Carso y Dolina (o la talla de un sueño)

Carso surgió de las profundidades del océano, Dolina jamás llegó a salir del techo que la cobijaba.

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Correr se había convertido en un motivo perfecto para hacer turismo y la mejor manera de conocer lugares y rincones, más o menos escondidos, más o menos conocidos; todos ellos dotados de un atractivo y de un encanto suficientes como para hacerles viajar a muchos kilómetros de distancia.

La mañana, fría, ventosa y cubierta de nubes, dotaba al día de un halo propio del más puro romanticismo. Marzo languidecía, se arrastraba, intentando hacer interminable la transición hasta su lluvioso colega. El despertador los sacó a ambos de su descanso a la hora prevista y con la ilusión de dos principiantes, ataron sus zapatillas y salieron a correr.

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Dolina aguardaba paciente en casa; agachada frente a la lumbre, removía el humeante puchero, al tiempo que calentaba la pequeña estancia. Carso tallaba la piedra, un día más, dando una y mil formas al macizo sobre el que llevaba tanto tiempo trabajando; incansable, no distinguía la noche del día, tan solo por el afán de hacer realidad el sueño de una imagen grabada en su mente.

El rumor de animales en busca de sustento, sonaba como único sonido, mientras el cielo, plomizo, guardaba silencio, hilvanando la dulce tensa del momento que precedía a la lluvia que llenaba sus entrañas. El horizonte, desierto, fundía al norte con el sur y al este con el oeste: soledad. Latidos de una naturaleza desconocida, pura, inmensa, presumida y segura de sí misma. Todo por nacer.

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Llevaban la ruta bien estudiada, aun así, les resultó muy sencillo seguir el camino adecuado, gracias a una perfecta señalización de la zona, por lo que perderse resultó ser una tarea completamente improbable. La pequeña carretera los alejó lentamente del núcleo urbano, dando paso a parajes con vastas extensiones donde el verdor intenso de una hierba alta, tupida, cubría la fértil tierra como si de un manto se tratase.

Se miraron, sin decirse palabra alguna, y supieron que la elección de viajar hasta allí había sido todo un acierto. Disfrutaban de lo que sus ojos devoraban, mientras sus piernas impactaban sobre el ajado y descolorido asfalto de un camino que desde hacía kilómetros subía y subía, de manera lenta y constante, subía y subía. Las nubes salieron a su paso y como dos extraños, cogidos de la mano, se adentraron en aquella bruma tardía de marzo, entre zancada y zancada.

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Los días se sucedieron, uno tras otro, uno tras otro, haciendo que la memoria perdiese su conciencia, incapaz de mantener la cuenta del tiempo transcurrido. No importaba el día, no contaba la noche, Dolina permanecía apostada junto a su lumbre, paciente, al abrigo del calor que la reguardaba, que la protegía. La bóveda de su intimidad escondía su celosa realidad y una espera que incluso ella desconocía.

El pasado pasó, y pasó sin prisa, despacio, de esa manera de aquello que sucede sin importarle a nadie, ajeno a todo, capaz de llegar a convertirse en una huella invisible del tiempo hasta ese día en el que alguien es capaz de reparar en él y preguntarse, en su ignorancia, desde cuándo existió, desde cuándo fue una realidad. Carso continuaba mimando la roca, acariciándola con delicado esmero, impregnándose de ella en su búsqueda por llegar hasta su útero pétreo.

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Cincuenta minutos más tarde abandonaron la densa niebla, volviendo a la fría y airosa mañana. Sus piernas se pararon, detuvieron sus cronómetros y perplejos desearon, por unos instantes, retroceder sobre sus pasos y convertirse en piedras, para ser dos mudos y eternos testigos más de la imponente belleza del lugar en que acaban de estar. De nuevo volvieron a mirarse y otra vez, sin articular palabra, prosiguieron su carrera, poniendo distancia de por medio entre sus espaldas y aquella maravilla de la naturaleza.

Se sabían afortunados, infinitamente afortunados, por haber llegado tarde, millones de años tarde, tantos como los que había necesitado la naturaleza para convertir en realidad sus sueños.

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Carso nunca se cansó de tallar y en cada talla buscó a Dolina, escondida como una novia celosa de su belleza, que no reparó en dejar a la vista de incrédulos y curiosos sus cálcicos encantos.

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Aquella noche cenaron a la tenue luz de un farol, en una minúscula bodega y juntos se preguntaron si acaso lo más bello podía o debía suceder de manera tan lenta que lo hiciese alejarse de la explicación en sí mismo. ¿Qué mensaje, si lo había, albergaba el extenso paraje de rocas de aspecto misterioso en el que habían estado aquella mañana?, ¿cuán romántico se debía clasificar aquel refugio, propio del capricho de la tierra que nos cuida o de un ser superior de exquisita delicadeza, como para ser capaz de dar sentido a todo el tiempo que el tiempo necesitó para llegar a hacerlo realidad?

Divagaron, rieron y se besaron, pero no hallaron respuesta… el vino los empujó a perderse en cariñosos gestos de complicidad y rato más tarde se mecieron el uno en el otro, sintiendo el cálido roce de la piel que los vestía, despojados ya de la ropa que los cubría. Desnudos como aquellas rocas, que evocaban a su mente, callados y atraídos de una extraña manera por el influjo de aquel misterioso paraje.

A la mañana siguiente dejaron dormir su despertador y al abrir los ojos se vieron, como cada mañana uno junto al otro y él, con una sonrisa en su rostro, le dio un suave beso con el que acariciar su despertar:

– Buenos días, Dolina –le susurró al oído y de nuevo, hicieron el amor.

Ese día tocaba descanso, que tomaron al pie de la letra, mientras, a un puñado de kilómetros de allí, el tiempo seguía su curso, sereno, impasible, invisible, tallando y dando forma al amor… todo pasó allí, todo pasó en El Torcal.

Carso y Dolina

Todo sucedió allí…

Viajar y correr son dos actividades que, una vez unidas, son imposibles de separar. Si a ellas se les une la imaginación, nada como dejarse llevar y mirar a nuestro alrededor para descubrir historias que ya no podremos olvidar. Si te ha gustado este post, compártelo. Muchas gracias.

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