Corre tú, que a mí me da la risa

post risa

No vengo esta vez a descubrir el valor terapéutico de la risa, porque creo que a estas alturas de la canción todos sabemos de sobra que la vida acompañada de ella es mejor vida, ¿a que sí? Quizá sea por eso, o simplemente por puro instinto de supervivencia, llamémosla… emocional… nuestra realidad se dulcifica, se hace más placentera, cuando la risa forma parte de nuestro día a día.

Quiero dejar claro, antes de meterme un poco más en materia, que me estoy refiriendo a la risa como ese estado de ánimo acompañado de positivismo, de predisposición a ver lo bueno de cada momento o a minorar, en la medida de lo posible, lo negativo o menos bueno. Por lo tanto, no pretendo asociar risa a carcajada, como tampoco quiero transmitir que la risa debe ser la única protagonista en nuestras emociones, claro que no.

Las emociones, como los sabores, deben ser variadas y queramos o no, debemos degustarlas todas, porque si algo tiene la variedad y existencia de estas es la posibilidad de apreciar el sabor, el diferente sabor entre unas y otras, que nos ayudará a valorar y apreciar con certeza cada una de ellas y a buscar las que mejor nos hagan sentir. Lógicamente, como he comenzado diciendo, solo por egoísmo emocional, buscaremos casi con toda probabilidad en la risa a nuestra compañera preferida.

Pero no solo por ese egoísmo la buscaremos, sino también por el carácter empático que se transmite con ella, haciendo que quienes estén a nuestro lado se contagien en cierta medida de las buenas vibraciones que transmite. Eso es algo que también está completamente comprobado o ¿acaso me negaréis alguno que cuando nos encontramos con ese amigo vitalista, que todos tenemos, no terminamos con una sonrisa en nuestro rostro tras haber estado cinco minutos hablando con él? Al igual que si a quien vemos es a ese otro amigo gris, medio pesimista, que también todos tenemos, terminaremos apagados transcurridos los minutos de saludo, ¿verdad?

Sin duda, creo que somos permeables, unos más, otros menos, pero permeables, capaces de transmitir y alimentarnos de nuestro estado emocional. De esa manera, al margen de nuestra predisposición natural, genética, que nos hace ser más o menos optimistas, creo que todos buscamos dotar nuestra salud emocional de la manera más positiva posible, y para eso intentamos tener ocupada nuestra mente con actividades que nos acerquen, a priori, a ese estado.

Pero volvamos a la risa, porque parece que me estoy alejando de ella, siendo como deseo que sea la protagonista de hoy. La risa, la sonrisa, en general el buenrollismo, se encuentra detrás de una cena con amigos, detrás de un viaje, detrás de un concierto de música, detrás de cualquier actividad que nos haga sentir bien, a gusto o simplemente detrás de aquello que nos rodea y nos ilumina la vida, pese a que en ocasiones perdamos la percepción de nuestra realidad.

Las obligaciones, la rutina, el diario ritmo frenético sin sentido que mantenemos, nos empaña a menudo esa realidad, metiéndonos dentro del tambor de una lavadora que gira a mil revoluciones por minuto, provocando no solo un mareo casi continuo, sino escurriendo también nuestra energía hasta dejarnos enjutos de ánimo. Y para ello, el mejor antídoto, la medicina con la que debemos potenciar nuestra risa, nuestro buen ánimo, es con actividades que nos acerquen hasta ella… eso o simplemente tener una fortaleza mental a prueba de bombas… claro que una cosa también lleva a la otra, ¿no? Porque al margen de la predisposición natural de cada uno, al final nos contagiamos por aquello de nuestra permeabilidad.

Con independencia de que seamos o no, unos fortachones mentales, soy de los que creen que, si piensas que te vas a caer, te caerás, pero no que, si piensas que no te vas a caer, no te caerás al final, tal vez sí o tal vez no, pero la sensación no habrá sido la misma, ¿verdad? ¿Me explico? Y partiendo de ese punto, debemos ver el matiz positivo que se halla hasta en aquello que parezca no tenerlo, porque detrás de todo siempre hay una lectura que nos hará sacar una sonrisa.

Busquemos esa risa, fomentemos todo aquello que nos arranque esa sonrisa, compartámosla, contagiémosla… y es aquí donde hoy aparece nuestro querido deporte: correr. Como ya he escrito en alguna ocasión, si hay una imagen asociada a correr es la de la sonrisa. No conozco ningún corredor que no haga gala de ella; basta con ver el momento previo de una carrera o su entrada en meta, basta con verlos, vernos, entrenar o tan solo vernos charlar de correr. La felicidad se transmite, traspasa, la risa se masca, las sonrisas se desbordan.

Por eso, como reza el título de este post: “Corre tú, que a mí me da la risa”… simplemente porque una vez que lo haces, correr, descubres que ya no puedes dejar de hacerlo; no puedes dejar de correr, de la misma manera que ya no puedes dejar de lado tu risa y ese estado de bienestar que te empapa, hasta desbordar. Sí, aunque la expresión suene a coña de adolescentes:

Correr es la risa… y la risa es vida, es tu vida

post risa

Corre, ríe

Correr no es un juego de niños, de la misma manera que la vida tampoco lo es, pero nada como pasar por ella con la mejor sonrisa y hacer de la risa nuestra compañera. Seas optimista o no, seas corredor o no, deja tu punto de vista y si te ha gustado este post, compártelo. Muchas gracias.

Deja una respuesta

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.