Cuestión de ley

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Ley (1): Regla fija a la que está sometido un fenómeno de la naturaleza.

Ley (2): Cada una de las relaciones existentes entre los diversos elementos que intervienen en un fenómeno.

Ley (3): Precepto dictado por la autoridad competente, en que se manda o prohíbe algo en consonancia con la justicia y para el bien de los gobernados.

Esas son las tres primeras definiciones que figuran en el diccionario de nuestra lengua, la española, cuando uno busca en ella el término ley, junto a otro buen número de entradas que aparecen recogidas bajo el mismo término.

Estamos gobernados por mil y una leyes, escritas o sabidas, a partir de las cuales todo parece girar dentro de un orden establecido, lógico y aceptado. Leyes a las que también podemos referirnos como normas o reglas y sin las cuales sería imposible mantener un equilibrio, una coherencia y nuestra convivencia sería lo más parecido a un caos de dimensiones descomunales… dicho coloquialmente: Todo estaría manga por hombro.

Si atendemos a la primera de las tres definiciones, la que hace referencia a la naturaleza, nos encontramos con expresiones del tipo:

La ley de la selva, la ley del mar, la ley del desierto o incluso las leyes del mundo animal, en definitiva, son leyes de la naturaleza.

Todas ellas están por encima de nosotros y todas marcan sus pautas, sus pasos a seguir y sus reglas a cumplir. No hay nada escrito, nada está firmado, pero el instinto de los seres vivos no precisa de nada de ello y conviven en una armonía perfecta, solo alterada por la mano del hombre y por las consecuencias de aquello que está cambiando en el medio ambiente.

Otras leyes, como la ley del silencio, la ley del deseo, la ley del miedo o la ley del amor (no son meros títulos de películas, aunque así lo parezcan) también tienen sus normas, aunque tampoco precisen estar escritas.

Si de normas escritas hablamos nos encontramos con cientos, miles, tantas como podamos imaginar o más y gracias a ellas sabemos cómo son las reglas del juego de todo en lo que intervenimos o de lo que formamos parte, desde las triviales reglas del parchís o el dominó, pasado por las necesarias e importantes leyes de tráfico, hasta las leyes formuladas por el Poder Legislativo, órgano de gobierno encargado de hacerlas y reformarlas.

Leyes, normas, reglas fundamentales, en definitiva, para todo lo que hacemos y que, como escribiera el otro día en un tuit, solo el pleno conocimiento de ellas nos faculta para romperlas, sabiendo encontrarles ese resquicio o grieta invisible por donde saltarlas, esquivarlas, dentro de la legalidad y a la vista de todos, sin llegar a llamar la atención… dicho coloquialmente, de nuevo: Sin hacer saltar la liebre.

También los deportes, claro está, tienen su propio reglamento, en el que se recogen las normas o leyes que lo ordenan; para las disciplinas colectivas nos indicarán, entre otras cosas, las dimensiones del recinto de juego, el número de jugadores, los períodos en los que se divide un partido o los valores de anotación; mientras que para las disciplinas individuales marcarán, por ejemplo, el tiempo de participación, los criterios de evaluación y el sistema de puntuación. Y no importa que practiquemos ese deporte de manera profesional o amateur, porque esas leyes estarán sobre el tapete y valdrán para entender la actividad física en sí.

Sin embargo, existen otros deportes de carácter individual cuya práctica, alejada del modo profesional o amateur, no atiende a reglas o normas y cuya única razón es la de practicarlos, sin más beneficio o placer que el de la simple actividad física en sí: esa es su única ley.

Sí, deportes como nadar, pedalear o correr forman parte de ellos y es la satisfacción de practicarlos, unido al placer de libertad que va ligado a ellos, lo que les da sentido y les convierte en el mejor argumento para sentirse enganchado a ellos. Patinar, esquiar o escalar, bien podrían entenderse como otros ejemplos encuadrados entre esos deportes en los que el individuo y su comunión con él son la mejor razón para su práctica.

En ellos no hay leyes universales preconcebidas, ni otras que se deban aprender o conocer, por aquello de tenerlas cumplir o quién sabe si romper o burlar, tan solo existe la primitiva relación del ser humano y el medio que lo rodea, donde el primero se siente realizado gracias al segundo…

Nuestra voluntad, unida a la capacidad para decidir y la posibilidad de ejercitar esa actividad física es un bien que a veces obviamos, pero que nunca debemos olvidar. Por eso, sé consciente, decídelo y hazlo: muévete.

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Cuestión de ley

Esa es la mejor ley o quizá no, pero en la vida no hay nada como tener la saludable costumbre de hacer del ejercicio físico mucho más que un aliado. Y para ti, ¿qué representa esa práctica deportiva? Anímate y deja tu punto de vista y si te ha gustado este post, compártelo. Muchas gracias.

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