Cincuenta minutos

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Los cerca de cincuenta minutos de conversación no sirvieron para nada. Le dio un beso en la mejilla y se marchó.

Apuntó con el cañón a su sien izquierda, era zurdo; tan solo debía apretar sin titubeos el gatillo de la pistola que sostenía en su mano… moriría al instante o quizá tardara un par de horas en hacerlo, pero su pérdida de conocimiento seguro que parecería llevarlo al otro mundo en décimas de segundo. En verdad, qué más da lo que sucediera después

Para entonces ya había entrado a casa y se encontraba buscando el número de la policía en el navegador de su móvil o mejor, el de emergencias. Oyó el eco sordo y amortiguado del disparo; no pudo evitar cerrar los ojos, respiró profundamente y marcó el número, mientras un escalofrío recorrió su espalda de arriba a abajo. En el jardín, sin embargo, la detonación sonó limpia y dejó un rumor que fue perdiéndose con la brisa de la tarde que en ese momento soplaba en dirección a la ciudad. Era final de mayo y atardecía.

– Ha habido un suicidio… con arma de fuego… sí, ahora mismo… esta es la dirección, ha sido en la azotea… no, no tocaré nada, descuide… su hija, no tarden, por favor. Sí, este es mi número de teléfono –y cortó la llamada.

*     *     *     *     *

– Hola, papá, ya he llegado –dijo en voz alta, como cada vez que entraba en casa. Vació sus bolsillos y dejó las llaves del coche donde siempre, justo al lado de la televisión de la cocina y al girarse vio, sobre la mesa, una nota escrita a mano.

Estoy en la azotea

Desde que sucediera lo de la pandemia había cogido esa costumbre y no era inusual que se subiera a ella. Decía que estar allí arriba, sentado en su silla de director, era como estar un poquito más cerca de mamá. Unas veces leía, otras se entretenía navegando con su móvil por la Red, también era habitual verlo dejando escritos algunos de su pensamientos y reflexiones en su inseparable Moleskine de color azul marino y no resultaba tampoco extraño pillarlo con los ojos cerrados, sucumbiendo a las tentaciones de Morfeo.

Se había beneficiado de la jubilación anticipada que sufrió el sector de la banca años atrás, en el que había trabajado durante toda su vida. Entró como escribiente de los de entonces y había llegado a director de sucursal, también de los de antes, hasta que los movimientos y las fusiones de las entidades financieras lo obligaron a someterse a una reinvención que culminó con el milagro de ese pase a la reserva, bien reconocida y mejor pagada.

Mamá, maestra de vocación, educó durante más de treinta años a los miles de niños que pasaron por su aula, inculcándoles esos valores que debemos aprender casi antes de empezar a leer. El tiempo le había dejado una visión perfecta de cómo había evolucionado la educación familiar de unos padres que, si antaño habían sido demasiado estrictos, ahora eran demasiado lasosEn un término medio, está la virtud, pero desde luego, si la balanza ha de inclinarse, que sea hacia el lado de la rectitud, que ya tendrán tiempo de torcerse por el camino –solía repetir a menudo.

Con apenas cincuenta y cinco años celebraron la libertad laboral de papá con un viaje a Florencia y fue allí, durante un fin de semana bajo el sol de la Toscana, cuando decidieron que con su holgada situación económica podían permitirse que mamá también dejase de trabajar ya, total, lo que perdería de su jubilación sería compensado de sobra con el hecho de poder disfrutar juntos libremente, ahora que aún eran jóvenes y su salud se lo permitía.

Eso fue hace seis años, justo cuando acababa de terminar la carrera. Lo de Bellas Artes no fue algo que les entusiasmase de primeras, pero ellos mismos habían puesto la simiente cuando decidieron llevarme, con apenas ocho años, a la academia de pintura de sus amigos Ramón y Miguel. Una entrañable pareja de gais a los que debo mi amor por el arte en general que con el paso del tiempo me ha convertido en una enamorada de ese mundo de emociones, sentimientos y expresiones.

– ¿Qué haría yo sin mis pinceles, mis letras, mis cuadros y mis poesías? –dijo en voz alta.

Quizá, si hubiera tenido un hermano o una hermana, todo habría sido distinto, seguro, pero tanto mamá como papá dejaron cubiertas sus necesidades paternales con mi nacimiento y se volcaron en darme, sin excesos, todo lo que la vida les había ido enseñando a ellos. En ocasiones he lamentado eso de ser hija única, pero cuando creces, te das cuenta que todos somos autosuficientes y si bien parece necesario sentir la existencia de alguien de tu sangre cerca, en realidad al final solo te tienes a ti y para eso da igual estar sola.

En verdad no fue hasta lo de mamá, cuando llegué a esa conclusión. Jamás habría imaginado que faltaría, pero fue ese extraño virus la que se la llevó casi sin darnos cuentas, casi sin darme cuenta, mejor dicho, porque papá no se separó de ella durante los veinte días que estuvo en la UCI, mientras yo me aferraba a la negativa de que pudiera sucederle algo. Él sí vio que se le iba, que se marchaba y con ella todo lo que habían planeado y ya habían empezado a disfrutar.

Creí que moriríamos los dos con ella, porque ella era el alma de la casa, pero fue entonces cuando aprendí eso de tenerse a ti mismo y a darme cuenta que nadie respira por ti y que tú tampoco respiras por nadie. Papá quedó tocado, muy tocado y por momentos creí que también lo perdería a él, pero no, salió a flote, con el casco lleno de golpes y algún que otro agujero, por el que en ocasiones medio se hundía, pero conservaba fuerzas aún para achicar agua y seguir manteniéndose con la línea de flotación a nivel y por debajo de la cubierta… hasta que no ha podido más.

No podía contener las lágrimas, ya no podía. Se había despedido de él con un beso, fría por fuera, pero destrozada por dentro. Los cincuenta minutos de conversación solo había servido para recordar a mamá, pero de nada valió hacerle ver cuánto le quedaba por disfrutar… de sus mañanas en el gimnasio, de sus cursos de cocina, de su taller de escritura, de sus paseos dominicales por el monte, de sus estrenos de cine juntos, de los fines de semana en la casa de la playa… nada había servido y en parte lo comprendía, pero no podía dejar de culparse por no haber logrado disuadirlo.

De haber fumado se habría encendido un cigarro en aquella lenta y amarga espera, pero no podía estar quieta y aprovechó para recoger la documentación de papánecesitarán su DNI y también el Libro de Familia… sintió repugnancia de sí misma en esos momentos, por ser capaz de pensar con la frialdad de alguien a quien su padre acaba de volarse la tapa de los sesos, pero no podía evitarlo, era así: práctica y efectiva, sentimental también y afectiva, mucho, pero enemiga de la pérdida de tiempo y de lo superfluo, pragmática.

Ni tan siquiera se le pasó por la cabeza volver a subir, como tampoco lo haría en compañía de la policía; esperaría a que llegaran todos los servicios que suelen intervenir en esos casos y una vez acabado todo llamaría al seguro para comunicar el deceso de su progenitor.

Miró el reloj una vez más y se preguntó cómo podrían tardar tanto ante una urgencia por suicidio, respondiéndose casi al instante que, tal vez, al ser casos en los que ya nada se puede hacer, es posible que dieran prioridad a situaciones de riesgo donde salvar una vida aun fuera posible.

Cincuenta minutos, fueron los que pasaron hasta que oyó el ruido de sirenas; cincuenta minutos más de espera, otros cincuenta minutos. Sonó el timbre de casa y al abrir se encontró con la figura de dos agentes nacionales que con un gesto a medio camino entre la seriedad y la compasión le preguntaron dónde se hallaba el cuerpo del suicida. Ella les enseñó la nota que un par de horas antes había visto sobre la mesa de cocina y les indicó el camino:

Estoy en la azotea

– Quédese aquí, vamos a subir… la ambulancia viene de camino –le dijeron. Subir no entraba en sus planes, claro que no y allí, con la puerta abierta, sentada sobre el suelo del hall de la entrada de casa y la espalda apoyada en la pared, quedó a la espera. Rompió a llorar.

No más de cinco minutos tardaron los agentes en bajar; la silla de director la llevaba agarrada el policía que parecía más joven.

– Señora, ¿qué tipo de broma es esta? Allí arriba solo estaba esta silla… ¿sabe que se enfrenta a un delito por haber realizado una falsa llamada de emergencia? –le dijeron sin titubeos.

– ¿Cómo dicen? –atinó a decir, perpleja, aturdida y temblorosa, secándose las lágrimas con ambas manos.

En ese instante el ascensor se detuvo en la planta y el sonido de las puertas automáticas al abrirse dejó paso a papá.

– Alguien se ha llevado de la azotea mi si… –se quedó a medio decir.

La chica pegó un brinco del suelo y se abrazó con fuerza a su padre; los agentes avisaron por emisora que todo había sido una falsa alarma y el intento de suicidio costó una multa de tres meses que pagó encantada de la vida.

– Perdóname, mamá me va a esperar allí donde esté y creo que no me perdonaría que te dejara aún más sola…

*     *     *     *     *

Estaba completamente decidido, el viejo revólver que guardaba con celo en el trastero y que había pertenecido a no sé qué tío que había luchado en la Guerra Civil, sería el pasaporte perfecto para su último viaje. Luego llegó la niña, tan testaruda como siempre, a la que le costó hacerle ver que sin mamá era lo mejor que podía hacer.

Cincuenta minutos necesitó para hacerse entender lo que le había costado decidir durante casi un año, pero bastó un segundo y golpe de brisa para devolverlo de súbito a la realidad, esa a la que se empeñaba en dar la espalda.

Cuando la joven se marchó, dejó su desgastada Moleskine sobre su regazo, abierta por la página en la que acaba de escribir su última reflexión y sacó el arma de la bolsa que colgaba del reposabrazos de la silla. La asió con decisión y seguridad, aunque no pudiese evitar el sentir cómo se le aceleraba el ritmo cardíaco.

Le quitó el seguro, puso su dedo en el gatillo y sintió el frío metálico del arma sobre su sien. El sol de poniente le cegaba y agachó su cabeza; una brisa repentina abrió su agenda por una hoja de meses atrás y las páginas dejaron a la vista lo que en ella quedó escrito entonces. No era su letra, sino la de esposa, su amiga, su compañera.

Se quedó mirando, llevaba fecha de seis años atrás y sorprendido, extrañado, la leyó:

Ahora que la siesta te ha vencido, voy a ser yo la que te escriba. Aquí, perdidos en medio de un campo de la Toscana, con una nueva vida por delante, vuelvo a comprender por qué un día decidí caminar a tu lado; no sé el tiempo que la vida nos tendrá unidos, pero solo deseo que el día que me faltes o te falte, jamás olvidemos el amor que nos unió. Tu pintora, como te gusta llamarla, es nuestra obra maestra y aunque no nos tengamos jamás debemos faltarle a ella, porque estaríamos dándonos la espalda a nosotros mismos. El cielo, este que ahora nos cubre y nos protege, nos esperará y en él te esperaré o me esperarás. Nuestro amor por ella, es lo mejor de nuestro amor.

Inexplicable, incomprensible, pero jamás había leído aquellas palabras. Un nuevo golpe de brisa volvió a dejar la agenda en la última página escrita, en la que leyó de nuevo lo que había escrito hacía poco más de cincuenta minutos:

Cansado de esperar, decidido a caminar

Apartó el revólver de su cabeza apuntó al cielo y apretó el gatillo. El disparo retumbó en sus oídos y de vuelta guardó el arma allá donde la había sacado. A continuación, cogió su querida, su confidente Moleskine entre sus manos y mirando fijamente su última cita, añadió unos puntos suspensivos y escribió:

Cansado de esperar, decidido a caminar… es el momento de volver, esta vez con nuestra pintora

Allí permaneció durante largo rato, sentado y mirando el atardecer, pensativo, meditabundo, aliviado, aún enamorado y ajeno a todo lo demás. Bajó al sótano para guardar aquella arma, para siempre y de vuelta se extrañó que alguien le hubiese quitado su vieja silla de director. Al bajar de nuevo a casa, se encontró con la policía y lo comprendió. Tan solo se limitó a decir:

– Perdóname, mamá me va a esperar allí donde esté y creo que no me perdonaría que te dejara aún más sola… te invito a la Toscana, ¿te vienes?

*     *     *     *     *

Un amor resumido en cincuenta minutos, una espera ahogada en cincuenta minutos y una razón sacudida en tan solo un segundo.

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Cincuenta minutos

Cincuenta minutos de razones, cincuenta minutos de espera y un segundo para que todo termine o tan solo, encontrar el camino. Ocasiones en las que la razón escapa de sí misma, para buscarse en otra realidad. Si te ha gustado este relato corto, compártelo. Muchas gracias.

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