Bajo control (para pasar, pulse y espere)

post control

Todo estaba absolutamente controlado, nada escapaba a la improvisación y cada hecho se desarrollaba dentro del orden normal preestablecido. Sí, todo estaba bajo control.

Desde los primeros recuerdos de su infancia, hasta los del día anterior, todo estaba perfectamente hilvanado. Una educación reglada en consonancia con la mentalidad de unos padres que siempre ejercieron un control absoluto sobre él, pero de un modo natural, casi instintivo, sin dejar huella física aparente en su comportamiento, pero calibrando su psíquico de modo silencioso e inocuo.

Luego llegó el internado y los años de bachillerato y universidades privadas, en los que recibió la mejor formación, al tiempo que seguían minando su personalidad con el mismo control al que sin darse cuenta se encontraba sometido. Educado, responsable, previsor, paciente, constante, solidario, honesto y por supuesto, confiado. Confiado en todo lo que le rodeaba.

Por último, llegó ella, la última pieza necesaria para completar el control perfecto de su vida y encargada de dar continuidad al solfeo escrito sobre el libro de partituras que sus padres habían estrenado veintisiete años atrás. Hija de unos buenos amigos, era la esposa ideal para él y como si de un máster más se tratase, los dos jóvenes terminaron desposados en poco más de lo que dura un curso académico, pero que en vez de dejar un nuevo título que añadir a su brillante currículo valió en ejemplar de un flamante libro de familia.

Una vivienda luminosa, para una vida esplendorosa, que se llenó con tres niños y una niña, todos sanos, todos adaptados, todos controlados. Todo fluía dentro del orden establecido, la noria giraba como siempre lo había hecho y sus engranajes se encontraban lubricados para seguir haciéndolo por otros cien años más. Para entonces él solo sería un recuerdo, el rostro medio gastado de alguna imagen, pero su legado, el mismo al que se había visto sometido desde que nació, seguiría vivo y con un espíritu latente capaz de continuar con el mismo control, ese que, sin saberlo, le resultaba tan familiar como necesario.

Pero algo pareció salir mal en medio de ese viaje, algo no previsto hizo tambalear los cimientos de aquel esbelto y robusto muro que la vida había levantado delante de él, para protegerlo y mantenerlo a salvo de lo inesperado, de lo descontrolado… levantado delante de ellos. Algo que casi arrasó con todo.

No fue un lío de faldas, siempre había sido fiel; no fue la adicción inesperada a ninguna sustancia, siempre había sido mesurado; no fue un cambio laboral, siempre había trabajado en el bufete familiar; no fue la crisis de los cincuenta, como tampoco lo habría sido la de los cuarenta, siempre sabía la etapa que vivía… ¿fiel, mesurado, familiar, etapa? Sí, todo bajo control, como siempre.

Fue una mañana de lunes, era festivo y salió a dar una vuelta por la ciudad. Era temprano y la mayoría de gente descansaba, aprovechando ese día de relax extra. Caminaba con los auriculares conectados a su móvil; daban las noticias de las ocho de la mañana. Llegó a un semáforo, estaba en rojo para los peatones. Esperó. No había tráfico, pero aun así permaneció de pie, inmóvil al borde la acera.

Cinco minutos más tarde se preguntó por qué demonios no se había cambiado ya el turno para los peatones y al mirar a su lado vio un pulsador sobre el semáforo, con un pequeño cartel que decía:

PARA PASAR, PULSE Y ESPERE

Alargó su mano y con dedo corazón pulsó el botón naranja. Treinta segundos más tarde se encendió el luminoso de color verde que le autorizaba a cruzar la calzada de manera segura. A lo lejos, un coche con cuatro adolescentes en su interior se acercaba a gran velocidad por la avenida. Iban en su mundo, todo bajo controlnoventa, cien, quizá ciento veinte… El conductor del vehículo, con las pupilas más dilatadas que un gato en plena oscuridad, ni lo vio, el joven que iba de copiloto le dio un volantazo para esquivar al peatón y como si de un milagro se tratase evitaron el atropello y a la farola de la mediana, que al verlos venir cerró sus ojos y no dejó de santiguarse:

– Pinkflooooid, Pinkflooooooooiiiiiiiidddd… durmiendo tenías que estar. Yiiiiijjjjaaahhhh –le gritaron desde una de las ventanillas traseras del automóvil.

Terminó de cruzar el paso de peatones que marcaba el tránsito del semáforo y ya en la otra acera se volvió para ver alejarse aquel coche, que siguió a toda velocidad

PARA PASAR, PULSE Y ESPERE

– Espere a que le lleve un coche por delante –pensó, al tiempo que sentía cómo su corazón latía, totalmente descontrolado. Sí, era prudente, era paciente, era un adaptado a todas las normas que existían y las que estaban por llegar.

– Todo en la vida es una espera continua –se dijo.

– Esperar para crecer, esperar para tener una carrera, esperar para encontrar un buen trabajo, esperar para enamorarse, esperar para ser padre, esperar es parte del control que nos rige –continuó hablando para sí.

– Esperar en la cola del súper, esperar en la sala del médico, esperar para echar gasoil al coche, esperar para entrar al baño, esperar para hasta para hacer el amor –esperas esperadas, controladas, parte del orden establecido. En el programa de radio hablaban de los estrenos de cine del pasado fin de semana.

Aquel incidente pareció no pasar de un gran sobresalto y con el runrún de las ondas herzianas en sus oídos siguió caminando, cavilando lo injusta que podía llegar a ser la vida, capaz de dejarte sin nada cuando menos te lo esperas:

Comida con poca sal, evitando grasas y excesos, para tener la tensión y el colesterol bajo control; deporte a diario y misa los domingos, para cuidar el cuerpo y el alma; plan de pensiones y fondo de ahorros para mantener el control de la economía familiar más allá de la etapa activa…

PARA PASAR, PULSE Y ESPERE

Esa frase se convirtió en una especie de gigante luminoso de neón que con demasiada frecuencia comenzó a asomarse en sus pensamientos durante los siguientes días…

– ¿Y quién me dice a mí que tanto esperar vale para nada?, ¿acaso tenemos la certeza del universo que nos controla para que todo suceda tal y como tenemos planeado? ¿Y si de repente mañana ya no es hoy?, ¿de qué habrá servido tantas precauciones, tantas previsiones? ¿Acaso la vida te pone un pulsador delante para que lo acciones cada vez que llegue el momento que tú tienes decidido? –no dejaba de preguntarse y en todos los casos llegaba a la misma respuesta, rotunda y clara: no.

El incidente del no atropello le produjo tal choque emocional que generó una alteración sanguínea, responsable de la extraña aparición de un forúnculo en un testículo. La visita a su médico de confianza lo derivó al urólogo y este a una ecografía abdominal, que sirvió para dar luz a un tumor del tamaño de una pelota de tenis, alojado junto a su próstata.

Sorprendido, no había tenido síntoma alguno que le hiciese pensar que en su interior se estaba librando una batalla entre sus células; tan solo unas erecciones menos vigorosas y una menor actividad sexual, pero achacable de manera errónea a su llegada a la decena del medio siglo. Una intervención rápida le dejó la próstata como nueva y algo más de medio testículo sano, nada más. El oncólogo le explicó que sus testículos habían sido colonizados por las células malignas y que a partir de entonces debía someterse a un fuerte tratamiento de quimio para asegurar el éxito completo de la intervención.

– Dé gracias a ese caprichoso forúnculo, de no ser por él es muy probable que hubiésemos llegado tarde. Todavía hay que esperar para conocer el resultado de la biopsia, pero no me ha gustado nada su aspecto, además el tumor estaba empezando a extenderse hacia los riñones y de ellos al páncreas habría sido tan rápido como letal. Es un tipo con suerte, querido amigo –le contó el Dr. Calderas.

– Para pasar pulse y espere –le contestó él.

– Eso, a esperar y a ponerse fuerte. Asegúrese que descanse, pasaré mañana a primera hora –le dijo a su esposa. A él lo miró y sin decirle nada, le tocó la pierna con su mano, a modo de saludo animoso. Se giró sobre sí mismo y echó andar, cruzó el umbral de la puerta y se perdió por el largo pasillo. Tocaba descansar.

– ¿Qué has dicho de pulsar y esperar?, ¿estás delirando aún de la anestesia? –le preguntó ella.

– No, no deliro, tan solo es eso… esperar –respondió él, cerrando los ojos.

Ella no preguntó más, tampoco le otorgó más importancia a esa frase y él pensó en lo paradójica que resulta la vida, capaz de tenerte toda ella esperando para ir consiguiendo aquello que anhelas y cómo puedes quedarte sin conseguirlo, eso sí, siempre sin perder la esperanza de lo que está por llegar. Una paradoja que, caprichosa o no, casi había querido quitarle la vida con el único propósito de volvérsela a dar:

PARA PASAR, PULSE Y ESPERE

El luminoso volvió a desnudar la oscuridad de sus pensamientos, bañando de luz artificial una escena [unos niños jugaban junto a una pareja de ancianos que, cogidos de la mano, permanecían sentados en dos sillas a la orilla del mar; era una soleada mañana de junio y el agua mojaba sus pies…] entre otros recuerdos que estaban aún por venir, pero no logró recordar porque, ahora sí, el efecto tardío de la anestesia le hizo perder el conocimiento mientras todo volvía a estar bajo control.

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Bajo control

Para unos el control es la única razón para llevar una vida ordenada, para otros una estúpida manera de quitar emoción… de una manera u otra, es ella, la vida la que de verdad tiene el único control sobre nosotros. Si te ha gustado este relato corto, compártelo. Muchas gracias.

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