El descanso de los dioses (el recreo de la Sardina)

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Si algo han tenido siempre los dioses, es el respecto y la aprobación de los mortales, capaces de entender o no sus decisiones y acatar con resignación el destino, bueno o malo, de sus designios. Era la manera de poner la sabiduría y el poder al mando de seres tocados por ese don, que les concedía capacidad de gobernar y filtrar todo aquello necesario para regir la vida terrenal.

Dioses nacidos de otros dioses, primitivamente engendrados por un ser superior, con capacidades incuestionables y vastos conocimientos en aquellas materias para las cuales eran elegidos con el único objetivo de abonar y transmitir valores que hicieran de la vida en la Tierra el mejor lugar posible. Y junto a los dioses también los héroes, protagonistas de grandes gestas, admirados, respetados e imitados por todos, merecedores de ofrendas y parabienes, tan valientes e invencibles como queridos.

Entre algunos de esos dioses me debatía en días pasados, mientras imploraba al cielo que la lluvia, tan necesaria, no arruinase las Procesiones de la Semana Santa de mi querida Murcia, ni tampoco las de más de media España. Fue mientras corría, como no, y en plena madrugada, para más señas. Abocado sin remisión a unos santos días pasados por agua, me preguntaba si la caprichosa naturaleza también se empeñaría en hacer protagonista a la lluvia durante la siguiente semana de fiestas de la capital.

Las llamadas Fiestas de Primavera asomaban bajo el quicio de la puerta y anunciaban con contagiar la ciudad, como cada año, con cientos de flores y miles de colores. Es la semana de la exaltación de la huerta, de la gastronomía murciana y sus barracas, de huertanos con zaragüelles, refajos de lana y corpiños bordados en terciopelo. También es la semana de una pequeña y querida Sardina, por culpa de la cual toda la ciudad se llena de pitos y charangas, de antorchas y desfiles, de pólvora y juguetes, de magia y diversión.

Fue precisamente el origen de esa Sardina lo que comenzó a ocupar, sin motivo aparente, el argumento de mis siguientes zancadas, empeñadas sin ser consciente en descubrir el porqué de la fiesta más multitudinaria de la capital murciana. Intento en vano que no hizo salvo distraer mi atención runnera, sirviéndome únicamente como compañía durante los cincuenta minutos que duró mi terapia deportiva.

Ignorante de mí, los dioses habían atendido mis plegarias, regalándome la explicación que en silencio ansiaba y en silencio guardaba, ajeno al regalo que me otorgaban. Una revelación, una concesión que conocí, por vía onírica la noche previa a mi siguiente madrugada que me volví a poner las zapatillas. Asombrado y complacido saboreé al saberme conocedor de por qué Murcia se convierte, durante una semana de primavera, tierra de dioses. De todo ello tuve conocimiento al atarme de nuevo los cordones de una decena de kilómetros en los que, al fin, lo comprendí.

Y como todo conocimiento debe ser compartido, hoy he decidido regalaros, como ellos lo hicieron conmigo, por qué Murcia se convierte en un segundo Olimpo para acompañar a la emblemática Sardina de la ciudad. Y dice así…

[…]

El Olimpo había dejado de ser el lugar de antaño y el tedio y la monotonía colmaban sus días y sus noches. Algo tenemos que hacer –dijeron los dioses durante la celebración de una de sus multitudinarias reuniones. Atrás habían quedado los días en los que aquel monte era un hervidero de deidades, ávidas por compartir todo su conocimiento.

Necesito un nuevo lugar para contagiarlo con mi belleza –dijo AfroditaYo quiero un pequeño mar, recogido y coqueto, pues cansado estoy de mareas y tempestades –añadió PoseidónHe soñado con otro cielo, uno de un azul infinito –interrumpió ZeusA mí me gustaría que su luz y sus tierras fuesen suficientes para inspirar a pintores y poetas –pensó en voz alta ApoloDeseo enterrar mi espada y mi escudo, necesito un rincón para descansar –suplicó AresPues yo quiero que, en tu nuevo cielo, Padre, no falte nunca mi Luna –propuso Selene, mirando a ZeusQuiero que su aire me embriague al respirar una desconocida fragancia –apuntó ErosLos años os pesan queridos semejantes, me pregunto dónde están los de antes –se burló el irónico, como siempre, Momo.

Y así siguieron, lanzando al unísono plegarias bajo el cielo del Olimpo, aquella mañana de febrero, hasta que habló Atenea: Callaos todos, cesad en vuestros lamentos y escuchadme. En ningún lugar estaremos mejor que en este monte, pero es cierto que merecemos un descanso, un lugar donde contagiar nuestro espíritu, una tierra en la que se huela a azahar, con un cielo de un azul único y donde la luz inunde todas sus calles, a la orilla de un río con el agua más Segura que imaginemos y donde todos vayamos a disfrutar. Donde gobierne la alegría, que reine la algarabía y que sus gentes sepan mejor que nadie disfrutar de la noche y el día –dijo poniendo en sus palabras toda su sabiduría.

[…]

Desde ese día, cada año, al comenzar la primavera, las calles murcianas se llenan de dioses, que en su jolgorio hacen vibrar miles de silbatos para que su sonido llegue hasta el mismísimo Olimpo. Y también desde ese día, en el que nació el Entierro de la Sardina, Murcia se engalana de alegría, de fiesta y todo es armonía.

Al terminar de correr esa mañana no pude disimular la sonrisa en mi rostro, no ya por saber de dónde partía esta gran fiesta, sino porque de nuevo había sido, mientras corría, cuando había encontrado la solución de tantas cosas como me pregunto cuando llevo puestas mis zapatillas.

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De Dioses y Sardina

Y tú, ¿conoces esta popular fiesta murciana? Pues si te habías preguntado alguna vez por qué tantos dioses la visitaban, aquí tienes la respuesta que da contestación a esa pregunta y si te ha gustado este post, compártelo. Muchas gracias.

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