicross, celebrada este domingo en la ciudad.

*    *    *    *    *

Su color, ese azul casi lila, pasará, dejando paso al verde de sus hojas, al tórrido calor del verano y al recuerdo de unas historias que volverán a atraparme, de nuevo, el año que viene, cuando al abrir los ojos vuelva a ver que la primavera me regala, ahora sí, su azul, casi lila.

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Azul, casi lila

Cuatro relatos breves, inspirados en un color… y tú, ¿has reparado también en él? Si te ha gustado este post, compártelo. Muchas gracias.

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