Lo que pienso mientras corro (XXXVIII): Días que vendrán

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Fue hace apenas cinco días, sábado para más señas y madrugada, como suele ser costumbre; decidí comenzar el fin de semana caminando por el monte, entre pinos, bajo un cielo huérfano de luna y cuajado de estrellas… la oscuridad como única protagonista y el silencio, por compañía.

Me habría gustado echar a correr, acelerar mi respiración, romper el sudor de mi cuerpo y sentir la fatiga de mis piernas, pero tan solo fue una tentación pasajera que ahogué sin dar más opciones… Aún es momento de andar, de esperar (un poquito más, siempre un poquito más), de dar tiempo a un tratamiento que ojalá me permita volver a correr –pensé.

Subí la cremallera de mi chaqueta y empecé a alejarme del punto de partida, mientras iba calándome los guantes. La luz de mi frontal iluminaba apenas un par de metros delante de mis pies, permitiéndome ver con claridad dónde pisaba y evitar así alguna inoportuna torcedura. Zancadas largas, pasos decididos. Me perdía tras la senda del camino elegido, en la búsqueda de no sabía qué… caminaba y sin saber por qué se abrió en mi cabeza el debate sobre las distintas maneras que existen de comenzar o terminar nuestros días.

¿Es el amanecer lo que marca el comienzo del día, nuestro despertar o tan solo el empezar a hacer aquello que nos aguarda? De la misma manera, pero en sentido contrario, ¿es el atardecer, nuestro dormitar o la finalización de nuestros quehaceres lo que determina la conclusión de la jornada? El debate se abría paso entre mis pensamientos, de la misma manera que poco a poco me perdía entre sinuosos e irregulares caminos.

Y así pasan los días –me dije –empezando o terminando tareas, persiguiendo, encontrando o perdiendo realidades y deseos, necesarias las primeras, tanto como los segundos. Imposible despertar sin unas y sin otros entre nuestros pensamientos, necesario y obligatorio, porque son el combustible de nuestro motor, el alimento de nuestro cuerpo.

La madrugada aún se hallaba despierta y no recuerdo en qué momento quedé atrapado por ella, en qué momento me perdí o en qué momento me engañó…

Soy yo la que esconde tus días, esos que vendrán, no busques en cajones perdidos, ni creas en quimeras imposibles, no existe más verdad que la de los días pasados, esos que ya no volverán y a partir de los cuales podrás soñar, imaginar y esperar… es en mi reino, ese que apenas dura unas horas, mientras que la vida parece dormir y el mañana se viste de presente, cuando juego y trueco con el destino, cuando mezclo tus ganas y deseos, cuando escribo el borrador de los renglones con los días que te esperan… son los días que vendrán.

Tal vez sea así, como dices, pero no solo tú decides mi mañana, no eres tú la única capaz de llevar mis pasos allá donde quiera tu capricho, sabes que no, porque detrás de tu mandato has de compartir tu hegemonía con la de mi voluntad, la de mi determinación y la de mis convicciones, capaces o no de poner color a esos días que vendrán, pero compañeras inseparables de un futuro más o menos cercano, más o menos lejano, pero futuro, en cualquier caso –le argumenté.

La madrugada se consumía de la misma manera que la mañana renacía, visibles pero imperceptibles, imparables ambas, la primera moría y la segunda hervía… ¿Cuántas veces os he visto, frente a frente? –me pregunté y pese a ello me resultó inevitable volver a sentir la inmensa fortuna y el vértigo por ser testigo de lo mismo que lleva sucediendo miles, millones de años: amanecer. Y tras él un nuevo día, con sus ilusiones, sus deseos, sus miedos, sus alegrías y sus preocupaciones…

Días para nacer y para morir o simplemente para vivir y seguir, dejando que el antojo de la madrugada elija nuestro camino o ser quienes pongamos coto a un mejor sino.

De nuevo lo sentí, me habría gustado echar a correr, perseguir ese futuro que quizá me recordase a mi pasado y volver a correr, solo correr. Pero otra vez ahogué mi impulso y me consolé pensando en ellos… en esos días que vendrán. Quizá suceda en semanas, en meses o quizá ya nunca vuelvan a venir, pero entretanto habré burlado a la madrugada o tan solo me habré engañado con la ilusión de volverlo a hacer y así habrán pasado, uno a uno, todos ellos… los días que vendrán.

Regresé rumbo hacia donde había partido, por un camino distinto, solo, callado y en silencio, con la luz de la mañana a mi espalda y la oscuridad de la madrugada en el horizonte. Lo hice persiguiendo ese sueño que tal vez se halle esperándome o quién sabe si quizá ya lo haya perdido para siempre… ¿acaso importa? No, porque seguiré albergando la esperanza con la que nunca debo dejar de aliñar los días… esos días que vendrán.

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Días que vendrán

Cuando el tiempo pasa y no alcanzas aquello que deseas, aquello que echas de menos, confías en ti, en tu fortaleza y esperas encontrar en el paso de los días el aliado que necesitas. Y tú, ¿cuánto crees que hay de acertado en ese aliño de los días y ese alimentarnos tan solo por perseguir lo que quizá no llegues a alcanzar? Si te ha gustado este post, compártelo. Muchas gracias.

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