Con la muerte en los talones

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Seguro que, al leer el título de hoy a más de uno, sino todos, os habrá venido a la mente la famosa escena del bueno de Cary Grant intentando escapar de una avioneta que planeaba muy bajo, tanto como para llevarse su vida por delante en la mítica película del mismo título, del irrepetible Alfred HitchcockCon la muerte en los talones.

Fue precisamente hace unos días y por asociación espontanea de ideas cuando, escuchando una tertulia de radio, me sorprendí ante la afirmación que hizo uno de los participantes a ella. Con total sinceridad y franqueza confesó que cada mañana, al despertar, lo primero en lo que piensa es en la muerte. Un pensamiento ese que, por sorprendente, no resulta extraño, puesto que más de uno de los que formaban esa mesa de diálogo manifestó que no era la primera vez que lo escuchaban.

Está claro que la muerte, junto a la vida, es una máxima de nuestra existencia y por mucho que no queramos mirar a ella no deja de asomarse a nuestros pensamientos cuando menos lo esperamos. Sin embargo y pese a esa especie de omnipresencia (de la muerte, digo) me pareció un poco agorero eso de andar todos los días pisándole los talones o queriendo familiarizarse con ella, como si de esa manera nos preparásemos para cuando, llegado el momento, nos invitara a darnos un paseíto juntos y ¡zas!, adiós muy buenas.

Siendo sincero, no voy a esconder que eso de la muerte también es algo que pasa en ocasiones por mi cabeza, pero de una manera fortuita, no como algo recurrente o repetitivo, de ahí que me chirríe lo de tenerla como una amiga diaria. Tal vez sea cuestión de educación, de mentalidad, de la forma de ser de cada uno o lo mismo se deba a todo ello a la vez, sin más. Y así, como en tantas otras veces y sin querer, quedé ensimismado en mis propios pensamientos…

Quizá aquel que se despierta cada día con ese toletole, esté mejor preparado que nadie para enfrentarse a la muerte, no digo yo que no, pero de alguna manera me imagino que viene a ser algo así como estar pensando en la resaca de la mañana del día siguiente cuando aún nos estamos preparando para salir de fiesta; o imaginando cuánto nos va a costar volver a trabajar tras las vacaciones cuando ni tan siquiera las hemos empezado; o cuánto de duro va a ser bajar de una montaña cuya cima somos incapaces de ver a simple vista.

Dicho de otra manera, es como si nuestra preocupación por el irremediable encuentro con la certeza de lo que va a suceder, de manera más o menos próxima, nos importase tanto o más que el simple hecho de disfrutar de todo aquello que nos espera frente a nosotros para ser disfrutado, para ser vivido, nada más.

Imagino que habrá quien defienda que esa visión más lejana, capaz de visualizar el final de aquello que vamos a disfrutar antes de, precisamente, disfrutarlo, es una manera madura y cabal de saborear lo que sabemos que es finito y acotado en el tiempo, algo así como mantener en todo momento las riendas del caballo sobre el que galopamos, permitiéndole un trote mayor o menor según nuestro capricho, pero siempre alejándonos de la improvisación o el desvarío, al menos de un modo irracional.

Pero volvamos de nuevo a la muerte (sin ser preciso tocar madera) y decidme si no encontráis en el título del mago del suspense, y que tan osadamente he utilizado para mi post de hoy, una metáfora velada que nos viene a decir que, desde el momento de nuestro nacimiento y hasta el final de nuestros días, la muerte acechará sobre nuestros talones para abalanzarse sobre nosotros cuando nos haya llegado la hora.

¡Joder!, vaya panorama, estaréis pensando, seguro… pues no, alejad de vuestros pensamientos la alargada sombra de la dama de la guadaña y dejadme que os contagie un poquito de esa filosofía basada en el placer de disfrutar con todo lo que sucede antes de conseguir aquello por lo que luchamos, por lo que nos esforzamos y que deseamos.

Es en ese tránsito, en el camino hacia donde nos dirigimos, donde se encuentra el placer de nuestra vida; sí, una vida al final de la cual nos esperará la muerte, de manera irremediable y a todas luces inevitable, pero basta con saber de ella, sin tener la necesidad de concederle un protagonismo mayor del que ya tiene por sí misma. Una muerte que nos ganará la partida a todos, pero que jamás podrá evitar que vivamos con todas nuestras fuerzas antes de convertirnos tan sólo en un recuerdo.

Quizá sea ese espíritu de corredor que, sin saberlo llevaba dentro y descubrí cuando me puse unas zapatillas por primera vez, pero como ya dijera en una ocasión, el placer de quienes corremos no está en alcanzar una meta, sino en correr tras ella con la ilusión puesta de llegar a tocarla, disfrutando en cada zancada, sintiendo el cansancio y aprendiendo que en el esfuerzo se esconden los secretos de una vida cuyo premio vale más que la propia muerte… y de ahí que no resulte extraño que vivir sea visto con frecuencia como la carrera de fondo continua más hermosa.

Por todo eso y a modo de corolario, tal vez no sea la muerte la que camine detrás nuestra, sino todo lo contrario y de manera involuntaria seamos nosotros los que con nuestros pasos le sigamos muy de cerca hasta que, cansada de ir con la vida en sus talones, decida detenerse en seco y dar por concluido nuestro caminar. Pero hasta que ello suceda:

¡Vivamos!

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Con la muerte en los talones

Hoy ha sido la muerte, la elegida como protagonista, otorgándole la importancia necesaria para aceptarla y al mismo tiempo, para ignorarla. Y tú, ¿crees que su figura debe acompañarnos cada día? Deja tu punto de vista y si te ha gustado este post, compártelo. Muchas gracias.

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